Cuando en tu cuerpo vive la fusión de lo bello y lo bueno,
cuando, en mis días iracundos vienes y me sacas de este mundo.
Me haces sentir que esto tiene otro sentido, que si tengo frío, eres abrigo,
que si estoy solo y el mundo me da la espalda, puedo contar contigo.
Con tus caritas en las pantallas enamoras a las piedras
y cuando tu mirada tiene ojos tristes, mueren las estrellas.
Vistes como una flor: Alegre, límpida, pura, bella...
Eres amor en un verso, y en otro, locura.
Una sonrisa feliz y descarriada, en un mundo que te mueve al ritmo del blues.
Felicidad insensata, es el himno canta tu aura de color azul.
Un bello tul de raíces profundas, con olor a canela desparramada.
Con tus brazos mi cuello inundas, con tus besos, mis lágrimas estrelladas.
Y tú me pides poema cuando recorro cada una de tus pestañas
y toda la magia pasa tras de ti sin hacer apenas ruido.
Ojos color infinito, que a su mirar, besan. Con ellos me derrito
El poema son las ganas de mirar, a través de ellos, luna llena.
El poema es la pena, y de ahí la condena que hace llegar y no verte,
gritar sin hablarte, tocar y no acariciarte, mirar sin poder amarte.
Es un fuego desde muy dentro que no quema.
Tú eres poema.
Y tú me pides poesía cuando tus ojos brillan a lo lejos de las montañas,
cuando tu sonrisa se hace grande, cuando tus labios llaman a mi oído.
Mi pecho se llena de tu aire y respira, diciéndose a sí mismo: ¿Poesía?
Poesía eres tú.
sábado, 29 de marzo de 2014
jueves, 27 de marzo de 2014
¿Vuelvo?
Y vuelvo a estar solo en la esquina
observando ante la foto desconocida
¿Volveré a los montes donde despeñábamos nuestros cuerpos?
¿Volveremos a retozar en la hierba de aquellos tiempos?
Vuelvo a sus peticiones de espera,
de esperar a que ella vuelva
¿Volverá entonces mi corazón a derrumbarse por sus caderas?
¿Por qué todo se llena de sexo a su vera?
Vuelve su risa a resonar en sus labios,
vuelven todos los agravios a resonar en mi poesía.
Vuelve el aire entre su pelo, aunque esta vez sin palabras bonitas
¿Quiero comer de su boca mas fruta prohibida?
¿Esta aventura acabará de nuevo en ruina?
observando ante la foto desconocida
¿Volveré a los montes donde despeñábamos nuestros cuerpos?
¿Volveremos a retozar en la hierba de aquellos tiempos?
Vuelvo a sus peticiones de espera,
de esperar a que ella vuelva
¿Volverá entonces mi corazón a derrumbarse por sus caderas?
¿Por qué todo se llena de sexo a su vera?
Vuelve su risa a resonar en sus labios,
vuelven todos los agravios a resonar en mi poesía.
Vuelve el aire entre su pelo, aunque esta vez sin palabras bonitas
¿Quiero comer de su boca mas fruta prohibida?
¿Esta aventura acabará de nuevo en ruina?
jueves, 13 de marzo de 2014
Besos Mojados
No sé que fue lo que inició aquella ansia interna, pero aquella noche me dirigía en la linea 70B para tomar aquella cerveza prometida. Mi estomago era un criadero de crisálidas que en cualquier momento nacerían y comenzarían a revolotear ingentes cantidades de mariposas. Con aires de galán bajé del autobús y me dirigí, callejeando por San Andrés, hasta llegar a la Gran Vía, que aquella noche relucía con mas auge que nunca. Los escaparates luminosos, las tiendas de ropa, a pesar de estar cerradas, tenían un brillo especial, el cual nunca antes había visto. Sería la ilusión que cubría mis ojos. Después de callejear un poco mas, llegué a la plaza circular, donde las lineas de bus urbano terminaban sus últimas vueltas por la brillante ciudad. Tras un paseo corto pude llegar al tontodromo murciano, el cual me pillaba de paso para llegar a la universidad. Cuando llegué a la plaza de la universidad mi estomago se había convertido en una sopa de nervios y mariposas flotantes (esto debería sonar poético, pero los nervios de la situación exigen estas palabras). Cogí el teléfono móvil y busqué en la agenda su nombre. Cuando pulse a "llamar" acerqué el celular a mi oído y noté como el tono llenaba mi tímpano de ruido, a parte de los jóvenes ebrios que ocupaban dicha plaza. En nos minutos, cuando un mar de sudor bañaba mi frente, una mano ligera y algo femenina tocaba mi hombro. Cuando me di la vuelta pude deleitarme con la imagen de aquella bellísima mujer que me dedicaba sonrisa y mirada atónita. Llevaba una chaqueta de lana un poco gruesa por encima, mientras debajo de aquella prenda se ceñía una camiseta lisa de color negro, lo que combinó con unos vaqueros y unas botas negras. No iba con fino vestido, pero su belleza y su elegancia era notable hasta con unos baqueros y un jersey. Por encima de aquella vestimenta había algo. Su dulce carita de ángel amenizaba el conjunto. Su provocativo perfume hacía que deseara olerlo, pero no era adecuado que entrometiera mis fosas nasales para extraer aquella fragancia. El olor embriagador que emanaba de su cuello podía olerlo desde donde estaba. Su mirada de interés hacia mi cara no sabía a que era debido, pero en cierto modo me estimuló a agarrarla levemente de la cintura (dejando claro que no pretendía tocar en ningún sitio que no se me permitiera) y acercando mi cara, expuse dos besos en sus ambas mejillas, a lo que ella respondió simultáneamente a la inversa en mis mejillas.
- ¿Qué tal fue tu viaje?
- Aburrido, pero bueno. ¿No te apetece tomar algo?
- La verdad es que tengo algo de sed... y tú me debes una cerveza.
- ¿Yo? Siempre inventando cosas. Si no hay mas remedio tendré que pagar tu dionisíaco camino.
- ¿Cómo?
- Nada, cosas mías.
Ella miró a su alrededor antes de empezar la marcha y volvió a sonreír.
- ¿Dónde me llevas?- pregunté.
- Iremos a Iberos. Allí tienen cerveza barata.
- Vale.
Pasamos por debajo de un arco horrendo de la plaza donde estábamos y nos metimos en una calle que salía de la misma. De repente miles de jóvenes apalancados en la puerta hacían imposible el acceso a dicho "antro".
- ¿Este no será el lugar donde la cerveza es barata no?
- Me temo que si.
- Intentaré pasar a ver si consigo dos quintos de algo.
- Para mi que sea un tercio.
- Lo que diga la señorita.
- No me llames señorita. Sabes que lo odio.
- Disculpas pues.
- Disculpas aceptadas.
Como pude me introduje en aquella masa de orangutanes que empujaban sin ninguna precisión, dando igual quien pasara por delante o detrás. Llegué a una especie de barra donde un chico me atendió entre codazos y tras haberlo llamado mas de quince veces. Pedí dos cervezas. El me las sirvió y yo se las pagué. Agarré las dos botellas de cristal, cogí mi cambio y salí tan rápido como pude. Al salir de la marabunta pude apreciar que mis pulmones volvían a ponerse en funcionamiento, cosa que me alegraba enormemente. Cuando alcé la vista la busqué por unos segundos y pude verla sentada en la acera con pinta de tener algo de frío. Me acerqué y le ofrecí la cerveza y contemplé que a lo mejor pedía un abrazo. Las mujeres con ese tipo de psicología son algo raritas: Te dicen que tienen frío y es para que las abraces, pero luego tú le pides un abrazo y ellas te sueltan el pretexto de que "solo amigos". Mientras que en mi mente se formaban todo tipo de divagaciones, en mi estomago la inmensa población de mariposas comenzaba a revolotear, haciendo ese tipo de sudor incomoda y que mi lengua se trabara. Cuando sus dedos agarraron la cerveza, me miró fijamente y se rió. Yo pensé que me daría las gracias, pero de repente me dice:
- Que sepas que te pedí un tercio.
