lunes, 17 de diciembre de 2012
Hoy me acordé de ti
Hoy me acordé de mi vida. Me acorde de vivir. Me acordé de los sueños rotos y aquellos que espero vivirlos. Pero en especial, me acordé de ti. De tu mirada traviesa, de tus ojos tristes, de tus cejas arqueadas, de tus mejillas manchadas. Ya se que es tipico decir que lo que mas recuerda uno es la sonrisa, pero esta sonrisa es especial, es aquella que me decía que eramos felices, que hicieramos lo que hicieramos, estabamos cómodos. Hoy me acordé de tus ramalazos ariscos, tu falta de cercanía... Ahora mismo los tomaría como un gesto de cariño. Tus dedos abanicando mi mano velozmente. Hoy me acorde de ti y de tus canciones, de las canciones que me hiciste recordar, de las canciones que me hiciste tocar. No es un dia para decir cosas memorables aunque si tuviera que decir algo, solo diré que es un día en el que me acordé de ti
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Unos segundos para tu realidad
El mundo esta compuesto de buenos y malos valores... ¿Eso crees?
El valor mas extendido, mas comercial, mas intimo es el amor. Mi mente intenta descifrar que es el amor... ¿No será un conjunto de intereses? ¿No será que hemos mancillado el uso de los valores?
¿Cuando yo digo que tengo un amor eterno hacia una persona estoy intentando asegurarme un futuro sin que la soledad me acose? Creo que, por desgracia, el ser humano ya no tiene buena voluntad, que nos hemos infectado hasta la médula de un conjunto de intereses podridos, que se camuflan como valores de bondad, prudencia o incluso un protocolo. Todo es lo mismo. Todos estos valores buscan un fin totalmente material. ¿Que busca la bondad si no es agradar a los demás, lo que puede llevarnos a complacer por complacernos? ¿Que puede buscar la prudencia si no es limpiar nuestra imagen con un falso comportamiento siendo cuidadosos excesivamente con las cosas? ¿No es la prudencia la medida de demás valores, el más despreciable pues? ¿Y el protocolo? ¿Que será si no es una serie de normas que nos exigen ser de determinada manera para agradar al que tenemos delante?
Pienso que ya no quedan buenos valores, que si los hubiera serían totalmente finitos, lo que nos hace no creer en la fuerza de un amanecer, en el buen solecito que quema tus pantorrillas o en la brisa marina que te trae aquellos buenos recuerdos. Hemos hecho que el amor tenga fin, que podamos delimitarlo, que podamos definirlo. El gran problema de mancillar los "buenos valores" es que la poca esperanza que quedaba en encontrar buenas personas se ha perdido. Nos encontramos en un mundo, como decías, capitalista.
Si sigues pensando que no estamos en un mundo capitalista y en una sociedad del sexo plantéate la siguiente situación:
Te encuentras en un lugar desconocido, y tras hablar con unos cuantos extraños, una persona accede a llevarte a tu casa en su coche. ¿Que nos ha enseñado los medios de comunicación? ¿Como pensarás pagarle? En el caso mas fino le concederás al personaje una segunda cita. Según la temática de una película absurda, puedes acabar espatarrada en su coche mientras te "hace el amor". ¿Esa es la sensualidad que buscamos? ¿Que es la sexualidad? ¿No nos debemos a nosotros mismos un respeto?
Para mi desde que los champús causan orgasmos y los desodorantes te hacen un imán de chicas espero a que la sociedad empiece a ver con buenos ojos el follar abiertamente en la calle, total.
Hace unos años me dijo el padre de un amigo que quería una casa de campo. Yo le dije que mi abuelo tenía una en plena mancha. El me dijo que si yo se la vendería. Yo dije rotundamente que no, esa casa guardaba los recuerdos de mis abuelos, de muchas navidades, de momentos familiares inolvidables. El me dijo que me daría todo el dinero que yo pidiera (vacilando, supongo). Le dije que esa casa no la vendería nunca. Y me dijo a modo de reproche: "Todo tiene un precio". Yo callé.
¿Es eso verdad? Mis tripas se revolvían al pensar que cada cosa tenía un valor medido en dinero, que el cariño que sentías hacia algo podía igualarse a una suma de euros... No se si ese señor era idiota, pero me hizo ver que la sociedad en la que vivimos quedamos como objetos comunes.
No quiero tacharme de pesimista, pues hay personas a las que aprecio y en las que creo, en las que pongo la mano en el fuego por ellas, en las que se que puedo confiar, en las que se que esos valores son puros... que esos valores no son dañinos. Seguiré pensando que la poca magia inagotable reside en esas pequeñas personas, entre ellas tú. Desde la distancia, una respuesta para una amiga que puede cambiarte el día con su sonrisa.
PD: ¿Sigues pensando en buenos y malos valores?
El valor mas extendido, mas comercial, mas intimo es el amor. Mi mente intenta descifrar que es el amor... ¿No será un conjunto de intereses? ¿No será que hemos mancillado el uso de los valores?
¿Cuando yo digo que tengo un amor eterno hacia una persona estoy intentando asegurarme un futuro sin que la soledad me acose? Creo que, por desgracia, el ser humano ya no tiene buena voluntad, que nos hemos infectado hasta la médula de un conjunto de intereses podridos, que se camuflan como valores de bondad, prudencia o incluso un protocolo. Todo es lo mismo. Todos estos valores buscan un fin totalmente material. ¿Que busca la bondad si no es agradar a los demás, lo que puede llevarnos a complacer por complacernos? ¿Que puede buscar la prudencia si no es limpiar nuestra imagen con un falso comportamiento siendo cuidadosos excesivamente con las cosas? ¿No es la prudencia la medida de demás valores, el más despreciable pues? ¿Y el protocolo? ¿Que será si no es una serie de normas que nos exigen ser de determinada manera para agradar al que tenemos delante?
Pienso que ya no quedan buenos valores, que si los hubiera serían totalmente finitos, lo que nos hace no creer en la fuerza de un amanecer, en el buen solecito que quema tus pantorrillas o en la brisa marina que te trae aquellos buenos recuerdos. Hemos hecho que el amor tenga fin, que podamos delimitarlo, que podamos definirlo. El gran problema de mancillar los "buenos valores" es que la poca esperanza que quedaba en encontrar buenas personas se ha perdido. Nos encontramos en un mundo, como decías, capitalista.
Si sigues pensando que no estamos en un mundo capitalista y en una sociedad del sexo plantéate la siguiente situación:
Te encuentras en un lugar desconocido, y tras hablar con unos cuantos extraños, una persona accede a llevarte a tu casa en su coche. ¿Que nos ha enseñado los medios de comunicación? ¿Como pensarás pagarle? En el caso mas fino le concederás al personaje una segunda cita. Según la temática de una película absurda, puedes acabar espatarrada en su coche mientras te "hace el amor". ¿Esa es la sensualidad que buscamos? ¿Que es la sexualidad? ¿No nos debemos a nosotros mismos un respeto?
Para mi desde que los champús causan orgasmos y los desodorantes te hacen un imán de chicas espero a que la sociedad empiece a ver con buenos ojos el follar abiertamente en la calle, total.
Hace unos años me dijo el padre de un amigo que quería una casa de campo. Yo le dije que mi abuelo tenía una en plena mancha. El me dijo que si yo se la vendería. Yo dije rotundamente que no, esa casa guardaba los recuerdos de mis abuelos, de muchas navidades, de momentos familiares inolvidables. El me dijo que me daría todo el dinero que yo pidiera (vacilando, supongo). Le dije que esa casa no la vendería nunca. Y me dijo a modo de reproche: "Todo tiene un precio". Yo callé.
¿Es eso verdad? Mis tripas se revolvían al pensar que cada cosa tenía un valor medido en dinero, que el cariño que sentías hacia algo podía igualarse a una suma de euros... No se si ese señor era idiota, pero me hizo ver que la sociedad en la que vivimos quedamos como objetos comunes.
No quiero tacharme de pesimista, pues hay personas a las que aprecio y en las que creo, en las que pongo la mano en el fuego por ellas, en las que se que puedo confiar, en las que se que esos valores son puros... que esos valores no son dañinos. Seguiré pensando que la poca magia inagotable reside en esas pequeñas personas, entre ellas tú. Desde la distancia, una respuesta para una amiga que puede cambiarte el día con su sonrisa.
PD: ¿Sigues pensando en buenos y malos valores?
martes, 4 de diciembre de 2012
Reflexión sociológica de las modas.
Analizando a las personas que visualizan este programa podemos decir que algunos valores se han desgastado. Ya no se quejan con cualquier palabra malsonante, ahora dicen "Aimai" sin sentido ninguno. Ya no hacen el amor o practican sexo, sino que hacen "un pinchito", dan "Merengue merengue", dan "Marchuqui marchuqui", o preguntan abiertamente "¿Quies salami?". Las mujeres ya no quedan anonadadas, glamurosas o con aire placentero, sino que las dejan "Finas filipinas". Mucho menos se lamentaran llamando a sus amores por sus nombres pudiendo decir "Ay mi cuqui" cuales cabestros. Todos sueñan con ser el hombre ideal, un personaje forzudo, tosco y de cortas entendederas: "El capitán salami". Cuando se encuentran desolados, miran al cielo con la boca muy abierta y gritan "Ay máma" como si la vida les fuese en ello. Recrean personajes históricos con connotaciones sexuales como "Espartaco", lo que significará que son sabios sobre los placeres conyugales. Su proyecto de vida ha cambiado, pues no sueñan con una carrera, con un buen futuro, ni siquiera con un buen sueldo, todos quieren ser un "Vividor follador".
Señores, no digo que dicho programa televisivo sea nocivo, peligroso ni que no sea gracioso, al contrario, sino que debemos darnos cuenta de las cosas que creamos. Mientras tanto sigamos en la España de pandereta, en esa España que no ve mas de dos palmos de sus propias narices, pues nos quedaremos solos ante un país de incautos grandilocuentes con mentalidad de niño estúpido.
Señores, no digo que dicho programa televisivo sea nocivo, peligroso ni que no sea gracioso, al contrario, sino que debemos darnos cuenta de las cosas que creamos. Mientras tanto sigamos en la España de pandereta, en esa España que no ve mas de dos palmos de sus propias narices, pues nos quedaremos solos ante un país de incautos grandilocuentes con mentalidad de niño estúpido.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Tu desnudez
Tu desnudez, la caída de tus ropas, el sucio manjar de la cama traicionera.
Es un camino, que cuando llega a su fin, se despeña.
Es el rastrero sendero que deja tu aroma por el cuerpo que habitas, haciéndolo repugnante, haciéndote imperfecta.
Bonitas vistas con putrefactas secreciones, siempre idealizadas.
Tu cara, ante la risa, queda desfigurada. Ojos cristal, boquita de agua, estúpida engreída que contesta enfadada.
Cantas con la voz desfigurada, con la sonrisa mas triste y con ropas ajadas tu cuerpo desvistes.
Buscabas amor y encontraste manchas en la cama. Buscaste toledanas noches y colgados quedaron de tus pestañas.
Delicada ausencia de olor con fétidas frases estrelladas.
Mis agónicas arcadas comienzan cuando tienes frío. Siento el calor que necesitas, lo tiro al vacío.
Es un camino, que cuando llega a su fin, se despeña.
Es el rastrero sendero que deja tu aroma por el cuerpo que habitas, haciéndolo repugnante, haciéndote imperfecta.
Bonitas vistas con putrefactas secreciones, siempre idealizadas.
Tu cara, ante la risa, queda desfigurada. Ojos cristal, boquita de agua, estúpida engreída que contesta enfadada.
Cantas con la voz desfigurada, con la sonrisa mas triste y con ropas ajadas tu cuerpo desvistes.
Buscabas amor y encontraste manchas en la cama. Buscaste toledanas noches y colgados quedaron de tus pestañas.
Delicada ausencia de olor con fétidas frases estrelladas.
Mis agónicas arcadas comienzan cuando tienes frío. Siento el calor que necesitas, lo tiro al vacío.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Se me olvidan
Ya se me olvidan. Se me olvida las frases, los versos y las comas. También se me olvidan los pigmentos de las flores, las películas de Kubrick y las palabras gritadas. Las cortas miradas, los periódicos mojados de tinta de manzana y el té de vaca cayeron al olvido. Olvidé las palabras de las canciones que decían magia, olvidé ese leit motiv que las acompañaba y que decían solo tres letras. Olvido la inútil cultura que aprendí gracias al mundo que habité. Debería haber olvidado el olvidar, es como una honda destructiva que se lo come todo. Se destruyeron los pensamientos positivistas, los existencialistas, los ateos, los de fe, los ideales, el todo y la nada. Me olvidé de un montón de paisajes lunares, de los billetes de bus, de las marquesinas derretidas en una tarde de verano. Me olvidé de tres domingos. Me olvidé de las fugas, de los caminos, de las "sonrrisas", de las lagrimas. Me olvidé de los juegos y de las sorpresas. Me olvidé del caer y del levantarme. Acabé olvidando las tardes que parecían noches bajo mantos de piel de conejo. Quise olvidar el caballo, la capa, el manto y la espada. Cayeron al olvido ciudades y pueblos, parajes, paraísos. Descarté de mi memoria los mitos, los cuentos y los ritos. Lo que también olvidé fueron los moratones del calor, las uñas, los besos y los abrazos; estos desistieron antes del tiempo de tiranía del olvido.
