miércoles, 30 de enero de 2013

Reflexiones de ultratumba

En una esquina tu obtusa mirada se clavaba de nuevo en mi cuerpo arrugado, mientras los cristales quedaban esparcidos por el suelo. Tu cara quedaba impasible ante tantos ríos que desbordaban mis pestañas, las que ya, pegadas en mi piel, no volaban. Mi mente pensó en que todo era una gran mentira, que aquella tarde el cielo no tenia ese verde enmohecido que flotaba mientras cada minuto adelantaba a la oscuridad que le seguía.

La nausea que persiguió al resto de mis días fue un todo comparado con la minucia de arrojarse por una ventana, de dejar que mi cuerpo muerto se desvaneciera hacia un vacío relativo, que se escabullera de todo aquello que se interpusiera, mientras mis ojos a cámara lenta pudieran ver cada obstáculo para  esquivarlo.

Al fin y al cabo la nostalgia solo fue ese camino de escasos diez minutos que nos separaban. Más que el camino, esos interminables diez minutos, que pasaban insufriblemente despacio. Más que aquellos diez minutos, fue la desesperación por la que escasas veces yo emprendiera tal camino de diez minutos para verte. Fue el espacio que se interpuso entre nosotros. Queríamos matar ese espacio que se interponía. Ya puestos mataríamos también al tiempo, que nos dejaba en mitad de aquellos sueños, de aquella esponjosa nube. Ambos murieron solos. Y nosotros con ellos.

Y aquellas tardes que desvanecían nuestras mentes, desgranaban nuestra razón y torturaban el ansia y la paciencia, de repente fueron polvo liviano que atosigó mis pulmones, que cargados quedaban del humo angustioso que últimamente respirábamos.

Reciclamos aquellos funestos corazones con la soledad que no pedían. No dudamos en que debíamos tomar aquel antídoto, sin saber que era peor que la adicción mutua que nos dejaba pegados cada uno de los días; esos días en los que nuestros ojos luminosos nos conducían por el camino recto, donde esas tardes nos leíamos los cuentos del perdón, donde tras cada una de ellas, nos pasaban los años y no quería buscar otra voz, sino tu voz, no otros pies, si no tus pies.

Si te tuviera aquí en estos días, no escribiría nada de esto, me quedaría tumbado mirando a aquel techo que me hipnotiza.

Pero yo quiero ese canto para vivir, darte tus riendas, escribir nuestra historia perdida y cambiar nuestro  fracasado estado de transición. Ahora es demasiado tarde.

Ahora, ante la tabla de color caoba y llena de mugre , ante el final de una vida repleta de disgustos, me gustaría reinventarme, reencarnar el tiempo perdido de todos los años que pasé lamentándome, aquellos agostos angustiosos, aquellas tardes sin sentido. Y ahora me doy cuenta lo realmente tarde que es, del frío que se siente en las calles, del gris que dejaron tus labios rojos con el carmín que untaba cada copa rota.

Pero poco a se van llenando mis oscuros días, aunque sea lamentándome de que no estés, buscándote por cada tasca. Si tu cabeza alguna vez pensó en mi, no pensó en contestarme a los mensajes, ni en mirar atrás en su camino. Me asesino mas cada noche mientras arde la ciudad. Tu buscas encajar tus horas. No me encuentres.

Una vez con el muro en la pared, nada importa. Todo queda resumido en una posición, la que ocupo en este reducido espacio, el que será mi barco hacia la nueva vida que no volveré a desaprovechar. Lo prometo.