Mierda, pensé.
- Bueno, no les quedaban. Es que el reparto de cerveza está en crisis debido a la subida del petroleo, lo que hace que muchos camioneros cerveceros se ponga en huelga y se manifieste, y eso a estrella levante pues no le da buena imagen.
Mi "mentira" dio en el blanco. Estalló a reír.
- Vaya cabeza tienes, colega.
Me senté a su lado y me dispuse a imitarla, miré a la nada. Nuestras miradas intrascendentes se unieron por pequeños instantes de sonrisas nerviosas, guiños, y alguna que otra tontería debida a la helada temperatura de la cerveza. La verdad es que hacía frío. Mis manos estaban heladas, cuanto más con aquella cerveza. Mi cabeza era un fluir constante de hipótesis, teorías y pensamientos sobre ella. Todo giraba a su alrededor, pero los nervios me hacían ser lo mas impreciso posible. Esto hacía que el camino que unían mi cabeza y mi boca fueran inconexos. Una de las probabilidades señalaba a que continuaban los partos ingentes de mariposas en mi estomago.
- ¿No vas a decirme nada? - Me sorprendió su voz.
- No tengo nada en mente ahora mismo.
- Es imposible que no estés pensando en nada. Algo debes pensar.
Claro, en ti. Pero solo lo pensaba, no se lo decía. ¿Cómo iba a decírselo? es de estúpidos.
- Pues pienso que... la cerveza está helada. Me voy a petrificar.
- Qué casualidad, yo pensaba igual.
Sin pensarlo y sin un por qué apuré toda mi cerveza de un trago y me levanté rápidamente.
- ¿Nos movemos?
- Vale.
- ¿Dónde iremos?
- Sígueme.
De repente sentí como un intenso revolotear al ver que mientras ella se movía agarraba mi mano para que fuera con ella. Con cada roce sentía como el corazón se me desbocaba. Corriendo pudimos llegar a una calle bastante amplia donde ella consiguió visualizar un taxi. Ella me llevo consigo y me hizo montar en la parte trasera de dicho vehículo. Se apresuró a decir:
- A Mariano Rojas, por favor.
Yo asentí ante tal planteamiento. Nosotros quedamos quietos mientras que las calles eran movidas por aquel taxi. Miraba aquellos ojos negros azabache que me dedicaban brillantes su mirada. Nuestras bocas imitaban lo que parecía ser una sonrisa a medias. Las calles, iluminadas por el astro lunar, quedaban atrasadas mientras que el tiempo se derretía por los ángulos muertos de nuestra vista.
Nuestras manos volvían a encontrarse, pero esta vez por mi voluntad, que lentamente mis dedos avanzaban por el estrecho de la palma de su mano, instante en el que al pasar rozando su palma, rompió a reír. Sentí esa risa a causa de las cosquillas, no de la estupidez de posar mis gélidos dedos y realizar una danza sobre su mano. Sus ojos me alumbraban de nuevo y me incitaban a mirar aquella mirada que me invitaba a que la viera. Sus ojos negros de brillo azabache estaban pletóricos en aquel taxi que nos conducía a una zona casi desconocida.
El taxi paró y yo le di lo que el taxímetro indicaba ante su incrédula mirada.
- ¿Vas a pagar todo lo que hagamos esta noche?
Yo no me inmuté, pero deje caer una lisonjera risa que quedó tatuada en mis labios y que pasaron a los suyos.
Nos apresuramos a salir del taxi y a llegar a una acera cercana en la ciudad helada que parecía ahora. Las calles oscuras de Mariano Rojas adornadas con arboles colocados cada diez baldosas. La calle quedaba llena de jóvenes que inspiraban el humo viciado del tabaco. Decidimos que Sala B era un buen lugar para tomar un par de cervezas, con la suerte de que había un concierto. Tributo a Extrechinato y tu. Nos acercamos ambos a la barra con cierto agobio por la gente, que parecían sardinas en lata. Tras varios silbidos y tres o cuatro "tss" la camarera me prestó atención. Le pedí dos cervezas y le adelanté el presupuesto, a lo que aquella bella mujer que me acompañaba quedóse anonadada y con una mueca sonriente. Hay ciertas personas a las que les molesta ser invitadas, pero yo no me tomo una invitación como un gesto a devolver, sino como una muestra de afecto que no tiene por que ser devuelta al instante. De hecho me alegra que no sea devuelta en ese momento, sino que en un lenguaje secreto sea devuelta al tiempo con un tipo de guiño, que solo esas dos personas sepan de lo que hablan.
En cuanto a la camarera, nos trajo dos vasos de plástico y las vueltas de lo que aquello valía. Yo le dí un sorbo y la miré. Ella también bebía.
Tras varios empujones, dos raciones de malas caras y repetidos intentos por tirar mi refrigerio, decidimos salir a la puerta, mientras el resto de la gente entraba despavorida, como si fuera estuviera haciendo un frío glaciar. Al salir nos dimos cuenta de por que aquellas personas entraban como si no hubiera un mañana... Estaba diluviando. Las gotas empezaron a mojar nuestras ropas levemente, debido a la protección de los arboles. Pudimos ver que a unos pasos de la puerta de aquel garito que había unos ventanas de algún negocio deshabitado, el cual nosotros transformamos en asiento y protección para la lluvia.
El camino a estos asientos nos costó que el agua nos calara el cuerpo y dejara imitaciones del rocío en ambos abrigos. Ella se sentó primero y yo di un pequeño vistazo a la ciudad mojada y fría que nos acogía en sus calles y la acompañe. Las mangas de su jersey cubrían casi hasta sus dedos y su pelo, ahora mojado, dejaba caer afluentes por su bella faz, que luminosa, volvía a mirarme.
Sus suaves dedos sujetaban el vaso de cerveza y sus ojos me miraban. Dos planos conjuntos y contrapuestos. Mientras sus ojos me miraban su mente pensaba que la cerveza, el vaso o incluso sus dedos no existían. Solo era mirada. Me sentía lleno con aquella mirada, como si todo lo trascendente ocurriera en los escasos centímetros que nos separaban.
En un segundo todo volviose lento. Las gotas caían despacio, con un ritmo pausado. Mis pulsaciones eran paulatinas pero profundas. Entonces surgieron de la oscuridad aquellos preciosos labios que quedaban decorados con aquellos lunares que me hacían perderme y encontrarme de nuevo al ver como me iba acercando sin querer hacia ella. Los labios, en primer plano, me volvían a dedicar una sonrisa que no parecía estar en contra de mi aproximación. Sus ojos aceleraron su pestañeo, pero podía ver en ellos el fuego abrasador que me pedía el contacto amoroso de mis labios. Era tremendamente preciosa la imagen de una murcia empapada, donde habitaba una belleza mojada también por las lluvias. En su flequillo quedaban mechones de pelo que parecían afluentes y descargaban en agua que contenía en diferentes lugares de su frente. Una vez en su cara, las gotitas realizaban carreras. Ella sin darse cuenta de dicha competición las apartaba con un dulce movimiento de mano, el cual me recordaba que estaba allí, a escasos centímetros y aquello me gustaba.
Sonreí levemente y me separé a una distancia notable de ella. Ella agachó la cabeza. Supuse que fue por que esperó algo que no llego y al esperar, desesperó. Entonces me acerqué agresivamente, agarré sus mofletes con ambas manos y la besé. La besé tan apasionadamente que no sabía donde me encontraba. Ya no sabía si estaba en Murcia, si llovía o si era de noche. Solo sabía que la oscuridad de unos ojos cerrados ante la mujer que estaba besando me abrigaba, que era un lugar acogedor, aunque nunca había estado allí. Mi cabeza solo pensaba en el calor que intercambiaban dos cuerpos, en bailar hasta un lugar cerrado, en pasear por toda la ciudad, en ser desconocidos que se reencuentran, en ser su pijama y toda la noche estar pegado a su piel. Supongo que sería el pensamiento de una mente ebria de amor ausente, por la excitación de una situación desconocida y extraña. Ella dejó pasear sus manos por mi nuca, haciéndome erizar.