Olvidé muchas mas cosas de las que digo que olvido. Ahora diré que me olvidaré de mi...
Olvidé muchas mas cosas de las que digo que olvido. Ahora diré que me olvidaré de mi...
lunes, 26 de noviembre de 2012
Reflexión abstracta del amor
No te pedí que me esperaras para siempre, ese siempre que dura hasta después de la caducidad de los contratos. Supongo que por eso mi culo inquieto decidió pensarte tarde. No te pedí millones de veces que el aire de mis pulmones se compusiera de aire y algo mas, de una esencia indescifrable, de una mezcla compuesta, de una configuración predeterminada. No creí haberte pedido que nuestros dedos arrugados se juntaran en la lectura de un mismo libro. Jamás te pedí que te tropezaras, y que tus propias heridas, sangrantes para mi también, te matasen. Jamas te pedí que adornaras tanto una cena, que pintases los platos con reflejos oscuros, las copas con efectos y sonidos tontos o que cambiases la mesa por una redonda, eso son cosas demasiado estúpidas que jamas pediría. Jamas te dije que esos labios rojos eran del mejor rojo que había conocido, que si no fuese por mis años en estas guerras y por alguna que otra amputación, me gustaría seguir viéndolos.
Pero jamás te lo pediré, por que yo no hablo de esas cosas.
Me pediste demasiadas veces que te amara, que fuera a por ti en posturas ecuestres, ridículas por cierto. Me pediste que un mar de amor me inundara y me ahogara en el seno de una profunda vida de dos. Me pediste que no recordara mas que los perfumes de piel, los mas caros de conservar. Me pediste que no mirara mas allá del horizonte, mas de lo que mis ojos podían mirar. Quedé ciego.
Por eso supongo que ahora tengo tantas y tantas extrañas manías, esas extrañas sensaciones, esas incomodas posturas.
Es por eso que ahora que la nada sopla en mí, cuando en mi interior solo hay eco, es solo por eso ahora que te hago caso.
¿Se escaparon mas "te quieros" de los necesarios?
Creo que alguien los encerró en la cajita que se esconde en la mitad de nuestras camas, lugar inexistente.
¿Fueron nuestros cuerpos algo mas que estufas?
Florecieron demasiadas cosas.
¿Y qué dices ahora de los billetes?
Los tiré todos. Ya no seré ese iluso viajante, ciego de algo dulce.
¿Me sentí alma enamorada o atormentada?
¡Qué cojones importa eso ahora! De verdad que pareces estúpido. Importa mas el ahora, supongo.
Sr. Chess me comentó que el amor iba mas allá de lo sensible, de lo que nuestros prejuicios opinen. También me dedicó divagaciones gratuitas sobre aquellas sabanas que se compartían mientras un ciego corazón deseaba la muerte. Que dejes algo tirado en la cuneta no hará que tu cabeza o que tu corazón dejen de rondar por sus recuerdos. Que los años vividos, las experiencias, los ratos solos o los gustos similares no caían en cajones rotos.Luego se disolvió en vodka.
Ver en el retrovisor de la vida a la gente que saluda. Ver sus caras felices. Ver sus estúpidas sonrisas, sabiendo lo inocentes que eran, que el pasado siempre tuvo una tontería encima que no puede con ella. Los tontos con mala leche es la cosa que mas odio en este mundo. El pasado es uno de ellos. Ese ser abominable que te hace ver lo jodidamente tonto y feliz que fuiste, te recuerda que ya no lo seras por que sabes lo que sabes, que ahora viéndote atrás tragarás amargura y que su amigo, el tiempo, te hace imposible la alteración de los elementos naturales para que, por un error, puedas arreglar los tuyos.
El pasado es el tipo mas desgraciado que conozco: sus manías y vicios son estúpidos.
Como él, yo también perteneceré a un pasado. A una lluvia de gotas, de un río que se irá apaciguando hasta llegar a su mar, mi muerte.
Pero jamás te lo pediré, por que yo no hablo de esas cosas.
Me pediste demasiadas veces que te amara, que fuera a por ti en posturas ecuestres, ridículas por cierto. Me pediste que un mar de amor me inundara y me ahogara en el seno de una profunda vida de dos. Me pediste que no recordara mas que los perfumes de piel, los mas caros de conservar. Me pediste que no mirara mas allá del horizonte, mas de lo que mis ojos podían mirar. Quedé ciego.
Por eso supongo que ahora tengo tantas y tantas extrañas manías, esas extrañas sensaciones, esas incomodas posturas.
Es por eso que ahora que la nada sopla en mí, cuando en mi interior solo hay eco, es solo por eso ahora que te hago caso.
¿Se escaparon mas "te quieros" de los necesarios?
Creo que alguien los encerró en la cajita que se esconde en la mitad de nuestras camas, lugar inexistente.
¿Fueron nuestros cuerpos algo mas que estufas?
Florecieron demasiadas cosas.
¿Y qué dices ahora de los billetes?
Los tiré todos. Ya no seré ese iluso viajante, ciego de algo dulce.
¿Me sentí alma enamorada o atormentada?
¡Qué cojones importa eso ahora! De verdad que pareces estúpido. Importa mas el ahora, supongo.
Sr. Chess me comentó que el amor iba mas allá de lo sensible, de lo que nuestros prejuicios opinen. También me dedicó divagaciones gratuitas sobre aquellas sabanas que se compartían mientras un ciego corazón deseaba la muerte. Que dejes algo tirado en la cuneta no hará que tu cabeza o que tu corazón dejen de rondar por sus recuerdos. Que los años vividos, las experiencias, los ratos solos o los gustos similares no caían en cajones rotos.Luego se disolvió en vodka.
Ver en el retrovisor de la vida a la gente que saluda. Ver sus caras felices. Ver sus estúpidas sonrisas, sabiendo lo inocentes que eran, que el pasado siempre tuvo una tontería encima que no puede con ella. Los tontos con mala leche es la cosa que mas odio en este mundo. El pasado es uno de ellos. Ese ser abominable que te hace ver lo jodidamente tonto y feliz que fuiste, te recuerda que ya no lo seras por que sabes lo que sabes, que ahora viéndote atrás tragarás amargura y que su amigo, el tiempo, te hace imposible la alteración de los elementos naturales para que, por un error, puedas arreglar los tuyos.
El pasado es el tipo mas desgraciado que conozco: sus manías y vicios son estúpidos.
Como él, yo también perteneceré a un pasado. A una lluvia de gotas, de un río que se irá apaciguando hasta llegar a su mar, mi muerte.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Personas que "marcan"
Es difícil resumir toda una vida. Hay tantos aspectos, tantas vivencias, tantos paréntesis y tantas comas...
Lo que me llama realmente la atención y merece al menos una pequeña mención son las personas que nos "marcan". Hay dos tipos de marcas: las "marcas" son aquellos gestos o situaciones que hacen que tengamos un juicio positivo de aquella persona. Por ello decimos que "las personas nos marcan". El otro tipo de marcas son las que te deja la mujer-gato cuando te araña. Alguien lo entenderá.
Tenía que hablar de la felicidad que nos estimula que un grupo de seres, aunque sea reducido, nos marque nuestro pequeño corazón de forma especial.
El hecho de que yo escriba hoy sobre el pequeño hueco que ocupan las grandes personas en nuestra vida tiene un por qué, pero no lo diré, cada uno que haga sus cabalas, aunque aquella persona si lo sabrá.
Esa persona de la que en particular hablo no ha compartido conmigo mucho tiempo vital, pero ha sido aquella de las pocas que ha sabido entenderme, escucharme y guardarme los secretos. Es como uno de esos seres dulces y mágicos que aparecen así por que sí. No puedo decir que sea mi mejor amiga (cosa que tampoco tengo), pero si es ese tipo de amiga a la que acudes cuando se te rompe una cámara digital, tienes problemas con tus padres o no sabes que hacer en determinada cita. A pesar de la distancia espero que ella también recuerde muchas de las tardes que hablábamos y dejábamos escapar lo que pensábamos sin ningún temor a que el otro se asustara. En aquel momento fuimos nosotros mismos, sin conservantes ni colorantes. Siempre pensé de ella que era una dulce y alocada chica, un caramelo dulce relleno de ácido, pues una vez abierta podrías encontrar dentro de ella miles de cosas. Ella me explicaba todo aquello que sentía, lo que pasaba por su alocada cabeza y lo que su descentrado cuerpo hacía. Siempre me gustó su naturalidad. A veces debía forzarla a ser ella misma, a rasgarse las vestiduras, a explotar esa dulce capa de la que estaba atrapada. Fue una chica especial. Ella sabe que intenté estar para ella todo lo que pude y que entendí, en su contexto, todo lo que ella me explicaba. Ahora estudia lejos de aquí y yo, con todo mi corazón le deseo a la mayor suerte para que aquella linda niña que conocí sea la mas bella princesa.
Lo que me llama realmente la atención y merece al menos una pequeña mención son las personas que nos "marcan". Hay dos tipos de marcas: las "marcas" son aquellos gestos o situaciones que hacen que tengamos un juicio positivo de aquella persona. Por ello decimos que "las personas nos marcan". El otro tipo de marcas son las que te deja la mujer-gato cuando te araña. Alguien lo entenderá.
Tenía que hablar de la felicidad que nos estimula que un grupo de seres, aunque sea reducido, nos marque nuestro pequeño corazón de forma especial.
El hecho de que yo escriba hoy sobre el pequeño hueco que ocupan las grandes personas en nuestra vida tiene un por qué, pero no lo diré, cada uno que haga sus cabalas, aunque aquella persona si lo sabrá.
Esa persona de la que en particular hablo no ha compartido conmigo mucho tiempo vital, pero ha sido aquella de las pocas que ha sabido entenderme, escucharme y guardarme los secretos. Es como uno de esos seres dulces y mágicos que aparecen así por que sí. No puedo decir que sea mi mejor amiga (cosa que tampoco tengo), pero si es ese tipo de amiga a la que acudes cuando se te rompe una cámara digital, tienes problemas con tus padres o no sabes que hacer en determinada cita. A pesar de la distancia espero que ella también recuerde muchas de las tardes que hablábamos y dejábamos escapar lo que pensábamos sin ningún temor a que el otro se asustara. En aquel momento fuimos nosotros mismos, sin conservantes ni colorantes. Siempre pensé de ella que era una dulce y alocada chica, un caramelo dulce relleno de ácido, pues una vez abierta podrías encontrar dentro de ella miles de cosas. Ella me explicaba todo aquello que sentía, lo que pasaba por su alocada cabeza y lo que su descentrado cuerpo hacía. Siempre me gustó su naturalidad. A veces debía forzarla a ser ella misma, a rasgarse las vestiduras, a explotar esa dulce capa de la que estaba atrapada. Fue una chica especial. Ella sabe que intenté estar para ella todo lo que pude y que entendí, en su contexto, todo lo que ella me explicaba. Ahora estudia lejos de aquí y yo, con todo mi corazón le deseo a la mayor suerte para que aquella linda niña que conocí sea la mas bella princesa.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Despedida de un muerto poeta
Y antes...
Juramos a los mil inviernos,
Sin olvidarnos de primaveras.
Juramos no volver a escondernos,
Juré no separarme de tus piernas.
Creí ser el agua que cubría tus parpados
de aquellas noches infinitas de luna llena.
Creía ser mancha que cubría tus mejillas
y solo fui hueco, que llamabas harapos.
Manchas canelitas que fueron cayena,
Universo eterno sin tus estrellas.
Y ahora...
Vacío y barro es mi cuerpo,
allá donde ahondan mis penas.
No hay ropas con su olor,
pero tampoco quedan poemas.
martes, 23 de octubre de 2012
Mi pequeña lenteja pardina
Hoy voy a hablaros de mi pequeña lenteja pardina. Es un ser diminuto, una idea en mi mente perdida, la niña sórdida que cautiva mi mente. Es un ser muy extraño y apreciable del cual ya tenía ganas de hablar antes. No diré jamás que es lo mejor que me ha pasado en mi vida, pues también es un ente cambiante que a veces juega con la paciencia y con el paso del tiempo. Como todas las pequeñas lentejas pardinas es muy dura, pero a veces por ciertos procesos de calentamiento y aproximación puedes ver que dentro de ella existe un lugar de paz espiritual y sensibilidad que jamas había podido contemplar. Adereza su presencia con ciertos comportamientos adorables o irritantes dependiendo del estado de animo. En sus pequeñas caderas reside el dulce encanto de una niña princesa que, sin saberlo, busca a su amado príncipe. Siempre le salieron garbanzo...
Es un ser encantador, al que me animé a conocer hace ya unos años y al que tarde mas de un año en concertar una cita para saber de su voz, de su presencia, de su olor o de su risa. Puedes quedar aducido si alguna vez intentas fijarte sus ojos. Tengo la teoría de que esconden algo. Su negro cabello siempre huele bien, si no no lo mordería. Su ombligo forma espirales magnéticas por las que se forma su precioso torso tostado. Sus pies son habitados por lujuriosos ornamentos metálicos. Necesitan ser protegidos, pero no tocados. Los lugares ideales para ello son los gemelos o las espaldas, ambas totalmente ajenas a ella misma.