jueves, 24 de enero de 2013

Epístola a los Corintios

En nuestra historia de dos siempre pensé que fui aquél hombre elegante vestido de negro sentado, tomando un whisky solo con hielo en aquel piano-bar, mientras pasaba desapercibido del resto de la gente. Observaba desde muy lejos, según mi parecer, el fuego con el que tú hacías malabares. Una cuestión de perspectivas me hizo fallar en mi disparo. Y me quemaste. Pensé que fui aquél que ojeaba tus páginas de forma objetiva y te aconsejaba lo que, desde un punto de vista apartado, aún así cuando no te amaba. Lo pensé incluso tras aquel fatídico mes de angustias, tú ya me entiendes. Seguiría pensando que yo era el agua templada y mansa que algún día me hiciste ver que necesitabas. Fallé, me volví a quemar.
¿Por que entonces ahora la extraña sensación de que soy el mueble molesto, aquella piedra en el camino que te impidió ver tu verdadera felicidad lejos de mí, lejos de todo? Tus dedos jamás piensan en mi, en mis palabras, en mi nombre. Si lo hicieran no serias una luciérnaga intermitente que intentas saber de mi a espasmos. Todos las personas, todos los recuerdos quedan en su sitio, menos yo. Sigo sin entender qué fue de aquella fe ciega que nos hacía mover montañas, que nos prometía un mañana mucho mas interesante que un hoy. Y la prisa por arrugarnos, por quedar reducidos a unas paredes decoradas con los rastrojos que hubiéramos coleccionado durante aquella vida.
Si me preguntase algo certeramente sería que: ¿Por que lo mataste antes de conocerlo? ¿Por qué mataste a ese ser que nacía en tus entrañas, que se alimentaba y jugueteaba contigo? ¿Por qué dejaste que tu cuerpo hablara? ¿Por qué mi mente te olvida y mi boca no se acostumbra? ¿Por que mi subconsciente te hace rebotar contra la pared?
¿Fue acaso una novela de algún macabro escritor en la que me deja sin título y sin final? ¿Son suyas las baladas que me mecen las noches que lloro, que mi alma, a rabiar, necesita esos empujes, esas carcajadas, esas estupideces que le hacían sentirse querido? ¿Son estos pensamientos suyos? ¿estoy preso en la mente de algún anómalo desgraciado? Siendo así, todo tendría sentido. Si no lo fuera, me estaría volviendo loco.
Sé que leerás esto alguna vez y pensaras que es para ti. Lo es. Gracias por aquella desgracia tan agraciada que me hiciste vivir, por ese infierno decorado con horteras flores celestiales, por aquel paraíso de mugrientos atardeceres. Tómate esto como tu epitafio, como la epístola que nunca recibiste, ni recibirás. Por los siglos de los siglos...

Bonnie and Clyde

Y al final del túnel, cuando todo era salir y aguantar el fogonazo del sol que se inyectaba en sus ojos, tuvieron que parar en seco ¿Por qué lo hicieron? Una pareja ideal, salvadores de un país que cada día se mancilla. Fueron héroes. Evitaron la invasión de una putrefacta sucesión de tiranos, aunque fuera revelando aquellos secretos, aunque fuera desnudándose cada noche y amándose en cada minúsculo detalle. Fueron medio dos. La inyección letal fue la solución. Si alguna vez muero, quiero que sea así, con ella, con ese segundo mágico que nos dejara mirarnos a los ojos, jurándonos un después de esta vida. Todo es cuestión de perspectivas. ¿Es el circulo impregnado con tinta en un papel un circulo? ¿O es un circulo ovalado mirado desde el pie de pagina? Y si un día nuestro antídoto es peor que la adicción... Entonces seras una espía secreta.

martes, 22 de enero de 2013

Quilmes (Cerveza Argentina)

Me fijé en ti, en tu cara de infelicidad, en tu rostro de querer la novedad que tu vitalismo ahogado no podía darte. Empezaste a escupir seda, a buscar dentro de ti una felicidad diferente, sin el miedo a los nombres, sin terror ante las preguntas que quedaban en tu inopia.
Vi como crecías, como tu sonrisa quedaba en la vitrina de tu cara. Te transformaste, nos dejaste un estúpido sabor de boca, una risa tonta.
Concretamente a mi me diste una buena sensación (a pesar de malos entendidos) en la que me di cuenta de que evolucionabas como persona, que eras crítica contigo misma.
Agrío te fue aquel paso, aquel peldaño del que subiste.

Ahora debo decirte que, tras conocer todas tus naranjas partidas, eres única. Única por ser esa persona con una estabilidad tambaleante, ese humor extraño del que a veces quedo prendado. Sabes que por mucha ideología restrictiva que yo predique eres demasiado especial como para que algo que no vea me haga perderte a ti, que puedo verte. Que jamás quiero que mires cerrando aquellos labios que siempre nos sonríen. Que nunca hundas tus ojos luminosos por cotidianos baches, de los que siempre puedes contar conmigo, por que desde hace tiempo (cuando se rompía mi cachimba) vi algo en ti que me hizo saber que eras eso, una gran amiga a la que, cuidando, serías eterna. Un beso.

lunes, 21 de enero de 2013

Y en recuerdos te vivo.