Todo era tan suave. Ella era suave. Sus movimientos circulares que descolocaban mi pelo me hacían olvidar y desconectar de todo aquello ajeno.
En un momento se separaron nuestros labios, dejándolos helados por la lluvia que volvía a mi mente, volvía a estar en Murcia, en la calle Mariano Rojas, volvía a ser un cuerpo gélido y empapado por la lluvia a unos pasos de un insufrible concierto lleno de gente. Decidimos dar un paseo en dirección al centro. El paseo se redujo al estatismo de su sonrisa y al movimiento de mis piernas, que hacía que una serie de arboles se sucedieran tras de ella. Parecía feliz.
Pudimos degustar una imitación de tequila mexicano, bastante mala por cierto, pero repetimos a pesar de su pésima calidad. También nos dejamos caer por alguna otra cerveza, lo que nos proporciono un calor físico de agradecer. La humedad empezaba a colarse por las rendijas de nuestras ropas.
Crecían sus ojos, como grandes platillos luminoso, donde quedaba yo reflejado.
Por el paseo, que duró un buen rato, pudimos disfrutar de la ciudad en su máximo esplendor nocturno. En la plaza de Juan XXIII nos protegieron unos estáticos paraguas acerados de nuestro beso, que me hizo profundizar de nuevo a un estado de armonía con aquella delicada belleza.
Tras callejear un poco y dejar impregnado en los portales el símbolo inequívoco de una noche de amoríos, habiéndonos besado en cada uno de ellos, llegamos al barrio donde ella vivía. El tiempo se sucedía demasiado deprisa, pues sabía que había una pequeña posibilidad de que ella me despidiera. Nunca dije que no tenía casa donde dormir en aquella ciudad, y las horas que marcaban no era para llamar a nadie. Ella sacó la llave de su portón y la introdujo en la cerradura. Abrió la puerta y se quedó mirándome y sonriendo. Yo, con una vergüenza absoluta, le dije:
- Bueno, esto supone una despedida.
Ella quedó sorprendida y tras unos segundos de meditación me agarró del cuello de la camisa y me escupió palabras con cierta lascivia:
- Tú te quedas esta noche conmigo.
Pero conforme me acercó a ella la brusquedad aminoró tanto que quedé de nuevo casi pegado a sus labios. Su cara era de una niña pequeña que necesita una protección, una compañía.
- ¿Tienes miedo?
Le pregunté sin pensar.
- ¿Por que lo dices?
- Me has contestado con una pregunta...
- Hace tiempo que me gustaría que alguien me acariciase al dormir, que me abrazara... Sentir cariño.
En ese momento me elevé a su altura subiéndome al escalón de su portón. Pasé mis brazos por debajo de los suyos y empujando su espalda hacia mí, la abracé de nuevo. Ella pegó su cabeza a mi pecho, como si intentara oír mis latidos. Yo removí sus cabellos, haciendo que el azar los dejara en un sitio diferente. Aún despeinada aquella mujer me parecía preciosa. Nos habíamos besado. Me estaba uniendo a ella. Al principio era un cuerpo totalmente desconocido. Ahora era ella, un ente que necesitaba amor, el ser que había acariciado mis labios con los suyos. No digo que me esté robando el corazón, pero estaba haciendo que dejara ese lado duro y pedregoso mientras que el suyo me hacía sentir de terciopelo.
El abrazo terminó y ambos subimos por las escaleras cogidos de la mano, algo que me hizo gracia y me causó cierto placer. Apreté su mano para sentirla conmigo. Ella me contestó. Sentía todo. Sentía como sus pasos marcaban el ritmo de su caminar, sentía su respiración profunda en la silenciosa escalera, sentía como iba buscando de nuevo las llaves de su puerta en su bolso. Notaba un silencio solemne, que me hacía dudar si ella realmente se encontraba bien.
- Si, tengo miedo.
Lo dijo como quien lanza una piedra y esconde la mano, esperando oír el efecto que causaban sus palabras.
- Cuando estoy sola en la cama siento un frío interno que me hiela el corazón. Pienso en muchas cosas. Pienso que debería tener a alguien que me hiciera el desayuno al despertar, esa persona con la que contemplar historias, esa alma que se aferre a la mía y la sienta como una, que me haga sentir mujer, su amor, su vida, alguien que necesitara de mi para seguir viviendo, alguien por el que levantarme cada día.
Nadie supo expresar mejor y con menos palabras que se encontraba sola entre multitudes de gente desconocida. Ella me miró con aire de tristeza, como buscando una solución a aquel lanzamiento fortuito de la piedra. Me vi obligado a responder.
- De momento, mañana te preparo el desayuno.
En la colina de sus ojos asomó una pequeña lagrima que intentó limpiar con la yema de sus dedos. Se quedó cabizbaja y meditando. Cuando volvió a mirarme, sonreía plácidamente.
Entonces, en ese instante en el que me pillo desprevenido, agarróse a mi cintura y apoyó sus labios sobre los míos, y sonó un beso. Agarré su cintura y la empotré suavemente contra la pared y espeté:
- No te conozco mucho, no sé mucho de ti, solo aquello que me has contado, pero estas envolviéndome en un halo de magia y amor que nadie antes ha conseguido.
La besé. No fue un beso de aquellos que pueda describir con precisión. Dejemos en que la besé de tal forma que ambos subimos al mas alto cielo, que allá, en el limbo, pudimos recrearnos en nuestro beso. Diré que como aquel beso, no había besado antes.
Al despegar nuestros labios, un silencio y una mirada perdida nos cubrió. Estábamos en en interior de un portal, recostados sobre la pared de la escalera, a escasos centímetros del otro, como casi toda la noche.
Vi que sus piernas se entrelazaron a mi cintura de una forma juguetona y que su sonrisa me relataba mensajes ocultos y fogosos. La agarré por la espalda la sujeté entre mis brazos. Cual princesa, la subí hasta el tercero sin apenas esfuerzo. Entre risas, me pidió que la bajara para poder abrir. Accedí.
Las risas que le causaban mis cosquillas no le dejaban abrir la puerta. Parecíamos dos niños pequeños. No se si fue por las ganar de vivir o las ganas de soñar, o incluso las ganas de beber que nos dio esa noche fue el causante de actos tan infantiles pero divertidos que causábamos a altas horas de la madrugada en aquel portal perdido. Quizás fuese una mezcla de todo.
Abrió al fin la puerta y entramos en marabunta. Cerró sigilosamente y le pregunté:
- Hay alguien en el piso?
- No, este fin de semana estoy sola. Mis compañeras se han ido al pueblo.
- Perfecto, ¿No?
Ella me agarró y me apoyó tras la puerta que cerraba quedaba a los vecinos cotillas, aunque a aquellas horas pocos se dejaban caer por las mirillas.
Sus manos frías se introdujeron por mi espalda, haciéndome quedar helado y ardiente, en una sensación sumamente extraña. Nos besamos despreocupadamente mientras deambulábamos por el pequeño recibidor.
Abrió una de las cuatro puertas que nos rodeaban. Ella me conducía a un pasillo oscuro que no llegó a iluminar. Entramos en su habitación con los ropajes mal colocados, camisa a medio desabrochar, chaqueta a medio quitar, lo cual resolvimos en breves instantes. Ella comenzó a desabrocharme la camisa, mientras yo bajaba la cremallera de su jersey. Ella estaba terminando de quitarme la tela inservible que cubría nuestra piel ardiente, cuando yo agarré su camiseta y la alcé de los faldones para sacar su cabeza. Ella levantó los brazos. Entre vaivenes y tropezones nos deslizamos a su cama con la justa ropa.