Cuando mi alma totalmente pasional y embriagada de su aroma consigue hablarme de ella lo hace con una extrema sensualidad que acaricia cada centímetro de piel y me hace ser uno. A veces sus gestos me cuenta que se siente un gato atrapado, que sube por los tejados, que su amanecer habita en la noche, que si se aburre admira las estrellas desde el balcón o en el coche, hasta llegar la mañana. No se alimenta de promesas e ilusiones. Nunca llueve agua para ella si no es del cielo. A pesar de que el tiempo ande revuelto jamás contemplé precipitaciones en su rostro. A veces, en limitadas ocasiones dan ganas de quedarse tan cerca de ella que corrompería su cuerpo, uniéndonos en un mismo ser. En ese momento su capa dura e inmutable vuelve hacia su mente, haciendo que todo pensamiento de ser "unos" quede como imposible.
Ella fuma. Noto los dedos acariciando el filtro y convirtiendo el tabaco intacto en un producto ennegrecido por causa del fuego. Siento que a veces me gustaría ser esa ceniza que maneja entre sus escuetas falanges.
Pienso que me gustaría hacerla feliz, pero no creo que sea posible, puesto que mis torpes movimientos a veces hacen que la dureza sea extrema, pareciendo piedra.
Alguien pensará que esto es un intento por romper esa dura capa. Nada mas lejos de la realidad. Es un arduo intento por describir esa abstracta sensación que me produce, para dejar constancia de que ella es algo bonito y no algo sexual. Ella podrá pensar "X" pero a lo mejor yo fui "Y".
Alguien me dijo una vez: "Debemos colaborar todos, por que ella es especial"
En ese momento me di cuenta de las grandes palabras que aquella persona me había dejado caer. "Ella es especial" resonaba en mi cabeza repetidas veces. La frase alimentaba mis oídos, caía lenta como una gota de agua que resonaba en el fondo de una azulada caverna acuática. Mi meta con algunas de estas palabras es delimitar, o al menos hallar esta característica que la hace ser única en el mundo, en mi vida, en mi mente.
Ella no lo sabe, pero si algún día consiguiera dejar caer mis manos sin que su mente percate que debe apartarlas, será cuando realmente haya conseguido que mi pequeña lenteja pardina traspase esa pequeña capa de dureza, abriéndola para siempre y siendo el alma libre de una niña feliz, la idea sin prejuicios, un amor eterno en una vida finita...
Si alguna vez tuve una conexión con este pequeño mundo, con esta gran idea, fue tras uno de sus enormes abrazos en los que mis fosas nasales paladeaban su esencia trascendental, su síntesis corporal, el alma desnuda de una inocente criatura... Los anhelo.
Es un ser encantador, al que me animé a conocer hace ya unos años y al que tarde mas de un año en concertar una cita para saber de su voz, de su presencia, de su olor o de su risa. Puedes quedar aducido si alguna vez intentas fijarte sus ojos. Tengo la teoría de que esconden algo. Su negro cabello siempre huele bien, si no no lo mordería. Su ombligo forma espirales magnéticas por las que se forma su precioso torso tostado. Sus pies son habitados por lujuriosos ornamentos metálicos. Necesitan ser protegidos, pero no tocados. Los lugares ideales para ello son los gemelos o las espaldas, ambas totalmente ajenas a ella misma.
Cuando mi alma totalmente pasional y embriagada de su aroma consigue hablarme de ella lo hace con una extrema sensualidad que acaricia cada centímetro de piel y me hace ser uno. A veces sus gestos me cuenta que se siente un gato atrapado, que sube por los tejados, que su amanecer habita en la noche, que si se aburre admira las estrellas desde el balcón o en el coche, hasta llegar la mañana. No se alimenta de promesas e ilusiones. Nunca llueve agua para ella si no es del cielo. A pesar de que el tiempo ande revuelto jamás contemplé precipitaciones en su rostro. A veces, en limitadas ocasiones dan ganas de quedarse tan cerca de ella que corrompería su cuerpo, uniéndonos en un mismo ser. En ese momento su capa dura e inmutable vuelve hacia su mente, haciendo que todo pensamiento de ser "unos" quede como imposible.
Ella fuma. Noto los dedos acariciando el filtro y convirtiendo el tabaco intacto en un producto ennegrecido por causa del fuego. Siento que a veces me gustaría ser esa ceniza que maneja entre sus escuetas falanges.
Pienso que me gustaría hacerla feliz, pero no creo que sea posible, puesto que mis torpes movimientos a veces hacen que la dureza sea extrema, pareciendo piedra.
Alguien pensará que esto es un intento por romper esa dura capa. Nada mas lejos de la realidad. Es un arduo intento por describir esa abstracta sensación que me produce, para dejar constancia de que ella es algo bonito y no algo sexual. Ella podrá pensar "X" pero a lo mejor yo fui "Y".
Alguien me dijo una vez: "Debemos colaborar todos, por que ella es especial"
En ese momento me di cuenta de las grandes palabras que aquella persona me había dejado caer. "Ella es especial" resonaba en mi cabeza repetidas veces. La frase alimentaba mis oídos, caía lenta como una gota de agua que resonaba en el fondo de una azulada caverna acuática. Mi meta con algunas de estas palabras es delimitar, o al menos hallar esta característica que la hace ser única en el mundo, en mi vida, en mi mente.
Ella no lo sabe, pero si algún día consiguiera dejar caer mis manos sin que su mente percate que debe apartarlas, será cuando realmente haya conseguido que mi pequeña lenteja pardina traspase esa pequeña capa de dureza, abriéndola para siempre y siendo el alma libre de una niña feliz, la idea sin prejuicios, un amor eterno en una vida finita...
Si alguna vez tuve una conexión con este pequeño mundo, con esta gran idea, fue tras uno de sus enormes abrazos en los que mis fosas nasales paladeaban su esencia trascendental, su síntesis corporal, el alma desnuda de una inocente criatura... Los anhelo.
martes, 2 de octubre de 2012
Delirios de una noche otoñal
Llegó el día y la fecha acordada. En coche llegamos por los caminos otoñales de algún pueblo de interior. No había ninguna casa. El follaje creaba una cómoda y bonita alfombra de tonos marrones que hacían del bosque un lugar acogedor. Pocos minutos después apareció nuestro destino como si de la nada saliera. Una casa sola y austera donde pasaríamos los próximos días.
Tras aparcar el vehículo próximo a la casa, empezó la tarea de adaptarla a nuestro estilo. En el maletero se hallaba una caja de plástico con una selección de vinos a poder deleitarnos cada noche con uno de ellos. Recuerdo haber tenido que ahorrar para comprarlos, pues esa sería mi gran sorpresa. Aún recuerdo la cara que se le quedó estampada al ver dicho conjunto de envases vidriados de aquel majar sacado de la vid. Dejó caer una sonrisa tímida, intentando ocultar su alegría por haber sabido que aquella ocasión requería concretamente eso. Vaciló unos pequeños segundos y siguió sacando cosas del maletero que harían falta para aquella noche. Sacos de dormir, manteles, cortinas y algunos utensilios para la cocina.
También traje oculto una pequeña bolsa de alimentos que usaría en aquella cena: paté, arándanos, uvas, cerezas, manzanas y queso de cabra. Al entrar a la casa un olor profundo a madera y a producto de limpieza me inundó las fosas nasales. El salón era la parte central de la casa. En cada lado habían dos puertas: habitaciones, aseo y cocina. En mitad del salón una mesa de madera oscura, pudiendo ser de un falso vengué o simplemente un tono oscuro cobrizo. Al fondo una chimenea construida en piedra vista de colores oscuros. Todo muy armónico. Cercanos a la chimenea, un sofá de aspecto aterciopelado y a simple vista muy mullido y dos sillones del mismo estilo. Todo sobre una alfombra grande de tonos marrones, como no podía ser de otra forma. Con ilusión y en menos tiempo del estimado la casa estuvo limpia y lista para la convivencia de aquellos días. El dueño de la casa nos había facilitado la tarea, pues en dicho precio hicimos que nos incluyera una buena compra de comida, una casa limpia y agua caliente, al menos para la ducha. Con aires de cansancio ella me dijo: Iré a darme una ducha. Y se fue. Yo mientras pensé en coger leña de la cabaña anexa a la casa y hacer un fuego, pues aquella noche sería fría. O eso creía yo. Pensé también que dada la hora no sería mala idea de empezar a preparar la cena. Esa noche usaría el horno para preparar aquella receta que tanto había pensado y medido. Cogí el solomillo de cerdo, cortesía de la casa, y en su interior lo llené cuidadosamente de paté y queso de cabra. Luego cerré dicho solomillo y lo até con hilo de cocinar, dejando el filete en forma de rollo. Realicé la misma operación tres veces mas, pues supuse que aquella noche estaría hambrienta tras el trabajo de la llegada. Entonces investigué como se encendía aquel horno viejo y obsoleto. Cuando aquel artefacto parecía que escupía fuego, entonces introduje en él los cuatro rollos de cerdo bien atados. Solo quedaba esperar. Mientras mi cabeza pensaba, el grifo de la ducha se cerraba y oía a lo lejos unos pequeños pasos que se movían descalzos por el suelo de madera. Entonces vino a mi mente: Arándanos. Rápidamente cogí la bolsa que previamente había utilizado y saqué los arándanos... Pero ¿Qué debía hacer con ellos? ¡YA LO TENGO! Cogí una olla mientras los arándanos se remojaban y le puse azúcar mientras se calentaba. Todo iba deprisa, pues odiaba que cuando yo hiciera una comida alguien la adivinara antes de que llegara la hora de comérsela. Eché dicha fruta en la olla y la mezclé cuidadosamente para no romper ninguno. Aquello empezaba a tomar color, un color marrón que pedía a gritos que fuera disuelto en agua. Añadí un vaso de agua a la receta casi improvisada. El olor que emanaba de aquella olla me podía asegurar una victoria absoluta con el plato elegido. Cuando el color de aquel mejunje fue de un tono violeta apagado y oscuro aparté la olla del fuego y fui a ver los solomillos, pero aún les quedaban unos cinco minutos. Entonces otra idea se me vino a la cabeza. Cogí una manzana y la partí en rodajas no muy finas y cuando tenía unas cuatro rodajas les vacié el corazón en forma de circulo, dejando el tamaño justo para introducir unos redondos de queso de cabra. Los dejé apartados en el horno para impedir que el jugo cárnico que fluía por la bandeja mojara esa conjunción de queso con manzana. Con una cuchara empecé a apartar con cuidado el espeso jugo que habían dejado los arándanos en la olla hasta dejar el pellejo de los arándanos en la olla y toda aquella salsa en un recipiente que condecoraría la mesa. Apagué el horno, dejando las bandejas dentro para que mantuvieran el calor.
Salí al comedor. Todo estaba en silencio, a excepción de algo. Tuve que agudizar el oído para oír aquel pequeño silbido que procedía de la habitación. Aún se podía oler su champú. Aún tenía tiempo de poner la mesa. Tenía el mantel puesto, pero faltaban utensilios y demás complementos. Dejé una barra de pan cerca de la chimenea, que por su viveza nos aseguraba no apagarse hasta que le faltase madera. Fui a por los vasos y un par de cuchillos y tenedores. Los platos los llevaría yo personalmente con la cena en cuestión. Me detuve. Falta algo... Cogí los vasos y los retire de la mesa. Saqué dos grandes copones y una de las botellas de vino que había traído. Esa noche era noche de tinto. Lo pedía la casa. En un descuido miré por la ventana y pude ver que el tiempo era lluvioso. Perfecto. Cogí el pan, ya caliente, y lo dispuse partido en la mesa. Saqué la salsa de arándanos improvisada y la dejé en la mitad de la gran mesa, que quedaba expuesta en mitad del salón.
En ese momento sonó el pomo de la puerta de una de las habitaciones. Yo fijé mi mirada. Esperé a ver la impresión de su presencia. Me dejó alucinado. Su flequillo liso y sus tirabuzones a ambos lados de la cabeza hacían de aquella chica una mujer en toda regla. Un elegantisimo jersey con botones, acorde al tiempo de frío, negro de cuello vuelto y unos pantalones negros a juego. En los pies se había puesto unas bailarinas blancas que la hacían parecer aún a esa pequeña niña que llevaba dentro. Aquellos labios tenían un rojo intenso, mas intenso que el fuego que abrasaba los troncos de madera. Ella me preguntó por la cena y yo le contesté con un amable gesto para que se sentara, apartándole la silla y ayudandole a tal cosa. En seguida fui a la cocina y cogí dos platos. Saqué del horno, aún caliente, los solomillos rellenos y las manzanas con el queso.Desaté las cuerdas que sujetaban la carne con sumo cuidado. Todo estaba en su punto. Dejé en la mitad del plato los dos solomillos y un poco mas apartados, las rodajas de manzana con el queso. Salí de la cocina y lo que vi fue a una niña curiosa mirando la salsa de arándanos con cara de duda. Si hubiera tardado unos segundos mas la habría pillado con el dedo en la tarrina. Interiormente me reí. Deje enfrente de ella su plato y luego me serví el mio. Ella lo miro extrañada y luego me miro a los ojos y dejo ver una pequeña sonrisa. Supuse que era de su agrado. Fui nuevamente a la cocina. Saqué el sacacorchos y comencé a abrir la botella de vino. Ella me miraba como si aquello fuera un espectáculo. Le pregunté: "¿Qué te parece?" Ella me contestó: "Tiene todo muy buena pinta." Me levante de la mesa y cogí el recipiente de salsa de arándanos y le pregunté si era de su agrado. Ella accedió a que le echara. Vertí un poco de aquella salsa en su plato. Posteriormente hice lo mismo con el mio. Esperé atento a que ella diera el primer bocado. Su cara fue de autentica sorpresa a la que acompañó con el comentario: "Está riquísimo. Me tendrás que dar la receta."