De saber que tus hombros serían aquella cama improvisada
después de tantos años de circunvalación estúpida,
me habría quedado colgado en aquellas lunas
que nos mecían en un mar de noches.

Si hubiera sabido que morderíamos la tapicería
en cada rincón de pasión que tus escapadas nos permitieran,
me habría perdido en una isla desierta
con la espuma de aquellos vasos de cerveza, esperando tu visita.

Habiendo presentido que tus manos se iban a cobijar en el cuartito cálido
que ahora ocupas en mi corazón,
hubiera quedado en aquella playa tirado, tirando piedras a las estrellas,
para que fugasen y verlas en tus ojos reflejar.

De haber sabido que me prestabas tus labios cada noche
en la que solo búhos supieran de nuestros ruidosos corazones,
me habría quedado a vivir en cada una de tus pestañas,
esperando ser el deseo que algún día pidieras.

viernes, 18 de enero de 2013

La casa de mi amigo

Hace unos meses cené en casa de un amigo. Ya no era mi amigo, sino otro. Ya no vestían los mismos cuadros aquella casa en la que tanto habíamos vivido mi amigo y yo. Al entrar, en la puerta, mi amigo me saludó, vino a mi mente, oí su voz. Mi amigo me dijo que ya no estaba entre nosotros, entonces deje de oírle. Fue extraño como aquellos sofás, desiertos de cojines lanzaderos quedaban dubitativos en mitad de un salón amorfo y reducido. Las noches de tertulia, de compartir gustos, opiniones, o de disfrutar de películas ya no eran noches para eso. Mi amigo me volvió a decir que la comida no era de esa comida que antes preparábamos con tanto esmero. Ahora era un revoltijo de cartón que masticábamos sin saborear. Que las carcajadas solo salían por educación, no por cercanía o comentarios chistosos. Fue desagradable ver mancillar aquel ritual de viernes noche al que tantas veces habíamos sido invitados, y que seguramente nunca hubiéramos saboreado tan bien como aquel día de cambios a quebranto. Temas banales poblaron nuestra mesa mientras engullíamos aquél cartón frío. Nadie se quejaba, todo parecía estar en una nube, en un lugar por encima de lo real, deseando que aquellos tabiques se derritiesen, dando paso a aquellas fotos atadas con cordones de zapatos, aquellas imágenes santurronas o aquel DVD de escaso tamaño. Todos deseábamos que los juegos tras aquella velada fueran infringidos por mi amigo, pues sus triquiñuelas y trucos de poca monta eran legendarios. Quedamos sorprendidos con la rapidez de una cena que quedaba caliente en nuestra boca, pero fría en nuestro corazón. Quedamos descolocados tras aquella noche tan rara, con esa sensación de vacío, como con cierta falsa simpatía.

Me di cuenta que esa casa seguía siendo una casa, pero no era la casa de mi amigo. También que aquel que vivía en esa casa era un amigo, pero no era mi amigo. No era amigo. Mi amigo ya no vivía en esa casa.

miércoles, 16 de enero de 2013

¿Y lo llamabas al amor?

PRIMERA PARTE

Pero que imbécil eres.


Voy a contarte tu historia. Un día de tu triste vida de albañil desdichado encontraste un precioso objeto. Era bonito, precioso a la vista. Como una cajita de música. Tu decidiste echarlo a la maleta donde tenias los demás utensilios que creías valiosos, aquella bolsita donde nadie metería la mano. Esa cajita de música, aterciopelada, de un rojo intenso, con unas delicadas terminaciones, comenzó a marchitarse. Pero tu, despistado en tu ocupada vida de poner ladrillos y espesar cemento no la oíste. ¿Para que ibas a poner oído en algo que era tuyo, que atabas con el resto de cosas? Tu seguías construyendo felizmente aquella pared que te llenaba el buche, sin darte cuenta que aquello que te llenaba el alma, que te llenaba el corazón, que te llenaba tu vida, que cubría tus heridas, se desvanecía.