Nos desenfundábamos aquellos molestos vaqueros a la par. Yo miraba de reojo aquel cuerpo que se desnudaba. Era extraño, pero me producía placer hasta la idea de aquella situación... Un cuerpo que se desnudaba al mismo instante que yo. Los dos nos fusionábamos por momentos. Entre besos abrazos y arrumacos pasaron los minutos. Ella me miró encendida y nos derretimos en esa mirada, dulce como el caramelo. Se colocó entre mis piernas y pasó de estar en una postura horizontal pasional a una vertical deseada por mi y por mi mirar. La contemplé alzada en la cama... Apartó su pelo y dirigió sus manos a la espalda. Mientras caía su sujetador, yo ardía de poder contemplar aquel cuerpo.
Sumergido en una habitación perdida de Murcia, una Murcia lluviosa. Lo único que nos preocupaba de aquella lluvia era el ruido que nos interrumpía. No nos importaba ningún ruido, no aquellos que eran oídos mas allá de nuestros besos, no aquellos de los que comprendían lejanía, no nos importaba otro tacto que no fuera el de nuestras yemas en la piel, en aquella lluviosa noche que dejaba de importarnos.
La visión de aquella mujer que desvestía sus carnes para que yo la vistiera con un calor mas humano que aquellas húmedas ropas era lo que en aquella noche mis ojos calmaban su sed de belleza.
No quería irme de aquella atmósfera. Podría acabarse el mundo, hundirse el edificio o llamarme por que me había tocado la lotería. Permanecería allí, en ese mismo sitio si alguien me jurase un abrazo. Había encontrado a mi segunda pieza de un puzzle vital incompleto. Y ella no lo sabía.
Contemplé aquel instante en el que su carne desprendía belleza, donde su carne quedaba expuesta, donde su carne comenzaba a ser parte de mi piel.
Ella tocó mis manos y me hizo masajear su torso. Mis dedos sintieron aquella piel tersa que se erizaba con aquel paseo inusual de mis manos. Una de ellas se subía, escalando sus caderas y ella miro al cielo, dejando su cuello totalmente libre para que habitaran mis dos manos.Deje que ella se recostara sobre mi pecho, lo que me hizo sentir su piel sobre mi piel y la coroné con un beso.
Me abracé a su cuerpo arrastrando torpemente mis falanges para poder seguir deleitándome con aquel festín de cariños sin fin.
Las cosas bonitas duraron toda la noche. Me impresionó como sus ojos reflejaban el calor que sentíamos, ese calor que nos abrasaba, que nos consumía, que nos derretía...
Tras miles de fusiones en besos salvajes, borrachos de un amor improvisado y de algún que otro licor, pegué un nuevo beso.
Nuestros cuerpos se alzaron, como marionetas poseídas, y se desnudaron y se miraron. Un sueño profundo los atrajo. En ese momento mi cuerpo se salió de sí mismo y se unió al suyo. Nadaron por valles de hierva fresca, surcaron las ramas de grandes baobabs, a los que luego abrazaron. Pasearon por los lagos mas cristalinos y escalaron los grandes ríos. Su barco les llevó a las montañas mas frías... Entonces volvimos.
Dos cuerpos que quedaron mudos y destemplados... Estábamos vacíos. La llama se había apagado, o eso creí yo. Habíamos vivido una aventura, habíamos viajado sin movernos, habíamos volado.
Lo que antes fue fuego ahora era hielo, pero un hielo precioso, un paisaje de estalactitas preciosas.
Entonces me cogió de las manos y me miró. Mi mirada perdida volvió en sí. Y me quemó su hielo.
Desaté los hilos que nos convirtieron en marionetas y la tumbé en su cama. Nuestras manos eran ojos que exploraban todos los rincones de piel que aquella cama albergaba. Navegué por el mar bravío de su espalda, donde mis dedos, desprovistos de ruta, surcaban sin rumbo. Encontré la ruta de su cintura, acantilado bello y profuso donde desbocaron mis yemas a un vacío.
Ella tornó su cuerpo desnudo, adornado con puntitos de chocolate, dejando su pecho visible, coronado con sus pezones de color marrón. Agarré aquella delicia y comencé a besarla suavemente. Esta vez mis dedos andaban descontrolados, puesto que hallábanse en lugares diferentes en cada segundo. Pronto sus piernas se abrieron y mis rodillas encajaron entre ellas, proporcionando calor mutuo.
La velocidad del beso aumentaba por segundos, siendo pasional e intenso. Mis manos agarraron sus muslos y los elevaron a mi cintura.
Sentí como pequeños gemidos se escapaban de su labio seco.
Entre sus caderas me coloqué, casi encima de ella. Su pelo se esparramaba por lo ancho de la cama mientras jugueteaban nuestras piernas, que se preparaban para el momento mas íntimo. Habité su vientre con amor, ese vientre blanquecino, con lunares dispersos que decoraban su piel. Nuestro movimiento fue despacio y calmado, pero con ganas de un futuro desenfrenado, donde la pasión nos comiera desde los tobillos.
La marcha de nuestros cuerpos se fue acelerando, mientras que sus latidos y los míos podían oírse desde la habitación contigua. Apresurados salían gemidos de aquellos labios que, ahora, eran húmedos. Agarraba y manoseaba aquellos pechos que se movían al compás de dos cuerpos que aceleraban por momentos.
Comidos por los besos, cambiaron su postura aquellos cuerpos en su acurrucado lecho.
Ella quedaba alzada, mientras que yo, recostado, observaba como la luz la hacía translucida, como aquella luminosidad vestigial devoraba sus cabellos y los hacía invisibles para mi cornea, que la buscaba con tanto empeño.
Mis uñas iban dejando un camino que marcaba todo su cuello. La pasión nos empujaba a dejarnos arrastrar por aquellos detalles que dos personas que necesitaban amar no dudaban en hacer.
Mis manos volvían a sus pechos, y volvían a masajear aquel seno, del que quedaban mis ojos mirando su belleza. A pequeños goteos caían sus cabellos sobre mis brazos, y me producían un espasmo similar al de las cosquillas.
Pudimos ver en nuestras miradas temblorosas y vibrantes que llegaba un momento de delirio, ese momento en el que ambos explotaríamos con tanta fuerza que nadie podría decir si eramos uno o dos, o ninguno, pues quedaríamos en una esencia homogénea. Mientras el resurgir de su gemido quedaba presente en las cuatro paredes de la habitación (incluso diría que fuera de ella) sentía el calor que se siente al amar, ese calor que se convertiría en aquella explosión que ambos deseábamos.
Sus dedos se aferraban a mis hombros y sus ojos desbocados me miraban diciéndome que ella llegaba a aquel éxtasis. Yo al verla, al poder mirar entre agitados movimientos a aquella mujer que era la dulzura de las flores, la nata de las mujeres, el fruto de un exquisito vino murciano, quedó mis cuerpo postrado. Nuestro lecho tembló, empezando por las piernas, acabando en el corazón.
Ella, agotada, dejó caer su cabeza contra mi pecho y yació complaciente.
FIN
Postdata
Ella despertó entre horribles dolores, seguramente debidos a la resaca. Buscó, sin abrir los ojos, con manos y piernas la compañía de la noche anterior.
No halló nada.
En ese momento sintió unas nauseas existenciales, de esas que no son para vomitar, sino para llorar. Se sintió tan sumamente incomoda, engañada y sola. Tremendamente sola. Sintió sed.
Anduvo hasta la cocina para poder tragar lo que le venía encima. Notó algo extraño. Ese olor no era de su casa. El camino dejaba rastro que su olfato no sabía qué decir.