La cena transcurrió sin muchas palabra. Los gestos fueron el único medio de comunicación. Eran más que suficientes. Su mirada penetrante y traviesa hacían combinación perfecta con su sonrisa profusa, lo que me hacía pensar que pasaba algo de lo que yo no era consciente y podía ser gracioso. En algún momento llegué a pensar que tendría un poco de salsa de arándanos por la cara o el mentón, pero prefería no cometer ninguna torpeza delante de ella. Sus gestos competían con los míos: por otro lado estaba mi mirada fija, observadora y penetrante. Mis labios estaban apretados y estoicos. En ese momento una dulce música sensual comenzó a sonar. Entonces me di cuenta de que su copa no tenía vino. Cogí la botella y le serví lo que consideré estimado. "Muy observador" me dijo tras haberle servido el vino. Empecé a sudar. El efecto del vino y la estufa estaba haciendo mella en mi frente, llena de gotas de sudor. Cuando me fui a dar cuenta ambos habíamos acabado de cenar. "Todo estaba exquisito. ¿El chef prevé alguna especialidad más?" Intenté contestar lo antes posible, pero una ola de calor abrasador me traspasó por todo el cuerpo, lo que me dejó algo descolocado y confuso. "Ahora toca el postre. He traído algunas frutas que creí que te gustarían." Sonrió de nuevo y me miró, esperando de mi la intención de traerla. Con sumo cuidado recogí los platos y me retiré a la cocina. Deposité en una bandeja las uvas y las cerezas colocadas estratégicamente. Atusé mis cabellos, por si alguno había quedado descolocado y con la bandeja en la mano salí de la cocina. Ella continuaba expectante en la mesa, esperando con un cierto aire de impaciencia que yo trajera el postre. Coloqué en mitad de la mesa el recipiente de las uvas y las cerezas, apartando previamente el bol que contenía los dulces arándanos. Me senté en mi sitio y me dispuse a observarla. Miraba con cierta timidez al bol. No sé si había acertado, pero al menos había llamado su atención.
Tímidamente asomó su mano y cogió una de las cerezas que estaba mas alejada del grupo. La miró y, con mucha calma, se la comió. Creó que pude analizar en su cara como intentaba escrutar el sabor de aquella cereza, como si de un intenso manjar se hubiera tratado. Esto me causo cierta gracia, pero mis gestos continuaban sin dar la cara, inexpresivo. Yo me animé y cogí una uva. Me la introduje en la boca sin muchas contemplaciones. Observe que mi copa estaba vacía y la suya estaba a camino de estarlo. Cogí la botella y le rellene generosamente su copa. Ella me dijo: "¿Acaso quieres emborracharme?" Yo, ágilmente, le contesté: "Si lo quisiera hacer ¿Sería algo malo? y si realmente lo quisiera hacer ¿No crees que yo también estoy bebiendo excesivamente?" De sus labios salió una sonrisa, pero demasiado corta. ¿Habré sido demasiado borde? No lo creo, pero tampoco he hecho un comentario con una sonrisa en la boca ni la he agregado al final. ¿Se habrá cabreado? Bueno, espero no haber sido muy cruel... No lo he sido... pero... ¿Seguro?
Tras habernos saciado de cerezas y uvas me dispuse a recoger la mesa. Apuré el vino que quedaba en la botella y lo vertí sobre su copa. Ella me miró con cara de "¿Y tú no te echas? Me quieres emborrachar" Yo sabía que ella era lo suficientemente consciente como para saber cuando debía beber o cuando no. Si seguía bebiendo era cosa suya.
Regresé a la cocina y deje en el fregadero una pila de platos, que contenían los cubiertos. Fui donde había dejado el vino y cogí otra botella de tinto al azar y le quité el envoltorio, pero sin descorcharla. Volví al salón. Ella estaba ligeramente recostada en el sillón, habiendo dejado su sitio en la mesa como ausente. En ella quedaban las uvas, las cerezas y una botella de vino vacía. Decidí que sería buena idea acompañarla en la observación del proceso de combustión que allí mismo se producía. Ocupé el otro sillón de plaza única. Mientras, ella me observaba con una mirada que volvía a ser traviesa. Tenía una rara sensación. Por un lado la sentía como a un ser cercano que me producía buenas vibraciones, energía positiva y todos esos rollos que se sueltan ahora por la televisión. Televisión... No había televisión. Creo que ese sería el menor de los problemas con ella, tan grandilocuente... pero que aún no había despegado el pico. Siguiendo por lo que iba diciendo, ella también me producía una sensación de respeto, frialdad y cierta distancia. Esas dos posiciones iban moviéndose y negándose unas a otras, como el agua y el aceite niegan a mezclarse para dar una misma solución. No tenía nada claro, estaba confuso. Mientras todo esto pasaba por mi cabeza ella tenía una mirada fija, pero no sería. Tenía un cierto estatismo combinado con un deje travieso. "¿No piensas abrirla?" "Esperaba que tú me lo dijeras, no quería emborracharte" Esta vez si reí, pero ella no me contestó. Fui a por el abridor y le pregunté "¿Quieres abrirla tú?" "No, te dejo los honores" dijo secamente. Cogí la botella y la comencé a abrir. Notaba su mirada posada en mi hombro, como si fuera a soplarme muy lentamente cerca del cuello con ese aire de sensualidad que me arrasó cuando la vi salir de su habitación. Cuando abrí la botella la miré fijamente y de repente volví a sentir ese calor que antes me abrasaba, con la pequeña diferencia de que ahora me seducía. La miré intensamente, como si intentara sacar una síntesis de su cuerpo. En ese momento vi en ella una sensualidad abrumadora mezclados con matices puramente intelectuales. Me acerqué a ella y le serví más vino. Ella alzó la copa cuando le serví la cantidad correcta. Cogí mi copa y realicé la misma operación. Me senté en el sillón y contemplé el fuego. Su sonrisa penetrante y calidad, ausente de toda frialdad anterior, amenizaba nuestra cita, mientras las chispas producidas por la leña que se consumía por el fuego alimentaba mis oídos ansiosos por sus palabras. Quería que me enseñara, que me dijera, que me mostrara todo lo que había ocupado su mente. "Enséñame" decía mentalmente. "Quiero que esta noche me enseñes todo lo que sabes... aunque sea a matar" El deseo de conocer todo de ella me invadía, como el calor que profundizaba por mi cuerpo hasta llegar a mis huesos. "¿Estás preparado?" Me dijo. "¿Para qué?" "Pues para la esperada charla filosófica." "Estaba deseando que lo dijeras" En ese momento me levanté. No sé que me impulsó a hacerlo, pero una vez de pie me sentí inútil. Tan disimuladamente como pude me aproximé al sofá de aspecto aterciopelado y me deje caer.
En ese momento la miré. La atmósfera había cambiado. Ahora me sentía como en el interior de un gran violín. Era absurdo, todo lo era en ese momento. El vino hacía su efecto y mis parpados se volvían mas pesados y casi llorosos de mi sudor interno que se estaba viendo calmado. Me encontraba dentro de aquel violín que tocaba un vals lento y triste. Estaba relajado, pero todo seguía silencioso. Volví a fijarme en su cara, la cual esperaba alguna respuesta por parte mía. "Piensa, piensa, piensa" Me repetía mentalmente en un intento de decir algo acorde a la situación. Noté una presencia a mi lado. Cuando fui a mirar al sillón, ella no estaba allí... Estaba a mi lado. Mi corazón dio un vuelco. No sabía que decir.. estaba asustado. "Di algo, vamos, rápido ¡PIENSA!" seguía mi debate mental por que yo reaccionara. "Me encanta cocinar" dije en voz alta mientras que en mi mente sonaba en voz alta "Eres realmente inútil... No tienes solución." ella sonrió exageradamente, con cierto aire de telepatía, como si hubiera concordado con alguno de sus pensamientos. Bruscamente me agarró de la mano y se acercó a mi oído y dijo en un suave susurró: "Dijiste que me cocinarías... ¡Cociname!
Arrebatadamente la agarré entre mis brazos y me levanté con gran fuerza. Fui como pude hasta la mesa donde habíamos cenado y aparté las cosas con una mano. La deje en la mesa lentamente, tumbada. Ella se quedó perpleja, pero con una media sonrisa, esperando ver mi respuesta. Desabroché con calma y naturalidad los botones de su jersey negro, dejando todo su torso al descubierto. Cogí su copa de vino, que aún tenía en la mano y la apoyé en uno de los huecos que había libre en la mesa. Me coloqué de rodillas entre sus piernas y cogiendo la copa de vino derramé una gota en la mitad de su vientre. Dejé la copa de vino en un lugar seguro y me aproximé a la gota. La olí. Tenía un olor tan intenso, mezcla de diferentes olores: canela, chocolate, menta... Inspiré de nuevo el olor que dejaba aquella gota de vino en su cuerpo... Cerré los ojos. Deje que en mis fosas nasales entrara todo el aroma posible, que mis pulmones se llenaran de todo lo que rodeaba a aquella gota de vino. Si saber el motivo acerqué mis labios a aquella gota de vino y pase lentamente la lengua, notando como los músculos del vientre se le contraían al notar el tacto de mi lengua. Al terminar de pasar la lengua, dejé plantado un beso, a unos centímetros no muy exactos mas arriba de aquel vientre. Me bajé de la mesa y me senté a uno de sus lados, habiendo cogido el recipiente de la fruta. Cogí una uva y la deje en su mano, que quedaba apoyada en la mesa. Su cara estaba estática a la par que calmada. Tras contemplarla unos segundos continué con aquella receta. Me acerqué a su mano y seguí el mismo procedimiento. Olí cautelosamente su muñeca. Esta vez la sensación era diferente, pues había echado en sus muñecas algunas gotas de perfume. A pesar de que el olor fuera artificial, que no fuera de su propio cuerpo, era un olor elegante y que le daba, a pesar de una rigidez innecesaria, una pasión comedida. El descubrir el rincón donde ella vertía su perfume fue morboso, como si al descubrir aquello pudiera mirar por un pequeño hueco al cajón oculto de tus detalles secretos, tus pasiones desconocidas o tus manías extrañas. Continué con la tarea de inhalar todo rastro inhalable de tu mano. En ella encontré algún decorativo: un anillo y una pulsera. Con una precisión milimétrica desaté la pulsera y descoloqué el anillo de su dedo. Jugueteé con la uva, moviéndola por toda la extensión de su palma. Observé en dicha palma las arrugas que se formaban bajo sus dedos. Acerqué su palma a mi cara e hice que la yema de sus dedos palpara lentamente mi mejilla. Noté como se estremecía, como buscaba el tacto de mi piel contra sus dedos. Lentamente fui acercando mi boca a la uva. Cuando mis labios la rozaron la mordí, empapando su mano con unas pequeñas gotas de zumo de uva. Tragué con la mayor calma que pude y observé las gotitas que habían caído sobre su mano. Introduje mi lengua en el cuenco de su mano, lo que provocó una reacción de susto, pero que se fue calmando y haciendo del roce de sus dedos un tacto erótico. Mientras yo quitaba todo resto de zumo de uva, ella, con mucho disimulo rozaba mi cara con sus finos dedos, lo que me hizo saber que iba por buen camino. Cuando pasó un tiempo y noté que su mano empezaba a casarse de masajear mi cara, cogí de nuevo el bol de frutas y elegí una cereza, la del rojo mas intenso. Fui donde estaba colocada su cabeza y le quité sus gafas, lo que despertó en ella una gran expectación. Rocé su barbilla con el propósito de que sus labios sujetaran la cereza, lo que pareció entender. Con la cereza sujeta con la punta de los dedos la deje posada suavemente entre sus labios. Lo que no esperaba es que ella la aferrara entre sus dientes, como símbolo de conformidad ante este juego erótico de cocina improvisado. Me coloqué sobre ella, poniéndome de rodillas entre su cintura. Acerqué mi cara a su cuello y, con un simulacro de infarto que me estaba proporcionando el corazón, me dispuse a oler su cuello, aquel con el que había fantaseado tantas y tantas veces. Esta vez el olor a perfume estaba también presente, pero su fragancia corporal luchaba notoriamente por derrotar a la esencia artificial. Estuve un buen rato paseando a mi olfato por las colinas de sus hombros. Me dí cuenta que llevaba un collar, en cual tardé escasos segundos en desatar y apartar. Todos los aparatos y ornamentaciones eran sobrantes en este juego culinario. Pronto mis ojos se fijaron en los suyos, como la mariposa que se deja posar. Con una suavidad extrema rocé la cereza con mis labios, lo que dejo en ella una sonrisa algo nerviosa. Estaba poniéndose nerviosa. No se si aquello era bueno o malo, pero al menos me seguía el juego. Poco a poco fu acercando mi boca a la fruta que la suya sostenía, intentando que al menos mis dientes llegara. Mordí con suma cautela la cereza, dejando caer un pequeño río color pasión hasta sus labios, pintados con una precisión perfecta. En