Pasó rápido el tiempo para ti. Cuatro lentos años para aquella cajita que florecía, que flotaba, que metamorfoseó en una roja rosa. Sus raíces no quedaron quietas, anduvieron, anduvieron tan lejos que la pared que felizmente construías en el trabajo te impedía verla. Alzaste la mirada. viste un fugaz rayo rojo a lo lejos de una colina. Te dio igual. Pronto, cuando fuiste a mirar aquella mochila de objetos viste que solo faltaba aquella cajita roja de la que un día tus sentidos quedaron prendados. Dos cuerpos se pueden conocer en una noche, pero dos almas... Dos almas ni en una vida. Eso no se si lo pudiste entender, pero tu mente simiesca enfureció. Recordaste el fulgor colorado que dejo aquella rosa tras el muro que te tapaba todo. Fuiste tras él. Cuando encontraste aquel vergel colorido en el que la rosa roja yacía relajada y sonriente quedaste confuso. ¿Ahora eres feliz? ¿No lo eras antes? Ella te negó.

Entonces comprendiste por qué debías haber escuchado aquellos gritos de una caja de música vieja y ajada por el tiempo, que sin duda ahora anhelabas. Los anhelabas tú. Tu alma era aquella gran desconocida que ahora se sentía herida. Ahora ella te mira con mala cara y te lanza espinas. Por eso gritabas a los cuatro vientos. Es por eso por lo que sangras. Por eso rabiabas. Por eso tantas y tantas cosas que ahora te explicas.


SEGUNDA PARTE

Es posible que por ciertos influjos del destino yo conociera a esa persona en unas circunstancias y coincidencias oportunas para saber que era una alma totalmente libre, anarquista corazón que derrumbaba los bares a su paso. El paso del tiempo me hizo ver lo buena gente que pudo ser. Pero fue una situación compleja, intima y con la ayuda de dos cervezas aderezadas las que me hicieron ver mas allá de lo que era como una amiga. Rodaron tanto besos como abrazos, como mágicos hechizos que volaron nuestras mentes a un lugar inexistente. Vi sus labios rojos, su mirada delicada y su alma totalmente ensangrentada. Parecía una flor. Pasaron los días y mis ojos no querían separarse de aquella flor espinada, que solo caricias requería. Jamás encontré una rosa en la que abrazarme y no clavarme sus espinas. Desde ese momento te llamé Rosenrot. MI ROJA ROSA.











lunes, 14 de enero de 2013

Recuerdas, amigo mío...

Recuerdas, amigo mío:

Aquellas tardes que "sin encambio" no eran tardes, donde un sol se fundía en aquella playa al compás de tu admira. Recuerdas cuando aquellas noches interminables de un trabajo agotador nos dejaban fulminados entre los sofás de mi casa o cuando me decías: "Yo nado, pero meogo"...
Quedan en tu memoria aquellos cortos films que tanto nos quebraban la cabeza, la misma cabeza que luego nos abríamos hasta altas horas de la noche divagando de filosofía, conocimiento y alguna tontería teológica. No se irán jamas de mi mente aquellos solos tan largos, aquellos pepes tan pequeños, aquellas clases tan interminablemente eternas. Cuando mi mente ociosa te decía que cogieras una por una a aquellas muchachas eroticamente atrayentes con fines nada morales. "¿Para que serán las mujeres?" Te pregunté. Obtuve respuesta. Volarán de tu masa gris aquellas risas extrañas, aquellas noches de fiesta donde amanecía, aquellos rastrojos de pasión que visitaron nuestros hondos cuellos tantas veces... Nuestros atardeceres de consejos, aquellos cigarros mojados bajo un toldo hermético, los días de viento, cuando rabiabas diciendo que dicho viento alborotaba tus cabellos. No caerán de la memoria aquellos ensayos teatrales en los que, con mucha gallardía, narrabas los cometidos de los reyes entre sabanas.

Olvidarás algunos de los nombres que conociste, las personas que amaste o los momentos en los que feliz te sentiste. Solo hasta el día en que llegue y te diga: ¿Recuerdas? Amigo mío.

sábado, 12 de enero de 2013

No sé

No sé aún si será mentira o verdad.
No sé si soy mente, cuerpo o cabeza.
No sé por que contigo tuve que tropezar.
No se si serás verdad relativa o certeza.

