Pelo negro, amargo como el café. Caderitas pequeñas, de las que mis manos pueden cubrirla entera. Labios rojos, del mejor rojo que jamás he conocido. Y romántica.
Sabe ver la poesía en los trozos de tierra que caen de las macetas, sabe pegarse a las raices y sabe ser flor en un desierto.
Clara, transparente, límpida, cristalina, mas que un muro de hormigón en pleno camino.
Y su piel, esa piel, que en antaño fue dura, amarga como hiel, pero que con el tiempo ha sabido sacarle el sabor a miel.
La quiero por que es libre, la amo por que sé que no puedo tenerla, que no puedo cubrirla con mis manos, que su carmín no manchará mi ropa, que jamás tendrá versos para mi, que nuestros pies no se enredarán bajo ningún manto de estrellas y que tampoco podré ver sus pétalos.
Pero que me gustaría poseerla alguna de las noches en las que se le ve el ombligo.