ese momento mi cabeza dio un vuelco y el calor se apoderó de todo mi cuerpo. Estaba ardiendo en un sentido literal, pero también metafórico. La deseaba. No deseaba a otra mujer, la quería a ella. El juego que corría por mis venas se transformó en un beso, dejando la cereza espachurrada entre nuestros labios, dejándola de testigo de aquel acto de pasión exaltada. Ella no se quedó quieta. pues acarició la parte trasera de mi cabeza, haciéndome estremecer en un estado casi absoluto. Su roce me causaba una sensación de frío intenso que me unía a ella, lo que contrarrestaba con el calor que sentía por ella. Divina fusión de temperatura que me hacia subir hasta lo mas alto del cielo imaginando una eternidad en sus brazos. Cada movimiento suyo, cada giro, cada pliegue de su piel me transportaba a un universo paralelo a base de sucesivos flash-backs. Mas que un beso pasional parecía la separación de dos mundos creados en una casa en un remoto lugar vete tú a saber donde. Por un lado el calor frío, el helado calor de sus besos y las sensaciones de suma pasión que me traspasaba por aquellos labios dulces y carnosos aderezados con el zumo de una cereza. En segundo lugar una sucesión de pensamientos trascendentales que me indicaban que agarrara a esa mujer, que ella era la mujer de mi vida, con la que podría compartir muchos de los sueños que había esbozado en mi mente: Tener una sala dedicada solo a los libros, tener un huerto propio, tener pasiones culinarias compartidas, una vida. Mi vida con ella. La cabeza no paraba de darme vueltas en torno a esos dos mundos. Pero en un momento todo se paró. Ella separó sus labios de los míos y con una mirada seria me dijo: "Que hemos llegado al hueso" y rompió a reír. En ese momento enfurecí, pero de pasión. Le terminé de desabrochar su elegante jersey con pose sería pero deseosa de que su cuerpo desnudo me iluminara. Desaté los botones que correspondían al pecho y deje que la suave tela de seda se deslizara hasta mostrarme una preciosa lencería de encaje negra que quedaba en total armonía con su cuerpo. En su cara también quedaba reflejada el ansia de rebozarnos juntos en el mismo espacio, de regalarnos caricias que nos tocaran el alma, ansiosa de ser. Fuera de todo acto pasional y deseo carnal, la deseaba, la quería. Ella me miraba y yo, en respuesta a sus miradas acaricié su cuello. Ella soltó un ligero gemido, lo que me hizo recrearme en esa caricia, arrastrando su piel y sintiendo cada centímetro que mi mano avanzaba por su cuello y sus hombros. Mi mano topó con el tirante de aquella obra de arte que ocultaba su pecho, lo cual hizo que lo apartara para seguir con aquella caricia. Baje los dos tirantes y con ambas manos masajee desde su cuello hasta sus hombros, dejando cubierta con mis manos toda extensión de su piel. Mis manos empezaron a acariciar su costado y una nueva oleada de calor intenso me hizo besarla de nuevo con una pasión desbordante. Mientras nuestros labios se juntaban y recorrían los labios ajenos, mis manos traviesas se dirigieron a su espalda, terminando de desabrochar aquel adorno que me impedía ver su desnudez. Salió con naturalidad, dejándola desnuda ante mis ojos. Sus pechos eran de belleza exclusiva, coronados por dos círculos rosados. Me quedé mirando fijamente a ambos senos, pero con una mirada lisonjera. Mi parte pasional deseaba rozar toda piel cuanto aquellos bellos montículos tuvieran. Mi parte mas trascendental veía en aquellos senos una fuente de vida, aquello que alimentara a los seres engendrados del mismo vientre. En ese momento mi lado trascendental se apoderó de mi cuerpo, haciendo que el lado pasional quedara ligeramente apartado. En ese instante la abracé. Intenté trasmitirle los sentimientos positivos que me había aportado ver el seno de una mujer de una forma tan natural, sin ninguna connotación lasciva. Con la misma mirada que un hombre puede emocionarse al ver a una madre darle el pecho a su hijo en un parque, con la misma mirada enternecedora que merece un niño que duerme tras haber sido alimentado. Tras un shock, mi cabeza volvió al mundo donde estaba, con ella, despojada de todo lo que protegía su torso y con unos labios que, a pesar de su frialdad anterior, ahora buscaban a los míos. Y eso me gustaba. Mi parte pasional volvía a base de bien. Enredé mis dedos entre sus cabellos rubios y acerqué a mis labios su cara, todo con pasión y cuidado. Volví a besarla. Pero esta vez fue diferente, fue un beso de aviso, para que supiera que mi obra maestra de confitería había sido cocinada, que al pastel le tocaba salir del horno. Era la hora perfecta para devorarla. Agarré sus corvas y las pegué a mi cintura. Ella anudó sus brazos automáticamente alrededor de mi cuello. Me levanté con un poco de dificultad, pero conseguí mantener el equilibrio, que cada vez empeoraba debido al vino. Cogí la botella de dicho manjar y me introduje en una de las dos habitaciones.
Cuando entré estaba totalmente helada, lo que me cercioró que era buena idea haber traído el vino. La dejé en la cama de sabanas blancas a juego con las cortinas con cuidado de no volcar la botella. Crucé la habitación y me acosté al otro lado de la cama, junto a ella. Le posé la boca de la botella en sus labios y ella abrió la boca. Deje pasara un fino hilo de vino, pues no quería causar allí un holocausto de la vid. Ella comenzó a beber. Debía estar sedienta, pues dejó la botella con tres dedos de altura. Yo terminé de rematar la botella de un trago. La dejé en la mesilla y me acurruqué junto a ella. Estaba totalmente helada. Su piel estaba erizada y ella me miraba de nuevo con cara traviesa. Comencé a besarla. pero muy dulcemente, como si estuviera degustando un pastel de nata, pues al fin y al cabo eso es lo que había creado. Ella era mi pastel de intensos olores afrutados y de dulce paladar. Mi mano, traviesa nuevamente, se deslizó mas abajo de su ombligo, tropezando con el botón que sujetaba sus pantalones negros. Ella gimió levemente, por lo que bajé mi mirada y con ambas manos desabroché el botón de dicho pantalón. Deslicé suavemente la tela del elegante vaquero negro hasta sus tobillos, lo que mi hizo tener que incorporarme para desatar sus bailarinas. Cuando me fijé en sus piernas recordé que la lencería era a juego, pero eso ahora era un detalle muy puntual para una mente llena de pasión y vino. Desaté las dos bailarinas y las dejé en el suelo a los pies de la cama. Quité los pantalones tirando desde los talones y los doblé como pude. Ella permanecía inmóvil con las manos en sus senos y con una media sonrisa. Seguía contemplando lo que yo hacía. Apoyé mi codo en la cama y me quedé de medio lado mientras la seguía observando. Mi mano avanzó hasta sus caderas e hizo que nos acercáramos ambos para un nuevo beso, esta vez sin excusa de ningún tipo. Ni frutas de por medio, ni ataques de pasión... Era por el ligero cariño que yo, al menos, le había cogido a sus labios, por la comodidad que sentía cuando aquellos rojos pasionales me dedicaban una cita en la soledad de los míos. Mis labios cogieron de nuevo la tangente de su cuello, pero esta vez todo fue a mas, pues ella estaba completamente desnuda, y yo no me había quitado nada. Bajé hasta la mitad de su pecho entre besos y mordiscos. Con mi lengua empecé a recorrer sus senos desnudos y erizados. Y allí estaba aquel círculo rosado que coronaba su pecho. Lo introduje entre mis dientes y con delicadeza comencé a morderlo. Ella agarró mi cabeza con decisión y me tiró del pelo con un alto grado de excitación, lo que provoco una respuesta inmediata en mi. El calor volvió. Era sofocante. Me desaté mi camisa negra en un momento y me quité el cinturón. Ella tenía un dedo entres sus dientes, que mordía de forma erótica. Desabroché mis pantalones sin llegar a bajármelos. Baje mi cabeza y comencé a rozar mi cuerpo contra el suyo mientras la besaba. Mi beso fue cortante, pues tras unos breves segundos arranqué mis labios de los suyos y bajé de nuevo por su cuello hasta llegar a su otro pecho, el que comencé a tocar y a apretar, lo que hizo que volvieran sus gemidos. Mi otra mano se ocupó del otro pecho, lo que hizo mella en sus gemidos; mas constantes y mas potentes. Mientras mi lengua jugueteaba por su vientre con la compañía de mis dientes que mordían de imprevisto. Mi cabeza fue bajando hasta toparse con el último obstáculo de su desnudez, el cual fui suavemente deslizando hacia abajo. Notaba cierta oposición, no sé si por la postura, si por su decisión o por la torpeza del vino, pero nada me impidió dejarla como vino al mundo... Estaba desnuda. Totalmente desnuda en mi cama. El calor se apoderó de mi con mas furia y coraje que antes... Esta vez me pedía cosas. Me pedía pasión, me pedía amor... Me pedía sexo. Abrí sus rodillas, dejándola sin ningún tapujo ante mis ojos. Pude contemplar la enorme belleza que albergaba su cuerpo.
Pude observar como sus ojos me abrazaban y me hacían sentir arropado. También sentía un intenso calor fuego que me hacia derretirme en forma de sudor.
Me acerqué a sus labios y suavemente la besé. La besé por todo el cuerpo, mientras mis manos se apoyaban en sus muñecas ligeramente. Ella me rozaba con sus delicadas piernas y me atraía hacia su interior, lo que no pude rechazar en un acto de total fogosidad y pasión. Fuimos dos y uno al mismo tiempo mientras nuestros sentidos y sensibilidad se exacerbaban hasta niveles infinitos. Nuestros cuerpos se movían al mismo compás, al unísono que nuestros ojos se devoraban recíprocamente. Nuestras bocas también se unían para corroborar que ese lazo no se rompía, haciendo que los besos fueran aliciente el incendio de tal magnitud que se estaba produciendo. Nuestros cuerpos se contorneaban al son que el cuerpo del otro se separaba. Notaba que un breve hilo de voz agudo e intermitente acompasaba mi ritmo. Eran sus gritos. Pronto aceleré mi movimiento, haciendo que ese grito dejara de ser intermitente, para ser casi continuo. Yo comencé a sentir algo muy extraño que jamás había sentido, pues mi cuerpo comenzaba a ser una pieza sensible que se adhería a otro cuerpo con las mismas sensibilidades. Poco a poco esa sensibilidad iba en aumento, al son del calor corporal que la situación daba. Teníamos algo nuestro. Nuestra temperatura. Teníamos la temperatura igualada, siendo cuerpos empapados en placer y sensibles al movimiento. Esa situación me hizo sentir insignificante, contrapuesta por la gran excitación. Ella me agarró del cuello rodeándome con sus brazos y giró su torso, con lo que yo me acosté y ella se dejó caer encima de mi. Por lo visto iba algo afectada por el alcohol. Ella maniobró para quedar colocada en una posición correcta. Comenzó a bailar, haciendo mover su cadera, mientras yo rozaba su espalda y daba caricias apretando con la yema de los dedos. Nuestros cuerpos volvían a fusionarse, a ser uno, a bailar con el canto delirante que ella pronunciaba. Era casi hipnótico.
Fueron momentos de autentica fogosidad, de puro vitalismo, un viaje intimo al mundo mas hedonista: su piel contra mi piel. En un momento todo se movía muy deprisa, nuestros cuerpos, aquella habitación, la ventana, hasta la cama parecía dar vueltas acompasadas. Entonces todo fue blanco, dejando mi mente y la suya extasiada en un paisaje totalmente blanco. Ella desnuda frente a mi, desnudo también. Sus labios, aún rojos, me besaron. Ella me miro fijamente y ambos comenzamos a gritar. El paisaje blanco desapareció de nuestras mentes y volvimos a esa cama donde terminaron mudos nuestros gritos, en una explosión de sudor, besos y caricias corporales.
Ella quedó tumbada sobre mi, en lo que parecía en un estado de nirvana absoluto. Yo quede mirando al techo fijamente, mientras ella se acomodaba a mi cuerpo, quedando totalmente rendida. Coloqué mis manos en su espalda empapada y comencé a sentir su respiración, la cual se acoplaba a la mía. Nuestros latidos ahora eran lentos y profusos, como si el exceso de velocidad se contrarrestara con ese periodo de calma excesiva que nos había proporcionado aquella desmesurada situación.
Quedamos expandidos y expuestos a nuestra propia desnudez.
Ella tenía los ojos cerrados y parecía estar durmiendo debido a su profunda respiración. Ella se apartó de mi torso y ocupó el lugar contiguo al mío. Yo, disimuladamente, salté de la cama y recogí todo el jolgorio de ropa que habíamos dejado esturreada por la casa. Cuando ordené la habitación abrí la puerta que daba al comedor e intenté cerrarla suavemente. Antes de que la puerta se cerrara oí un "No tardes, ¿vale?" como último susurro antes de cerrar.