Al entrar a la cocina sus ojos no daban crédito. En el fregador quedaban escurriéndose los útiles de cocina. En la encimera una bandeja con un capuchino con nata, unas tortitas, cubertería y una nota. Acercóse corriendo para leerla:
TE PROMETÍ UN DESAYUNO. SIENTO MI MARCHA. UN BESO.
Sus pies quedaron en el suelo mientras su alma se derrumbaba en un estruendoso llanto interno que no era capaz de gesticular.
Entonces, mientras ella se quedó inmutada en su yo interno, la puerta que daba al salón se abría despacio. Andando a hurtadillas se acerco y pasó sus brazos bajo su cintura, olió su pelo y le planto un beso en aquel cuello que emanaba un olor similar a la miel.
Ella supo muchas cosas. Supo que aquellos brazos le acompañarían, que ya no lloraría por su soledad, que su mirada no quedaría perdida, que el desayuno de cada día serviría de motivo para verle, que ya no contemplaría sola desde la ventana de su habitación a los perros que ladraban, ni a los niños que correteaban. Supo que ya podría danzar como una loca por la playa, que los versos caerían a sus oídos, que ya no vendrían mas nidos de golondrinas en su balcón a posar... Ese abrazo le hizo saber que quedaba abrazada al amor y era feliz
- ¿Qué tal fue tu viaje?
- Aburrido, pero bueno. ¿No te apetece tomar algo?
- La verdad es que tengo algo de sed... y tú me debes una cerveza.
- ¿Yo? Siempre inventando cosas. Si no hay mas remedio tendré que pagar tu dionisíaco camino.
- ¿Cómo?
- Nada, cosas mías.
Ella miró a su alrededor antes de empezar la marcha y volvió a sonreír.
- ¿Dónde me llevas?- pregunté.
- Iremos a Iberos. Allí tienen cerveza barata.
- Vale.
Pasamos por debajo de un arco horrendo de la plaza donde estábamos y nos metimos en una calle que salía de la misma. De repente miles de jóvenes apalancados en la puerta hacían imposible el acceso a dicho "antro".
- ¿Este no será el lugar donde la cerveza es barata no?
- Me temo que si.
- Intentaré pasar a ver si consigo dos quintos de algo.
- Para mi que sea un tercio.
- Lo que diga la señorita.
- No me llames señorita. Sabes que lo odio.
- Disculpas pues.
- Disculpas aceptadas.
Como pude me introduje en aquella masa de orangutanes que empujaban sin ninguna precisión, dando igual quien pasara por delante o detrás. Llegué a una especie de barra donde un chico me atendió entre codazos y tras haberlo llamado mas de quince veces. Pedí dos cervezas. El me las sirvió y yo se las pagué. Agarré las dos botellas de cristal, cogí mi cambio y salí tan rápido como pude. Al salir de la marabunta pude apreciar que mis pulmones volvían a ponerse en funcionamiento, cosa que me alegraba enormemente. Cuando alcé la vista la busqué por unos segundos y pude verla sentada en la acera con pinta de tener algo de frío. Me acerqué y le ofrecí la cerveza y contemplé que a lo mejor pedía un abrazo. Las mujeres con ese tipo de psicología son algo raritas: Te dicen que tienen frío y es para que las abraces, pero luego tú le pides un abrazo y ellas te sueltan el pretexto de que "solo amigos". Mientras que en mi mente se formaban todo tipo de divagaciones, en mi estomago la inmensa población de mariposas comenzaba a revolotear, haciendo ese tipo de sudor incomoda y que mi lengua se trabara. Cuando sus dedos agarraron la cerveza, me miró fijamente y se rió. Yo pensé que me daría las gracias, pero de repente me dice:
- Que sepas que te pedí un tercio.
Mierda, pensé.
- Bueno, no les quedaban. Es que el reparto de cerveza está en crisis debido a la subida del petroleo, lo que hace que muchos camioneros cerveceros se ponga en huelga y se manifieste, y eso a estrella levante pues no le da buena imagen.
Mi "mentira" dio en el blanco. Estalló a reír.
- Vaya cabeza tienes, colega.
Me senté a su lado y me dispuse a imitarla, miré a la nada. Nuestras miradas intrascendentes se unieron por pequeños instantes de sonrisas nerviosas, guiños, y alguna que otra tontería debida a la helada temperatura de la cerveza. La verdad es que hacía frío. Mis manos estaban heladas, cuanto más con aquella cerveza. Mi cabeza era un fluir constante de hipótesis, teorías y pensamientos sobre ella. Todo giraba a su alrededor, pero los nervios me hacían ser lo mas impreciso posible. Esto hacía que el camino que unían mi cabeza y mi boca fueran inconexos. Una de las probabilidades señalaba a que continuaban los partos ingentes de mariposas en mi estomago.
- ¿No vas a decirme nada? - Me sorprendió su voz.
- No tengo nada en mente ahora mismo.
- Es imposible que no estés pensando en nada. Algo debes pensar.
Claro, en ti. Pero solo lo pensaba, no se lo decía. ¿Cómo iba a decírselo? es de estúpidos.
- Pues pienso que... la cerveza está helada. Me voy a petrificar.
- Qué casualidad, yo pensaba igual.
Sin pensarlo y sin un por qué apuré toda mi cerveza de un trago y me levanté rápidamente.
- ¿Nos movemos?
- Vale.
- ¿Dónde iremos?
- Sígueme.
De repente sentí como un intenso revolotear al ver que mientras ella se movía agarraba mi mano para que fuera con ella. Con cada roce sentía como el corazón se me desbocaba. Corriendo pudimos llegar a una calle bastante amplia donde ella consiguió visualizar un taxi. Ella me llevo consigo y me hizo montar en la parte trasera de dicho vehículo. Se apresuró a decir:
- A Mariano Rojas, por favor.
Yo asentí ante tal planteamiento. Nosotros quedamos quietos mientras que las calles eran movidas por aquel taxi. Miraba aquellos ojos negros azabache que me dedicaban brillantes su mirada. Nuestras bocas imitaban lo que parecía ser una sonrisa a medias. Las calles, iluminadas por el astro lunar, quedaban atrasadas mientras que el tiempo se derretía por los ángulos muertos de nuestra vista.
Nuestras manos volvían a encontrarse, pero esta vez por mi voluntad, que lentamente mis dedos avanzaban por el estrecho de la palma de su mano, instante en el que al pasar rozando su palma, rompió a reír. Sentí esa risa a causa de las cosquillas, no de la estupidez de posar mis gélidos dedos y realizar una danza sobre su mano. Sus ojos me alumbraban de nuevo y me incitaban a mirar aquella mirada que me invitaba a que la viera. Sus ojos negros de brillo azabache estaban pletóricos en aquel taxi que nos conducía a una zona casi desconocida.
El taxi paró y yo le di lo que el taxímetro indicaba ante su incrédula mirada.
- ¿Vas a pagar todo lo que hagamos esta noche?
Yo no me inmuté, pero deje caer una lisonjera risa que quedó tatuada en mis labios y que pasaron a los suyos.
Nos apresuramos a salir del taxi y a llegar a una acera cercana en la ciudad helada que parecía ahora. Las calles oscuras de Mariano Rojas adornadas con arboles colocados cada diez baldosas. La calle quedaba llena de jóvenes que inspiraban el humo viciado del tabaco. Decidimos que Sala B era un buen lugar para tomar un par de cervezas, con la suerte de que había un concierto. Tributo a Extrechinato y tu. Nos acercamos ambos a la barra con cierto agobio por la gente, que parecían sardinas en lata. Tras varios silbidos y tres o cuatro "tss" la camarera me prestó atención. Le pedí dos cervezas y le adelanté el presupuesto, a lo que aquella bella mujer que me acompañaba quedóse anonadada y con una mueca sonriente. Hay ciertas personas a las que les molesta ser invitadas, pero yo no me tomo una invitación como un gesto a devolver, sino como una muestra de afecto que no tiene por que ser devuelta al instante. De hecho me alegra que no sea devuelta en ese momento, sino que en un lenguaje secreto sea devuelta al tiempo con un tipo de guiño, que solo esas dos personas sepan de lo que hablan.