No sé si eres la dueña del averno.
No sé si eres viento, mar o hielo.
No se si eres mi paraiso de infierno,
O si serás un pedacito de cielo.

No se si vistes otras pieles
No se si tu cuerpo muda
No se si en realidad me quieres,
O si es solo tu alma que se desnuda.

No se si eres rosa con espinas.
No se si podre sacar de ti la pulpa.
No se si tendré que buscarte por las esquinas.
No se si te perderé y si...

¿Será mi culpa?

viernes, 11 de enero de 2013

El frío de la noche que no estuve

Esta noche siento frío. Obnubilados quedan mis sentidos tras una persecución estúpida de mis razones, dejándome ausente. Llegar al final del camino y encontrar vacío, vacío y mucho frío. Encontrarte nada.
No quisiera pensar que todo tiempo de vuelos idealizados con varitas de cuento fue como aquel tiempo que tiré a otro vacío. Absorta mi mente piensa en qué cojones pasa. Todo fue viento en popa y estrellaste este viejo barco reparado una y mil veces. Partiste con desgana cada tabla, cada palo, cada astilla. Mañana pasearas por el muelle y dudo que lo eches en falta, pero habrá un bote auxiliar para que veas atardeceres en el mar menor. Cabía esperar algo así de algún pirata, que anteriormente hubiera revendido mi barco en mis propias narices, sin yo poder hacer nada.
Cierras las puertas de mi paciencia con la nulidad de tu persona. Irascible me hallo en el mar común de los sueños que nos disipan.
Dejemos las geniales estúpidas ideas apartadas en culos ajenos. Creo que mi amigo Copleston tiene razón. Iré a ver con que tontería me sorprende esta noche.

miércoles, 9 de enero de 2013

Diez palabras

Tus cabellos fueron movidos por él,
Ráfaga de aire frío e implacable.
Miraste a la orilla de los barcos de papel.
Con tu silencio, llegó y se nos hizo tarde.

El grito sordo habitó tus oídos,
Tocó tus manos, encogiste el alma
Con la sensibilidad de un beso.
Se ausentó de ti, te dejó calma.

Pronto el frío fue quemando como fuego.
Pronto tus labios convirtieronse rojos.
Pronto tu sensata cordura fue agresiva locura.

Tarde volviste a ti, en sí, a tu ego.
Tarde fuiste pura, no te quitaste los despojos.
Tarde, para tu corazón, llegó la cura.

domingo, 6 de enero de 2013

¿En qué puedo creer cuando no creo en nada?

Absorto te quedas ante esta pregunta. Tu cerebro comienza a moverse de nuevo pero a niveles milimétricos, comienza a reestructurarse, llenando aquellos huecos vacíos con las experiencias vividas, personas conocidas y aquello que nos atrae mas pasión que virtud. En ese hueco pude localizarte, en ese hueco metida, imprescindible para que aquello marchara, que los engranajes cuadraran. Ese hueco rojo y activo. Te encontré en mi corazón. También te hallé en mis recuerdos de juventud, siendo felices, siendo locos, siendo criaturas a merced de noches toledanas, de las que nos agarrábamos a la luna, en la que los litros corrían, en las muchas noches que, si había suerte, amanecía. Te encontré en mis noches de soledad, te encontraré en mis noches de inspiración, te encuentro cada noche en mi puerta, esperando que ambos podamos ser dos medios huecos, dos medios cuerpos, dos medias almas. En una noche de penas, soledades, cerveza y whisky supimos vernos, arrastrar la piel que nos cubría, saber que no era necesario tiritar. Nunca quise hacer una argumentación de estas razones, pero prometí que de mis dedos saldrían palabras que acariciasen tus oídos con los tiempos vividos, con los que estamos viviendo, con los que viviremos. No se si quiero que en mi cabeza vuelen tus miles de pájaros, ni los miles de idiomas, que a pesar de ser violentos al oído, son bonitos al corazón. Lo que si sé es que cada noche esperaré un toque para salir, para romper tus labios con mis besos, para que dejes de estar sola... Por que soy fan de tus manías y de tus vicios, por que me gusta hablarte y que me escuches. Por una aventura de anónimos nombres, por tu sonrisa, por los mordiscos en los hombros, por tus prisas. Por eso te dedico mis tardes llenas de amistad, amor y risa.