Tras aparcar el vehículo próximo a la casa, empezó la tarea de adaptarla a nuestro estilo. En el maletero se hallaba una caja de plástico con una selección de vinos a poder deleitarnos cada noche con uno de ellos. Recuerdo haber tenido que ahorrar para comprarlos, pues esa sería mi gran sorpresa. Aún recuerdo la cara que se le quedó estampada al ver dicho conjunto de envases vidriados de aquel majar sacado de la vid. Dejó caer una sonrisa tímida, intentando ocultar su alegría por haber sabido que aquella ocasión requería concretamente eso. Vaciló unos pequeños segundos y siguió sacando cosas del maletero que harían falta para aquella noche. Sacos de dormir, manteles, cortinas y algunos utensilios para la cocina.
También traje oculto una pequeña bolsa de alimentos que usaría en aquella cena: paté, arándanos, uvas, cerezas, manzanas y queso de cabra. Al entrar a la casa un olor profundo a madera y a producto de limpieza me inundó las fosas nasales. El salón era la parte central de la casa. En cada lado habían dos puertas: habitaciones, aseo y cocina. En mitad del salón una mesa de madera oscura, pudiendo ser de un falso vengué o simplemente un tono oscuro cobrizo. Al fondo una chimenea construida en piedra vista de colores oscuros. Todo muy armónico. Cercanos a la chimenea, un sofá de aspecto aterciopelado y a simple vista muy mullido y dos sillones del mismo estilo. Todo sobre una alfombra grande de tonos marrones, como no podía ser de otra forma. Con ilusión y en menos tiempo del estimado la casa estuvo limpia y lista para la convivencia de aquellos días. El dueño de la casa nos había facilitado la tarea, pues en dicho precio hicimos que nos incluyera una buena compra de comida, una casa limpia y agua caliente, al menos para la ducha. Con aires de cansancio ella me dijo: Iré a darme una ducha. Y se fue. Yo mientras pensé en coger leña de la cabaña anexa a la casa y hacer un fuego, pues aquella noche sería fría. O eso creía yo. Pensé también que dada la hora no sería mala idea de empezar a preparar la cena. Esa noche usaría el horno para preparar aquella receta que tanto había pensado y medido. Cogí el solomillo de cerdo, cortesía de la casa, y en su interior lo llené cuidadosamente de paté y queso de cabra. Luego cerré dicho solomillo y lo até con hilo de cocinar, dejando el filete en forma de rollo. Realicé la misma operación tres veces mas, pues supuse que aquella noche estaría hambrienta tras el trabajo de la llegada. Entonces investigué como se encendía aquel horno viejo y obsoleto. Cuando aquel artefacto parecía que escupía fuego, entonces introduje en él los cuatro rollos de cerdo bien atados. Solo quedaba esperar. Mientras mi cabeza pensaba, el grifo de la ducha se cerraba y oía a lo lejos unos pequeños pasos que se movían descalzos por el suelo de madera. Entonces vino a mi mente: Arándanos. Rápidamente cogí la bolsa que previamente había utilizado y saqué los arándanos... Pero ¿Qué debía hacer con ellos? ¡YA LO TENGO! Cogí una olla mientras los arándanos se remojaban y le puse azúcar mientras se calentaba. Todo iba deprisa, pues odiaba que cuando yo hiciera una comida alguien la adivinara antes de que llegara la hora de comérsela. Eché dicha fruta en la olla y la mezclé cuidadosamente para no romper ninguno. Aquello empezaba a tomar color, un color marrón que pedía a gritos que fuera disuelto en agua. Añadí un vaso de agua a la receta casi improvisada. El olor que emanaba de aquella olla me podía asegurar una victoria absoluta con el plato elegido. Cuando el color de aquel mejunje fue de un tono violeta apagado y oscuro aparté la olla del fuego y fui a ver los solomillos, pero aún les quedaban unos cinco minutos. Entonces otra idea se me vino a la cabeza. Cogí una manzana y la partí en rodajas no muy finas y cuando tenía unas cuatro rodajas les vacié el corazón en forma de circulo, dejando el tamaño justo para introducir unos redondos de queso de cabra. Los dejé apartados en el horno para impedir que el jugo cárnico que fluía por la bandeja mojara esa conjunción de queso con manzana. Con una cuchara empecé a apartar con cuidado el espeso jugo que habían dejado los arándanos en la olla hasta dejar el pellejo de los arándanos en la olla y toda aquella salsa en un recipiente que condecoraría la mesa. Apagué el horno, dejando las bandejas dentro para que mantuvieran el calor.
Salí al comedor. Todo estaba en silencio, a excepción de algo. Tuve que agudizar el oído para oír aquel pequeño silbido que procedía de la habitación. Aún se podía oler su champú. Aún tenía tiempo de poner la mesa. Tenía el mantel puesto, pero faltaban utensilios y demás complementos. Dejé una barra de pan cerca de la chimenea, que por su viveza nos aseguraba no apagarse hasta que le faltase madera. Fui a por los vasos y un par de cuchillos y tenedores. Los platos los llevaría yo personalmente con la cena en cuestión. Me detuve. Falta algo... Cogí los vasos y los retire de la mesa. Saqué dos grandes copones y una de las botellas de vino que había traído. Esa noche era noche de tinto. Lo pedía la casa. En un descuido miré por la ventana y pude ver que el tiempo era lluvioso. Perfecto. Cogí el pan, ya caliente, y lo dispuse partido en la mesa. Saqué la salsa de arándanos improvisada y la dejé en la mitad de la gran mesa, que quedaba expuesta en mitad del salón.
En ese momento sonó el pomo de la puerta de una de las habitaciones. Yo fijé mi mirada. Esperé a ver la impresión de su presencia. Me dejó alucinado. Su flequillo liso y sus tirabuzones a ambos lados de la cabeza hacían de aquella chica una mujer en toda regla. Un elegantisimo jersey con botones, acorde al tiempo de frío, negro de cuello vuelto y unos pantalones negros a juego. En los pies se había puesto unas bailarinas blancas que la hacían parecer aún a esa pequeña niña que llevaba dentro. Aquellos labios tenían un rojo intenso, mas intenso que el fuego que abrasaba los troncos de madera. Ella me preguntó por la cena y yo le contesté con un amable gesto para que se sentara, apartándole la silla y ayudandole a tal cosa. En seguida fui a la cocina y cogí dos platos. Saqué del horno, aún caliente, los solomillos rellenos y las manzanas con el queso.Desaté las cuerdas que sujetaban la carne con sumo cuidado. Todo estaba en su punto. Dejé en la mitad del plato los dos solomillos y un poco mas apartados, las rodajas de manzana con el queso. Salí de la cocina y lo que vi fue a una niña curiosa mirando la salsa de arándanos con cara de duda. Si hubiera tardado unos segundos mas la habría pillado con el dedo en la tarrina. Interiormente me reí. Deje enfrente de ella su plato y luego me serví el mio. Ella lo miro extrañada y luego me miro a los ojos y dejo ver una pequeña sonrisa. Supuse que era de su agrado. Fui nuevamente a la cocina. Saqué el sacacorchos y comencé a abrir la botella de vino. Ella me miraba como si aquello fuera un espectáculo. Le pregunté: "¿Qué te parece?" Ella me contestó: "Tiene todo muy buena pinta." Me levante de la mesa y cogí el recipiente de salsa de arándanos y le pregunté si era de su agrado. Ella accedió a que le echara. Vertí un poco de aquella salsa en su plato. Posteriormente hice lo mismo con el mio. Esperé atento a que ella diera el primer bocado. Su cara fue de autentica sorpresa a la que acompañó con el comentario: "Está riquísimo. Me tendrás que dar la receta."
La cena transcurrió sin muchas palabra. Los gestos fueron el único medio de comunicación. Eran más que suficientes. Su mirada penetrante y traviesa hacían combinación perfecta con su sonrisa profusa, lo que me hacía pensar que pasaba algo de lo que yo no era consciente y podía ser gracioso. En algún momento llegué a pensar que tendría un poco de salsa de arándanos por la cara o el mentón, pero prefería no cometer ninguna torpeza delante de ella. Sus gestos competían con los míos: por otro lado estaba mi mirada fija, observadora y penetrante. Mis labios estaban apretados y estoicos. En ese momento una dulce música sensual comenzó a sonar. Entonces me di cuenta de que su copa no tenía vino. Cogí la botella y le serví lo que consideré estimado. "Muy observador" me dijo tras haberle servido el vino. Empecé a sudar. El efecto del vino y la estufa estaba haciendo mella en mi frente, llena de gotas de sudor. Cuando me fui a dar cuenta ambos habíamos acabado de cenar. "Todo estaba exquisito. ¿El chef prevé alguna especialidad más?" Intenté contestar lo antes posible, pero una ola de calor abrasador me traspasó por todo el cuerpo, lo que me dejó algo descolocado y confuso. "Ahora toca el postre. He traído algunas frutas que creí que te gustarían." Sonrió de nuevo y me miró, esperando de mi la intención de traerla. Con sumo cuidado recogí los platos y me retiré a la cocina. Deposité en una bandeja las uvas y las cerezas colocadas estratégicamente. Atusé mis cabellos, por si alguno había quedado descolocado y con la bandeja en la mano salí de la cocina. Ella continuaba expectante en la mesa, esperando con un cierto aire de impaciencia que yo trajera el postre. Coloqué en mitad de la mesa el recipiente de las uvas y las cerezas, apartando previamente el bol que contenía los dulces arándanos. Me senté en mi sitio y me dispuse a observarla. Miraba con cierta timidez al bol. No sé si había acertado, pero al menos había llamado su atención.
Tímidamente asomó su mano y cogió una de las cerezas que estaba mas alejada del grupo. La miró y, con mucha calma, se la comió. Creó que pude analizar en su cara como intentaba escrutar el sabor de aquella cereza, como si de un intenso manjar se hubiera tratado. Esto me causo cierta gracia, pero mis gestos continuaban sin dar la cara, inexpresivo. Yo me animé y cogí una uva. Me la introduje en la boca sin muchas contemplaciones. Observe que mi copa estaba vacía y la suya estaba a camino de estarlo. Cogí la botella y le rellene generosamente su copa. Ella me dijo: "¿Acaso quieres emborracharme?" Yo, ágilmente, le contesté: "Si lo quisiera hacer ¿Sería algo malo? y si realmente lo quisiera hacer ¿No crees que yo también estoy bebiendo excesivamente?" De sus labios salió una sonrisa, pero demasiado corta. ¿Habré sido demasiado borde? No lo creo, pero tampoco he hecho un comentario con una sonrisa en la boca ni la he agregado al final. ¿Se habrá cabreado? Bueno, espero no haber sido muy cruel... No lo he sido... pero... ¿Seguro?
Tras habernos saciado de cerezas y uvas me dispuse a recoger la mesa. Apuré el vino que quedaba en la botella y lo vertí sobre su copa. Ella me miró con cara de "¿Y tú no te echas? Me quieres emborrachar" Yo sabía que ella era lo suficientemente consciente como para saber cuando debía beber o cuando no. Si seguía bebiendo era cosa suya.
Regresé a la cocina y deje en el fregadero una pila de platos, que contenían los cubiertos. Fui donde había dejado el vino y cogí otra botella de tinto al azar y le quité el envoltorio, pero sin descorcharla. Volví al salón. Ella estaba ligeramente recostada en el sillón, habiendo dejado su sitio en la mesa como ausente. En ella quedaban las uvas, las cerezas y una botella de vino vacía. Decidí que sería buena idea acompañarla en la observación del proceso de combustión que allí mismo se producía. Ocupé el otro sillón de plaza única. Mientras, ella me observaba con una mirada que volvía a ser traviesa. Tenía una rara sensación. Por un lado la sentía como a un ser cercano que me producía buenas vibraciones, energía positiva y todos esos rollos que se sueltan ahora por la televisión. Televisión... No había televisión. Creo que ese sería el menor de los problemas con ella, tan grandilocuente... pero que aún no había despegado el pico. Siguiendo por lo que iba diciendo, ella también me producía una sensación de respeto, frialdad y cierta distancia. Esas dos posiciones iban moviéndose y negándose unas a otras, como el agua y el aceite niegan a mezclarse para dar una misma solución. No tenía nada claro, estaba confuso. Mientras todo esto pasaba por mi cabeza ella tenía una mirada fija, pero no sería. Tenía un cierto estatismo combinado con un deje travieso. "¿No piensas abrirla?" "Esperaba que tú me lo dijeras, no quería emborracharte" Esta vez si reí, pero ella no me contestó. Fui a por el abridor y le pregunté "¿Quieres abrirla tú?" "No, te dejo los honores" dijo secamente. Cogí la botella y la comencé a abrir. Notaba su mirada posada en mi hombro, como si fuera a soplarme muy lentamente cerca del cuello con ese aire de sensualidad que me arrasó cuando la vi salir de su habitación. Cuando abrí la botella la miré fijamente y de repente volví a sentir ese calor que antes me abrasaba, con la pequeña diferencia de que ahora me seducía. La miré intensamente, como si intentara sacar una síntesis de su cuerpo. En ese momento vi en ella una sensualidad abrumadora mezclados con matices puramente intelectuales. Me acerqué a ella y le serví más vino. Ella alzó la copa cuando le serví la cantidad correcta. Cogí mi copa y realicé la misma operación. Me senté en el sillón y contemplé el fuego. Su sonrisa penetrante y calidad, ausente de toda frialdad anterior, amenizaba nuestra cita, mientras las chispas producidas por la leña que se consumía por el fuego alimentaba mis oídos ansiosos por sus palabras. Quería que me enseñara, que me dijera, que me mostrara todo lo que había ocupado su mente. "Enséñame" decía mentalmente. "Quiero que esta noche me enseñes todo lo que sabes... aunque sea a matar" El deseo de conocer todo de ella me invadía, como el calor que profundizaba por mi cuerpo hasta llegar a mis huesos. "¿Estás preparado?" Me dijo. "¿Para qué?" "Pues para la esperada charla filosófica." "Estaba deseando que lo dijeras" En ese momento me levanté. No sé que me impulsó a hacerlo, pero una vez de pie me sentí inútil. Tan disimuladamente como pude me aproximé al sofá de aspecto aterciopelado y me deje caer.