En cuanto a la camarera, nos trajo dos vasos de plástico y las vueltas de lo que aquello valía. Yo le dí un sorbo y la miré. Ella también bebía.
Tras varios empujones, dos raciones de malas caras y repetidos intentos por tirar mi refrigerio, decidimos salir a la puerta, mientras el resto de la gente entraba despavorida, como si fuera estuviera haciendo un frío glaciar. Al salir nos dimos cuenta de por que aquellas personas entraban como si no hubiera un mañana... Estaba diluviando. Las gotas empezaron a mojar nuestras ropas levemente, debido a la protección de los arboles. Pudimos ver que a unos pasos de la puerta de aquel garito que había unos ventanas de algún negocio deshabitado, el cual nosotros transformamos en asiento y protección para la lluvia.
El camino a estos asientos nos costó que el agua nos calara el cuerpo y dejara imitaciones del rocío en ambos abrigos. Ella se sentó primero y yo di un pequeño vistazo a la ciudad mojada y fría que nos acogía en sus calles y la acompañe. Las mangas de su jersey cubrían casi hasta sus dedos y su pelo, ahora mojado, dejaba caer afluentes por su bella faz, que luminosa, volvía a mirarme.
Sus suaves dedos sujetaban el vaso de cerveza y sus ojos me miraban. Dos planos conjuntos y contrapuestos. Mientras sus ojos me miraban su mente pensaba que la cerveza, el vaso o incluso sus dedos no existían. Solo era mirada. Me sentía lleno con aquella mirada, como si todo lo trascendente ocurriera en los escasos centímetros que nos separaban.
En un segundo todo volviose lento. Las gotas caían despacio, con un ritmo pausado. Mis pulsaciones eran paulatinas pero profundas. Entonces surgieron de la oscuridad aquellos preciosos labios que quedaban decorados con aquellos lunares que me hacían perderme y encontrarme de nuevo al ver como me iba acercando sin querer hacia ella. Los labios, en primer plano, me volvían a dedicar una sonrisa que no parecía estar en contra de mi aproximación. Sus ojos aceleraron su pestañeo, pero podía ver en ellos el fuego abrasador que me pedía el contacto amoroso de mis labios. Era tremendamente preciosa la imagen de una murcia empapada, donde habitaba una belleza mojada también por las lluvias. En su flequillo quedaban mechones de pelo que parecían afluentes y descargaban en agua que contenía en diferentes lugares de su frente. Una vez en su cara, las gotitas realizaban carreras. Ella sin darse cuenta de dicha competición las apartaba con un dulce movimiento de mano, el cual me recordaba que estaba allí, a escasos centímetros y aquello me gustaba.
Sonreí levemente y me separé a una distancia notable de ella. Ella agachó la cabeza. Supuse que fue por que esperó algo que no llego y al esperar, desesperó. Entonces me acerqué agresivamente, agarré sus mofletes con ambas manos y la besé. La besé tan apasionadamente que no sabía donde me encontraba. Ya no sabía si estaba en Murcia, si llovía o si era de noche. Solo sabía que la oscuridad de unos ojos cerrados ante la mujer que estaba besando me abrigaba, que era un lugar acogedor, aunque nunca había estado allí. Mi cabeza solo pensaba en el calor que intercambiaban dos cuerpos, en bailar hasta un lugar cerrado, en pasear por toda la ciudad, en ser desconocidos que se reencuentran, en ser su pijama y toda la noche estar pegado a su piel. Supongo que sería el pensamiento de una mente ebria de amor ausente, por la excitación de una situación desconocida y extraña. Ella dejó pasear sus manos por mi nuca, haciéndome erizar.
Todo era tan suave. Ella era suave. Sus movimientos circulares que descolocaban mi pelo me hacían olvidar y desconectar de todo aquello ajeno.
En un momento se separaron nuestros labios, dejándolos helados por la lluvia que volvía a mi mente, volvía a estar en Murcia, en la calle Mariano Rojas, volvía a ser un cuerpo gélido y empapado por la lluvia a unos pasos de un insufrible concierto lleno de gente. Decidimos dar un paseo en dirección al centro. El paseo se redujo al estatismo de su sonrisa y al movimiento de mis piernas, que hacía que una serie de arboles se sucedieran tras de ella. Parecía feliz.
Pudimos degustar una imitación de tequila mexicano, bastante mala por cierto, pero repetimos a pesar de su pésima calidad. También nos dejamos caer por alguna otra cerveza, lo que nos proporciono un calor físico de agradecer. La humedad empezaba a colarse por las rendijas de nuestras ropas.
Crecían sus ojos, como grandes platillos luminoso, donde quedaba yo reflejado.
Por el paseo, que duró un buen rato, pudimos disfrutar de la ciudad en su máximo esplendor nocturno. En la plaza de Juan XXIII nos protegieron unos estáticos paraguas acerados de nuestro beso, que me hizo profundizar de nuevo a un estado de armonía con aquella delicada belleza.
Tras callejear un poco y dejar impregnado en los portales el símbolo inequívoco de una noche de amoríos, habiéndonos besado en cada uno de ellos, llegamos al barrio donde ella vivía. El tiempo se sucedía demasiado deprisa, pues sabía que había una pequeña posibilidad de que ella me despidiera. Nunca dije que no tenía casa donde dormir en aquella ciudad, y las horas que marcaban no era para llamar a nadie. Ella sacó la llave de su portón y la introdujo en la cerradura. Abrió la puerta y se quedó mirándome y sonriendo. Yo, con una vergüenza absoluta, le dije:
- Bueno, esto supone una despedida.
Ella quedó sorprendida y tras unos segundos de meditación me agarró del cuello de la camisa y me escupió palabras con cierta lascivia:
- Tú te quedas esta noche conmigo.
Pero conforme me acercó a ella la brusquedad aminoró tanto que quedé de nuevo casi pegado a sus labios. Su cara era de una niña pequeña que necesita una protección, una compañía.
- ¿Tienes miedo?
Le pregunté sin pensar.
- ¿Por que lo dices?
- Me has contestado con una pregunta...
- Hace tiempo que me gustaría que alguien me acariciase al dormir, que me abrazara... Sentir cariño.
En ese momento me elevé a su altura subiéndome al escalón de su portón. Pasé mis brazos por debajo de los suyos y empujando su espalda hacia mí, la abracé de nuevo. Ella pegó su cabeza a mi pecho, como si intentara oír mis latidos. Yo removí sus cabellos, haciendo que el azar los dejara en un sitio diferente. Aún despeinada aquella mujer me parecía preciosa. Nos habíamos besado. Me estaba uniendo a ella. Al principio era un cuerpo totalmente desconocido. Ahora era ella, un ente que necesitaba amor, el ser que había acariciado mis labios con los suyos. No digo que me esté robando el corazón, pero estaba haciendo que dejara ese lado duro y pedregoso mientras que el suyo me hacía sentir de terciopelo.
El abrazo terminó y ambos subimos por las escaleras cogidos de la mano, algo que me hizo gracia y me causó cierto placer. Apreté su mano para sentirla conmigo. Ella me contestó. Sentía todo. Sentía como sus pasos marcaban el ritmo de su caminar, sentía su respiración profunda en la silenciosa escalera, sentía como iba buscando de nuevo las llaves de su puerta en su bolso. Notaba un silencio solemne, que me hacía dudar si ella realmente se encontraba bien.
- Si, tengo miedo.
Lo dijo como quien lanza una piedra y esconde la mano, esperando oír el efecto que causaban sus palabras.
- Cuando estoy sola en la cama siento un frío interno que me hiela el corazón. Pienso en muchas cosas. Pienso que debería tener a alguien que me hiciera el desayuno al despertar, esa persona con la que contemplar historias, esa alma que se aferre a la mía y la sienta como una, que me haga sentir mujer, su amor, su vida, alguien que necesitara de mi para seguir viviendo, alguien por el que levantarme cada día.