En ese momento la miré. La atmósfera había cambiado. Ahora me sentía como en el interior de un gran violín. Era absurdo, todo lo era en ese momento. El vino hacía su efecto y mis parpados se volvían mas pesados y casi llorosos de mi sudor interno que se estaba viendo calmado. Me encontraba dentro de aquel violín que tocaba un vals lento y triste. Estaba relajado, pero todo seguía silencioso. Volví a fijarme en su cara, la cual esperaba alguna respuesta por parte mía. "Piensa, piensa, piensa" Me repetía mentalmente en un intento de decir algo acorde a la situación. Noté una presencia a mi lado. Cuando fui a mirar al sillón, ella no estaba allí... Estaba a mi lado. Mi corazón dio un vuelco. No sabía que decir.. estaba asustado. "Di algo, vamos, rápido ¡PIENSA!" seguía mi debate mental por que yo reaccionara. "Me encanta cocinar" dije en voz alta mientras que en mi mente sonaba en voz alta "Eres realmente inútil... No tienes solución." ella sonrió exageradamente, con cierto aire de telepatía, como si hubiera concordado con alguno de sus pensamientos. Bruscamente me agarró de la mano y se acercó a mi oído y dijo en un suave susurró: "Dijiste que me cocinarías... ¡Cociname!
Arrebatadamente la agarré entre mis brazos y me levanté con gran fuerza. Fui como pude hasta la mesa donde habíamos cenado y aparté las cosas con una mano. La deje en la mesa lentamente, tumbada. Ella se quedó perpleja, pero con una media sonrisa, esperando ver mi respuesta. Desabroché con calma y naturalidad los botones de su jersey negro, dejando todo su torso al descubierto. Cogí su copa de vino, que aún tenía en la mano y la apoyé en uno de los huecos que había libre en la mesa. Me coloqué de rodillas entre sus piernas y cogiendo la copa de vino derramé una gota en la mitad de su vientre. Dejé la copa de vino en un lugar seguro y me aproximé a la gota. La olí. Tenía un olor tan intenso, mezcla de diferentes olores: canela, chocolate, menta... Inspiré de nuevo el olor que dejaba aquella gota de vino en su cuerpo... Cerré los ojos. Deje que en mis fosas nasales entrara todo el aroma posible, que mis pulmones se llenaran de todo lo que rodeaba a aquella gota de vino. Si saber el motivo acerqué mis labios a aquella gota de vino y pase lentamente la lengua, notando como los músculos del vientre se le contraían al notar el tacto de mi lengua. Al terminar de pasar la lengua, dejé plantado un beso, a unos centímetros no muy exactos mas arriba de aquel vientre. Me bajé de la mesa y me senté a uno de sus lados, habiendo cogido el recipiente de la fruta. Cogí una uva y la deje en su mano, que quedaba apoyada en la mesa. Su cara estaba estática a la par que calmada. Tras contemplarla unos segundos continué con aquella receta. Me acerqué a su mano y seguí el mismo procedimiento. Olí cautelosamente su muñeca. Esta vez la sensación era diferente, pues había echado en sus muñecas algunas gotas de perfume. A pesar de que el olor fuera artificial, que no fuera de su propio cuerpo, era un olor elegante y que le daba, a pesar de una rigidez innecesaria, una pasión comedida. El descubrir el rincón donde ella vertía su perfume fue morboso, como si al descubrir aquello pudiera mirar por un pequeño hueco al cajón oculto de tus detalles secretos, tus pasiones desconocidas o tus manías extrañas. Continué con la tarea de inhalar todo rastro inhalable de tu mano. En ella encontré algún decorativo: un anillo y una pulsera. Con una precisión milimétrica desaté la pulsera y descoloqué el anillo de su dedo. Jugueteé con la uva, moviéndola por toda la extensión de su palma. Observé en dicha palma las arrugas que se formaban bajo sus dedos. Acerqué su palma a mi cara e hice que la yema de sus dedos palpara lentamente mi mejilla. Noté como se estremecía, como buscaba el tacto de mi piel contra sus dedos. Lentamente fui acercando mi boca a la uva. Cuando mis labios la rozaron la mordí, empapando su mano con unas pequeñas gotas de zumo de uva. Tragué con la mayor calma que pude y observé las gotitas que habían caído sobre su mano. Introduje mi lengua en el cuenco de su mano, lo que provocó una reacción de susto, pero que se fue calmando y haciendo del roce de sus dedos un tacto erótico. Mientras yo quitaba todo resto de zumo de uva, ella, con mucho disimulo rozaba mi cara con sus finos dedos, lo que me hizo saber que iba por buen camino. Cuando pasó un tiempo y noté que su mano empezaba a casarse de masajear mi cara, cogí de nuevo el bol de frutas y elegí una cereza, la del rojo mas intenso. Fui donde estaba colocada su cabeza y le quité sus gafas, lo que despertó en ella una gran expectación. Rocé su barbilla con el propósito de que sus labios sujetaran la cereza, lo que pareció entender. Con la cereza sujeta con la punta de los dedos la deje posada suavemente entre sus labios. Lo que no esperaba es que ella la aferrara entre sus dientes, como símbolo de conformidad ante este juego erótico de cocina improvisado. Me coloqué sobre ella, poniéndome de rodillas entre su cintura. Acerqué mi cara a su cuello y, con un simulacro de infarto que me estaba proporcionando el corazón, me dispuse a oler su cuello, aquel con el que había fantaseado tantas y tantas veces. Esta vez el olor a perfume estaba también presente, pero su fragancia corporal luchaba notoriamente por derrotar a la esencia artificial. Estuve un buen rato paseando a mi olfato por las colinas de sus hombros. Me dí cuenta que llevaba un collar, en cual tardé escasos segundos en desatar y apartar. Todos los aparatos y ornamentaciones eran sobrantes en este juego culinario. Pronto mis ojos se fijaron en los suyos, como la mariposa que se deja posar. Con una suavidad extrema rocé la cereza con mis labios, lo que dejo en ella una sonrisa algo nerviosa. Estaba poniéndose nerviosa. No se si aquello era bueno o malo, pero al menos me seguía el juego. Poco a poco fu acercando mi boca a la fruta que la suya sostenía, intentando que al menos mis dientes llegara. Mordí con suma cautela la cereza, dejando caer un pequeño río color pasión hasta sus labios, pintados con una precisión perfecta. En ese momento mi cabeza dio un vuelco y el calor se apoderó de todo mi cuerpo. Estaba ardiendo en un sentido literal, pero también metafórico. La deseaba. No deseaba a otra mujer, la quería a ella. El juego que corría por mis venas se transformó en un beso, dejando la cereza espachurrada entre nuestros labios, dejándola de testigo de aquel acto de pasión exaltada. Ella no se quedó quieta. pues acarició la parte trasera de mi cabeza, haciéndome estremecer en un estado casi absoluto. Su roce me causaba una sensación de frío intenso que me unía a ella, lo que contrarrestaba con el calor que sentía por ella. Divina fusión de temperatura que me hacia subir hasta lo mas alto del cielo imaginando una eternidad en sus brazos. Cada movimiento suyo, cada giro, cada pliegue de su piel me transportaba a un universo paralelo a base de sucesivos flash-backs. Mas que un beso pasional parecía la separación de dos mundos creados en una casa en un remoto lugar vete tú a saber donde. Por un lado el calor frío, el helado calor de sus besos y las sensaciones de suma pasión que me traspasaba por aquellos labios dulces y carnosos aderezados con el zumo de una cereza. En segundo lugar una sucesión de pensamientos trascendentales que me indicaban que agarrara a esa mujer, que ella era la mujer de mi vida, con la que podría compartir muchos de los sueños que había esbozado en mi mente: Tener una sala dedicada solo a los libros, tener un huerto propio, tener pasiones culinarias compartidas, una vida. Mi vida con ella. La cabeza no paraba de darme vueltas en torno a esos dos mundos. Pero en un momento todo se paró. Ella separó sus labios de los míos y con una mirada seria me dijo: "Que hemos llegado al hueso" y rompió a reír. En ese momento enfurecí, pero de pasión. Le terminé de desabrochar su elegante jersey con pose sería pero deseosa de que su cuerpo desnudo me iluminara. Desaté los botones que correspondían al pecho y deje que la suave tela de seda se deslizara hasta mostrarme una preciosa lencería de encaje negra que quedaba en total armonía con su cuerpo. En su cara también quedaba reflejada el ansia de rebozarnos juntos en el mismo espacio, de regalarnos caricias que nos tocaran el alma, ansiosa de ser. Fuera de todo acto pasional y deseo carnal, la deseaba, la quería. Ella me miraba y yo, en respuesta a sus miradas acaricié su cuello. Ella soltó un ligero gemido, lo que me hizo recrearme en esa caricia, arrastrando su piel y sintiendo cada centímetro que mi mano avanzaba por su cuello y sus hombros. Mi mano topó con el tirante de aquella obra de arte que ocultaba su pecho, lo cual hizo que lo apartara para seguir con aquella caricia. Baje los dos tirantes y con ambas manos masajee desde su cuello hasta sus hombros, dejando cubierta con mis manos toda extensión de su piel. Mis manos empezaron a acariciar su costado y una nueva oleada de calor intenso me hizo besarla de nuevo con una pasión desbordante. Mientras nuestros labios se juntaban y recorrían los labios ajenos, mis manos traviesas se dirigieron a su espalda, terminando de desabrochar aquel adorno que me impedía ver su desnudez. Salió con naturalidad, dejándola desnuda ante mis ojos. Sus pechos eran de belleza exclusiva, coronados por dos círculos rosados. Me quedé mirando fijamente a ambos senos, pero con una mirada lisonjera. Mi parte pasional deseaba rozar toda piel cuanto aquellos bellos montículos tuvieran. Mi parte mas trascendental veía en aquellos senos una fuente de vida, aquello que alimentara a los seres engendrados del mismo vientre. En ese momento mi lado trascendental se apoderó de mi cuerpo, haciendo que el lado pasional quedara ligeramente apartado. En ese instante la abracé. Intenté trasmitirle los sentimientos positivos que me había aportado ver el seno de una mujer de una forma tan natural, sin ninguna connotación lasciva. Con la misma mirada que un hombre puede emocionarse al ver a una madre darle el pecho a su hijo en un parque, con la misma mirada enternecedora que merece un niño que duerme tras haber sido alimentado. Tras un shock, mi cabeza volvió al mundo donde estaba, con ella, despojada de todo lo que protegía su torso y con unos labios que, a pesar de su frialdad anterior, ahora buscaban a los míos. Y eso me gustaba. Mi parte pasional volvía a base de bien. Enredé mis dedos entre sus cabellos rubios y acerqué a mis labios su cara, todo con pasión y cuidado. Volví a besarla. Pero esta vez fue diferente, fue un beso de aviso, para que supiera que mi obra maestra de confitería había sido cocinada, que al pastel le tocaba salir del horno. Era la hora perfecta para devorarla. Agarré sus corvas y las pegué a mi cintura. Ella anudó sus brazos automáticamente alrededor de mi cuello. Me levanté con un poco de dificultad, pero conseguí mantener el equilibrio, que cada vez empeoraba debido al vino. Cogí la botella de dicho manjar y me introduje en una de las dos habitaciones.