Nadie supo expresar mejor y con menos palabras que se encontraba sola entre multitudes de gente desconocida. Ella me miró con aire de tristeza, como buscando una solución a aquel lanzamiento fortuito de la piedra. Me vi obligado a responder.
- De momento, mañana te preparo el desayuno.
En la colina de sus ojos asomó una pequeña lagrima que intentó limpiar con la yema de sus dedos. Se quedó cabizbaja y meditando. Cuando volvió a mirarme, sonreía plácidamente.
Entonces, en ese instante en el que me pillo desprevenido, agarróse a mi cintura y apoyó sus labios sobre los míos, y sonó un beso. Agarré su cintura y la empotré suavemente contra la pared y espeté:
- No te conozco mucho, no sé mucho de ti, solo aquello que me has contado, pero estas envolviéndome en un halo de magia y amor que nadie antes ha conseguido.
La besé. No fue un beso de aquellos que pueda describir con precisión. Dejemos en que la besé de tal forma que ambos subimos al mas alto cielo, que allá, en el limbo, pudimos recrearnos en nuestro beso. Diré que como aquel beso, no había besado antes.
Al despegar nuestros labios, un silencio y una mirada perdida nos cubrió. Estábamos en en interior de un portal, recostados sobre la pared de la escalera, a escasos centímetros del otro, como casi toda la noche.
Vi que sus piernas se entrelazaron a mi cintura de una forma juguetona y que su sonrisa me relataba mensajes ocultos y fogosos. La agarré por la espalda la sujeté entre mis brazos. Cual princesa, la subí hasta el tercero sin apenas esfuerzo. Entre risas, me pidió que la bajara para poder abrir. Accedí.
Las risas que le causaban mis cosquillas no le dejaban abrir la puerta. Parecíamos dos niños pequeños. No se si fue por las ganar de vivir o las ganas de soñar, o incluso las ganas de beber que nos dio esa noche fue el causante de actos tan infantiles pero divertidos que causábamos a altas horas de la madrugada en aquel portal perdido. Quizás fuese una mezcla de todo.
Abrió al fin la puerta y entramos en marabunta. Cerró sigilosamente y le pregunté:
- Hay alguien en el piso?
- No, este fin de semana estoy sola. Mis compañeras se han ido al pueblo.
- Perfecto, ¿No?
Ella me agarró y me apoyó tras la puerta que cerraba quedaba a los vecinos cotillas, aunque a aquellas horas pocos se dejaban caer por las mirillas.
Sus manos frías se introdujeron por mi espalda, haciéndome quedar helado y ardiente, en una sensación sumamente extraña. Nos besamos despreocupadamente mientras deambulábamos por el pequeño recibidor.
Abrió una de las cuatro puertas que nos rodeaban. Ella me conducía a un pasillo oscuro que no llegó a iluminar. Entramos en su habitación con los ropajes mal colocados, camisa a medio desabrochar, chaqueta a medio quitar, lo cual resolvimos en breves instantes. Ella comenzó a desabrocharme la camisa, mientras yo bajaba la cremallera de su jersey. Ella estaba terminando de quitarme la tela inservible que cubría nuestra piel ardiente, cuando yo agarré su camiseta y la alcé de los faldones para sacar su cabeza. Ella levantó los brazos. Entre vaivenes y tropezones nos deslizamos a su cama con la justa ropa.
Nos desenfundábamos aquellos molestos vaqueros a la par. Yo miraba de reojo aquel cuerpo que se desnudaba. Era extraño, pero me producía placer hasta la idea de aquella situación... Un cuerpo que se desnudaba al mismo instante que yo. Los dos nos fusionábamos por momentos. Entre besos abrazos y arrumacos pasaron los minutos. Ella me miró encendida y nos derretimos en esa mirada, dulce como el caramelo. Se colocó entre mis piernas y pasó de estar en una postura horizontal pasional a una vertical deseada por mi y por mi mirar. La contemplé alzada en la cama... Apartó su pelo y dirigió sus manos a la espalda. Mientras caía su sujetador, yo ardía de poder contemplar aquel cuerpo.
Sumergido en una habitación perdida de Murcia, una Murcia lluviosa. Lo único que nos preocupaba de aquella lluvia era el ruido que nos interrumpía. No nos importaba ningún ruido, no aquellos que eran oídos mas allá de nuestros besos, no aquellos de los que comprendían lejanía, no nos importaba otro tacto que no fuera el de nuestras yemas en la piel, en aquella lluviosa noche que dejaba de importarnos.
La visión de aquella mujer que desvestía sus carnes para que yo la vistiera con un calor mas humano que aquellas húmedas ropas era lo que en aquella noche mis ojos calmaban su sed de belleza.
No quería irme de aquella atmósfera. Podría acabarse el mundo, hundirse el edificio o llamarme por que me había tocado la lotería. Permanecería allí, en ese mismo sitio si alguien me jurase un abrazo. Había encontrado a mi segunda pieza de un puzzle vital incompleto. Y ella no lo sabía.
Contemplé aquel instante en el que su carne desprendía belleza, donde su carne quedaba expuesta, donde su carne comenzaba a ser parte de mi piel.
Ella tocó mis manos y me hizo masajear su torso. Mis dedos sintieron aquella piel tersa que se erizaba con aquel paseo inusual de mis manos. Una de ellas se subía, escalando sus caderas y ella miro al cielo, dejando su cuello totalmente libre para que habitaran mis dos manos.Deje que ella se recostara sobre mi pecho, lo que me hizo sentir su piel sobre mi piel y la coroné con un beso.
Me abracé a su cuerpo arrastrando torpemente mis falanges para poder seguir deleitándome con aquel festín de cariños sin fin.
Las cosas bonitas duraron toda la noche. Me impresionó como sus ojos reflejaban el calor que sentíamos, ese calor que nos abrasaba, que nos consumía, que nos derretía...
Tras miles de fusiones en besos salvajes, borrachos de un amor improvisado y de algún que otro licor, pegué un nuevo beso.
Nuestros cuerpos se alzaron, como marionetas poseídas, y se desnudaron y se miraron. Un sueño profundo los atrajo. En ese momento mi cuerpo se salió de sí mismo y se unió al suyo. Nadaron por valles de hierva fresca, surcaron las ramas de grandes baobabs, a los que luego abrazaron. Pasearon por los lagos mas cristalinos y escalaron los grandes ríos. Su barco les llevó a las montañas mas frías... Entonces volvimos.
Dos cuerpos que quedaron mudos y destemplados... Estábamos vacíos. La llama se había apagado, o eso creí yo. Habíamos vivido una aventura, habíamos viajado sin movernos, habíamos volado.
Lo que antes fue fuego ahora era hielo, pero un hielo precioso, un paisaje de estalactitas preciosas.
Entonces me cogió de las manos y me miró. Mi mirada perdida volvió en sí. Y me quemó su hielo.
Desaté los hilos que nos convirtieron en marionetas y la tumbé en su cama. Nuestras manos eran ojos que exploraban todos los rincones de piel que aquella cama albergaba. Navegué por el mar bravío de su espalda, donde mis dedos, desprovistos de ruta, surcaban sin rumbo. Encontré la ruta de su cintura, acantilado bello y profuso donde desbocaron mis yemas a un vacío.
Ella tornó su cuerpo desnudo, adornado con puntitos de chocolate, dejando su pecho visible, coronado con sus pezones de color marrón. Agarré aquella delicia y comencé a besarla suavemente. Esta vez mis dedos andaban descontrolados, puesto que hallábanse en lugares diferentes en cada segundo. Pronto sus piernas se abrieron y mis rodillas encajaron entre ellas, proporcionando calor mutuo.
La velocidad del beso aumentaba por segundos, siendo pasional e intenso. Mis manos agarraron sus muslos y los elevaron a mi cintura.
Sentí como pequeños gemidos se escapaban de su labio seco.
Entre sus caderas me coloqué, casi encima de ella. Su pelo se esparramaba por lo ancho de la cama mientras jugueteaban nuestras piernas, que se preparaban para el momento mas íntimo. Habité su vientre con amor, ese vientre blanquecino, con lunares dispersos que decoraban su piel. Nuestro movimiento fue despacio y calmado, pero con ganas de un futuro desenfrenado, donde la pasión nos comiera desde los tobillos.
La marcha de nuestros cuerpos se fue acelerando, mientras que sus latidos y los míos podían oírse desde la habitación contigua. Apresurados salían gemidos de aquellos labios que, ahora, eran húmedos. Agarraba y manoseaba aquellos pechos que se movían al compás de dos cuerpos que aceleraban por momentos.
Comidos por los besos, cambiaron su postura aquellos cuerpos en su acurrucado lecho.
Ella quedaba alzada, mientras que yo, recostado, observaba como la luz la hacía translucida, como aquella luminosidad vestigial devoraba sus cabellos y los hacía invisibles para mi cornea, que la buscaba con tanto empeño.
Mis uñas iban dejando un camino que marcaba todo su cuello. La pasión nos empujaba a dejarnos arrastrar por aquellos detalles que dos personas que necesitaban amar no dudaban en hacer.
Mis manos volvían a sus pechos, y volvían a masajear aquel seno, del que quedaban mis ojos mirando su belleza. A pequeños goteos caían sus cabellos sobre mis brazos, y me producían un espasmo similar al de las cosquillas.
Pudimos ver en nuestras miradas temblorosas y vibrantes que llegaba un momento de delirio, ese momento en el que ambos explotaríamos con tanta fuerza que nadie podría decir si eramos uno o dos, o ninguno, pues quedaríamos en una esencia homogénea. Mientras el resurgir de su gemido quedaba presente en las cuatro paredes de la habitación (incluso diría que fuera de ella) sentía el calor que se siente al amar, ese calor que se convertiría en aquella explosión que ambos deseábamos.
Sus dedos se aferraban a mis hombros y sus ojos desbocados me miraban diciéndome que ella llegaba a aquel éxtasis. Yo al verla, al poder mirar entre agitados movimientos a aquella mujer que era la dulzura de las flores, la nata de las mujeres, el fruto de un exquisito vino murciano, quedó mis cuerpo postrado. Nuestro lecho tembló, empezando por las piernas, acabando en el corazón.
Ella, agotada, dejó caer su cabeza contra mi pecho y yació complaciente.
FIN
Postdata
Ella despertó entre horribles dolores, seguramente debidos a la resaca. Buscó, sin abrir los ojos, con manos y piernas la compañía de la noche anterior.
No halló nada.
En ese momento sintió unas nauseas existenciales, de esas que no son para vomitar, sino para llorar. Se sintió tan sumamente incomoda, engañada y sola. Tremendamente sola. Sintió sed.
Anduvo hasta la cocina para poder tragar lo que le venía encima. Notó algo extraño. Ese olor no era de su casa. El camino dejaba rastro que su olfato no sabía qué decir.
Al entrar a la cocina sus ojos no daban crédito. En el fregador quedaban escurriéndose los útiles de cocina. En la encimera una bandeja con un capuchino con nata, unas tortitas, cubertería y una nota. Acercóse corriendo para leerla:
TE PROMETÍ UN DESAYUNO. SIENTO MI MARCHA. UN BESO.
Sus pies quedaron en el suelo mientras su alma se derrumbaba en un estruendoso llanto interno que no era capaz de gesticular.
Entonces, mientras ella se quedó inmutada en su yo interno, la puerta que daba al salón se abría despacio. Andando a hurtadillas se acerco y pasó sus brazos bajo su cintura, olió su pelo y le planto un beso en aquel cuello que emanaba un olor similar a la miel.
Ella supo muchas cosas. Supo que aquellos brazos le acompañarían, que ya no lloraría por su soledad, que su mirada no quedaría perdida, que el desayuno de cada día serviría de motivo para verle, que ya no contemplaría sola desde la ventana de su habitación a los perros que ladraban, ni a los niños que correteaban. Supo que ya podría danzar como una loca por la playa, que los versos caerían a sus oídos, que ya no vendrían mas nidos de golondrinas en su balcón a posar... Ese abrazo le hizo saber que quedaba abrazada al amor y era feliz
domingo, 2 de marzo de 2014
1000 Razones para amarte
"Rebuscando en el jardín de la memoria, en el trastero de los recuerdos, encontré esto: Un bloc verde pistacho donde, acompañado del sueño de esa misma noche, relatan los sentimientos que encontré en un pasado, del que nunca volverán"...
Porque aún sin entenderme, me entiendes.
Porque eres lo que buscaba y jamás pensé encontrar.
Porque nací para poder amarte.
Porque, aunque no las necesito, tengo más de mil razones para amarte.
Porque me gusta "pelear" por decir "yo te quiero más" el último.
Porque vamos a compartir todo nuestro tiempo.
Porque voy a cuidarte como si fueras mi única responsabilidad.
Porque soy tuya y tu eres mio.
Porque encajamos como las piezas de un puzzle.
Porque solo pretendo hacerte feliz.
Porque incluso de los roces saco cosas buenas y es el valor de la felicidad a tu lado.
Porque tu amor es todo lo que podía esperar (Kant, enamorado).
Porque puedo perderme en tus ojos y encontrarme en tus labios.
Porque solo pienso en estar contigo y en hacerte sonreír.
Porque cuando hacemos el amor te noto formando parte de mi alma.
Porque tus abrazos son la medicina que más me reconforta.
Porque solo tú me haces hacer la tonta con tanta calidad.
Porque cada mañana pienso verte enseguida.
Porque cada noche me gustaría tenerte a mi lado al cerrar los ojos.
Porque noto tu amor sin necesidad de oírlo en tu voz.
Porque me encanta hacer planes contigo.
Porque me encantan tus bromas sin gracia.
Porque me gusta hacerme la enfadada para que te empeñes en sacarme la sonrisa.
Porque te preocupas de mi siempre y también cuando me ves mal.
Porque quiero convertirte en el hombre de mi vida.
Porque por ti me vendería al mismísimo demonio.
Y porque también sería capaz de creer en Dios por ti.
Porque te amo como nunca he amado a nadie.
Porque me gustan tus ojos cuando buscan un beso.
Porque me encanta pegarte mil besos en la cara.
Porque me gusta que me abraces, que me mires, que me toques...
Porque quiero ser una pieza esencial en mi vida.
Porque cada segundo que pasa dependo más de ti y de tu amor.
Porque desde junio sólo vivo por que tú me das las fuerzas.
Porque aunque me di cuenta de que te amaba, tú lo entendiste y luchaste por mi.
Porque nunca me habían pedido salir en la servilleta de un bar.
Porque quiero retenerte en mis brazos y que te quedes conmigo por y para siempre.
Porque por ti inventaría mil mundos y te llevaría a cada uno de ellos (lo haré).
Porque eres mi sueño pero vives en mi realidad.
Porque me coges en brazos cuando no piso suelo firme.
Porque eres mi vida y te amo sin razones.
Porque eres la mejor persona que puedo amar.
Porque sin ti mi mundo se derrumbaría.
Porque eres la canción de amor más bonita jamás escrita.
Porque quiero compartir casa y cama contigo.
Porque quiero ser tu estufa en tus noches de invierno.
Porque sin ti, muero.
Porque te he jurado un para siempre y así será.
Te amo por ser tú y por hacerme ser yo.
Te amo por que juntos somos "nosotros".
Y porque este nosotros es indestructible.
Voy a amarte siempre. Porque te amo.
http://www.youtube.com/watch?v=v5hTFXe9_6c
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