Cuando entré estaba totalmente helada, lo que me cercioró que era buena idea haber traído el vino. La dejé en la cama de sabanas blancas a juego con las cortinas con cuidado de no volcar la botella. Crucé la habitación y me acosté al otro lado de la cama, junto a ella. Le posé la boca de la botella en sus labios y ella abrió la boca. Deje pasara un fino hilo de vino, pues no quería causar allí un holocausto de la vid. Ella comenzó a beber. Debía estar sedienta, pues dejó la botella con tres dedos de altura. Yo terminé de rematar la botella de un trago. La dejé en la mesilla y me acurruqué junto a ella. Estaba totalmente helada. Su piel estaba erizada y ella me miraba de nuevo con cara traviesa. Comencé a besarla. pero muy dulcemente, como si estuviera degustando un pastel de nata, pues al fin y al cabo eso es lo que había creado. Ella era mi pastel de intensos olores afrutados y de dulce paladar. Mi mano, traviesa nuevamente, se deslizó mas abajo de su ombligo, tropezando con el botón que sujetaba sus pantalones negros. Ella gimió levemente, por lo que bajé mi mirada y con ambas manos desabroché el botón de dicho pantalón. Deslicé suavemente la tela del elegante vaquero negro hasta sus tobillos, lo que mi hizo tener que incorporarme para desatar sus bailarinas. Cuando me fijé en sus piernas recordé que la lencería era a juego, pero eso ahora era un detalle muy puntual para una mente llena de pasión y vino. Desaté las dos bailarinas y las dejé en el suelo a los pies de la cama. Quité los pantalones tirando desde los talones y los doblé como pude. Ella permanecía inmóvil con las manos en sus senos y con una media sonrisa. Seguía contemplando lo que yo hacía. Apoyé mi codo en la cama y me quedé de medio lado mientras la seguía observando. Mi mano avanzó hasta sus caderas e hizo que nos acercáramos ambos para un nuevo beso, esta vez sin excusa de ningún tipo. Ni frutas de por medio, ni ataques de pasión... Era por el ligero cariño que yo, al menos, le había cogido a sus labios, por la comodidad que sentía cuando aquellos rojos pasionales me dedicaban una cita en la soledad de los míos. Mis labios cogieron de nuevo la tangente de su cuello, pero esta vez todo fue a mas, pues ella estaba completamente desnuda, y yo no me había quitado nada. Bajé hasta la mitad de su pecho entre besos y mordiscos. Con mi lengua empecé a recorrer sus senos desnudos y erizados. Y allí estaba aquel círculo rosado que coronaba su pecho. Lo introduje entre mis dientes y con delicadeza comencé a morderlo. Ella agarró mi cabeza con decisión y me tiró del pelo con un alto grado de excitación, lo que provoco una respuesta inmediata en mi. El calor volvió. Era sofocante. Me desaté mi camisa negra en un momento y me quité el cinturón. Ella tenía un dedo entres sus dientes, que mordía de forma erótica. Desabroché mis pantalones sin llegar a bajármelos. Baje mi cabeza y comencé a rozar mi cuerpo contra el suyo mientras la besaba. Mi beso fue cortante, pues tras unos breves segundos arranqué mis labios de los suyos y bajé de nuevo por su cuello hasta llegar a su otro pecho, el que comencé a tocar y a apretar, lo que hizo que volvieran sus gemidos. Mi otra mano se ocupó del otro pecho, lo que hizo mella en sus gemidos; mas constantes y mas potentes. Mientras mi lengua jugueteaba por su vientre con la compañía de mis dientes que mordían de imprevisto. Mi cabeza fue bajando hasta toparse con el último obstáculo de su desnudez, el cual fui suavemente deslizando hacia abajo. Notaba cierta oposición, no sé si por la postura, si por su decisión o por la torpeza del vino, pero nada me impidió dejarla como vino al mundo... Estaba desnuda. Totalmente desnuda en mi cama. El calor se apoderó de mi con mas furia y coraje que antes... Esta vez me pedía cosas. Me pedía pasión, me pedía amor... Me pedía sexo. Abrí sus rodillas, dejándola sin ningún tapujo ante mis ojos. Pude contemplar la enorme belleza que albergaba su cuerpo.
Pude observar como sus ojos me abrazaban y me hacían sentir arropado. También sentía un intenso calor fuego que me hacia derretirme en forma de sudor.
Me acerqué a sus labios y suavemente la besé. La besé por todo el cuerpo, mientras mis manos se apoyaban en sus muñecas ligeramente. Ella me rozaba con sus delicadas piernas y me atraía hacia su interior, lo que no pude rechazar en un acto de total fogosidad y pasión. Fuimos dos y uno al mismo tiempo mientras nuestros sentidos y sensibilidad se exacerbaban hasta niveles infinitos. Nuestros cuerpos se movían al mismo compás, al unísono que nuestros ojos se devoraban recíprocamente. Nuestras bocas también se unían para corroborar que ese lazo no se rompía, haciendo que los besos fueran aliciente el incendio de tal magnitud que se estaba produciendo. Nuestros cuerpos se contorneaban al son que el cuerpo del otro se separaba. Notaba que un breve hilo de voz agudo e intermitente acompasaba mi ritmo. Eran sus gritos. Pronto aceleré mi movimiento, haciendo que ese grito dejara de ser intermitente, para ser casi continuo. Yo comencé a sentir algo muy extraño que jamás había sentido, pues mi cuerpo comenzaba a ser una pieza sensible que se adhería a otro cuerpo con las mismas sensibilidades. Poco a poco esa sensibilidad iba en aumento, al son del calor corporal que la situación daba. Teníamos algo nuestro. Nuestra temperatura. Teníamos la temperatura igualada, siendo cuerpos empapados en placer y sensibles al movimiento. Esa situación me hizo sentir insignificante, contrapuesta por la gran excitación. Ella me agarró del cuello rodeándome con sus brazos y giró su torso, con lo que yo me acosté y ella se dejó caer encima de mi. Por lo visto iba algo afectada por el alcohol. Ella maniobró para quedar colocada en una posición correcta. Comenzó a bailar, haciendo mover su cadera, mientras yo rozaba su espalda y daba caricias apretando con la yema de los dedos. Nuestros cuerpos volvían a fusionarse, a ser uno, a bailar con el canto delirante que ella pronunciaba. Era casi hipnótico.
Fueron momentos de autentica fogosidad, de puro vitalismo, un viaje intimo al mundo mas hedonista: su piel contra mi piel. En un momento todo se movía muy deprisa, nuestros cuerpos, aquella habitación, la ventana, hasta la cama parecía dar vueltas acompasadas. Entonces todo fue blanco, dejando mi mente y la suya extasiada en un paisaje totalmente blanco. Ella desnuda frente a mi, desnudo también. Sus labios, aún rojos, me besaron. Ella me miro fijamente y ambos comenzamos a gritar. El paisaje blanco desapareció de nuestras mentes y volvimos a esa cama donde terminaron mudos nuestros gritos, en una explosión de sudor, besos y caricias corporales.
Ella quedó tumbada sobre mi, en lo que parecía en un estado de nirvana absoluto. Yo quede mirando al techo fijamente, mientras ella se acomodaba a mi cuerpo, quedando totalmente rendida. Coloqué mis manos en su espalda empapada y comencé a sentir su respiración, la cual se acoplaba a la mía. Nuestros latidos ahora eran lentos y profusos, como si el exceso de velocidad se contrarrestara con ese periodo de calma excesiva que nos había proporcionado aquella desmesurada situación.
Quedamos expandidos y expuestos a nuestra propia desnudez.
Ella tenía los ojos cerrados y parecía estar durmiendo debido a su profunda respiración. Ella se apartó de mi torso y ocupó el lugar contiguo al mío. Yo, disimuladamente, salté de la cama y recogí todo el jolgorio de ropa que habíamos dejado esturreada por la casa. Cuando ordené la habitación abrí la puerta que daba al comedor e intenté cerrarla suavemente. Antes de que la puerta se cerrara oí un "No tardes, ¿vale?" como último susurro antes de cerrar.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Tras haber paladeado algunas de las paginas del libro de Soren Kierkegaard,
el padre del existencialismo, me parece que era un tipo demasiado positivo ante
la vida, habiendo comparado mi vida ante su filosofía. Es un extraño
sentimiento de odio y anti-trascendencia el que inunda lo que imagino como
alma. Todo es una sucesión de cosas con relaciones de esencia bipolar. Lo que
debe ir mal, va bien. Lo que debe ir bien, va mal. Cuando bebes sin tener sed.
Es una sensación similar, en la que nada tiene sentido, nada fluye, pero todo
avanza. A veces todo es tan rápido. Otras solo lo ves moverse a niveles
milimétricos. La aventura, la emoción, la alegría o todos los sentimientos
exaltados están ausentes, muertos y enterrados. Ya no es ni la sensación sartreana
de angustia, sino un estado vegetativo de la misma, como si un impresionista
hubiera decidido pintar el concepto de angustia en su propio estatismo, pero
que aun sigue viviendo en su propia obra, como una atmósfera que respiran todos
sus retratados. Cuando algo intenta despertar a dicho adormecimiento, más que
existencialista, se reacciona con tal impulso mental que no se sabe para donde
disparará la fuerza del estallido. Esto es fácil de imaginar. Coges un sobre de
tomate y lo colocas en la palma de tu mano, apuntas a la victima y dejas caer
tu otra mano a modo de palmada. Lo que se prevé es que el objetivo quede
manchado de esa salsa roja. La sensación que intento explicar es como si tras
haber realizado esto el sobre de tomate decidiera explotar por su parte
trasera, dejando al sujeto bromista en una situación algo embarazosa. Esta es
la metáfora. Nosotros seremos ese sobre de tomate. Quedamos entre unas manos
llenas de odio y furia, pero a su vez somos un sobre inerte que queda aplastado
entre dos manos, sin sentir nada, solo la presión de unas manos que solo nos
intentan hacer daño. Esas manos, esa presión, es la vida. El conjunto de seres
que ríen ante el patetismo de no saber explotar un sobre de tomate solo afirman
y resquebrajan un poco más la integridad de ese sobre casi invisible dentro de
unas manos opresoras. Esos seres que ríen malévolamente son la sociedad.
El pasar del tiempo en este estado de pesadez continuo es el
mayor suplicio. No se siente el paso del tiempo como un concepto particular, en
el cual te lamentes eternamente de tu desgracia, sino es una vista general,
donde ves como el tiempo vivido anteriormente y el que aún está por llegar son
tan sumamente extensos que desconoces el origen y el fin de ambos. A veces este
estado intrascendente del alma se ve afectado por los espejismos vitales, que
nos hacen pensar en la vida como algo útil, algo que nos alegra sobremanera. No
debemos confundirnos. Solo son espejismos.
El punto de vista frente a algo que creías conocido ahora se
trasviste. Todo lo que creías real, lo que creías que era lo más estable pasa a
ser lo más efímero. Por tanto en dicho estado solo apostaras por aquello que
antes te parecía efímero, dado que será mas posible que se acerque a lo real.
Lo que antes fue real y ahora es efímero nunca mas volverá a ser real, eso
queda claro. El árbol que ahora es una mesa, ya nunca mas será un árbol, o al
menos como lo era. Ya no es cuestión de perspectivas. Hasta el mismo Foucault
lo decía: esto no es una pipa. La verdad es absoluta, solo que se va
modificando según su propio contexto. Es un absolutismo falso en si mismo. El
propio pesimismo pasivo se adueña de tu forma de mirar y te absorbe las
categorías Kantianas por las que pasaban antes las formas a priori del
conocimiento.
Es en cierto modo un estado de anti-racionalismo. Comos si
vivieras en un mundo donde los cajones se abrieran del revés… Es algo tan
sumamente raro de explicar. Que un cajón se abra del revés hace que muchas
veces tengamos que estar dentro del propio cajón para poder abrirlo, lo que nos
resulta imposible. Ya buscaremos otro día la explicación a lo que esté
sucediendo.
Somos un instrumento, de eso no quepa duda. Mientras tú
quedas estático en el hueco existencialista avanzado de tu vida, los demás ríen
y se mofan de su vida trascendental con futuro proyectado a lagos y mares mucho
más grandes que tu fangoso charco. Contemplas la realidad y te contemplas a ti.
Tú estás en otro estrato. Ves que cada cosa que se posa en ti es solamente para
frenarte, para acelerar su propio avance. Eres el instrumento que todos usan.
Eso te hunde, pero no te importa. Solo el ascensor estrecho en el que habitas
baja una planta más.
martes, 15 de mayo de 2012
Aún recuerdo...
Aún recuerdo como el anhelo más profundo los versos dedicados a lo contemplé un día como AMOR. No es que hoy no lo sea, pues cada segundo que pasa veo que me es mas necesaria su entera presencia. La vals suena repetidas veces hasta el fin de la noche, aunque solo yo esté para oírla, sin que el latido de su corazón acompase esta fría y solitaria noche de invierno sentimental...
Solo pienso en ella y en todas las promesas que le hicimos al coronario: Amarnos de aquí a la Luna mil veces elevado a infinito ida y vuelta aquella noche del 1 de Octubre bajo el cielo estrellado y la brisa de sal... El perseguir con mi corcel a aquella dama para nunca dejarla escapar, cual caballero del zodiaco... Eliminar los escalones y diseñar toboganes... Viajar... ERAMOS NIHILISTAS Y VITALISTAS... ¡Qué razón tenía aquel tipo llamado Friedrich Wilhem "no se qué mas"... No creíamos en nada ni en nadie, solo en el yo, formándose de mi yo innato y el amor adquirido al vivir... Solo creíamos en la vida, en la nuestra, en la mía, siendo un YO común...
La furia brava que ayer me despertaba, hoy se convierte en tranquilo vaivén de las olas que me adormece, pero no me hace dejar de sentir cada centímetro de mi piel, esperando a que aquella sirena decida despertarme en mi laguna de pensamientos dormitados... Una gota de agua bastará para amarte eternamente.
Solo pienso en ella y en todas las promesas que le hicimos al coronario: Amarnos de aquí a la Luna mil veces elevado a infinito ida y vuelta aquella noche del 1 de Octubre bajo el cielo estrellado y la brisa de sal... El perseguir con mi corcel a aquella dama para nunca dejarla escapar, cual caballero del zodiaco... Eliminar los escalones y diseñar toboganes... Viajar... ERAMOS NIHILISTAS Y VITALISTAS... ¡Qué razón tenía aquel tipo llamado Friedrich Wilhem "no se qué mas"... No creíamos en nada ni en nadie, solo en el yo, formándose de mi yo innato y el amor adquirido al vivir... Solo creíamos en la vida, en la nuestra, en la mía, siendo un YO común...
La furia brava que ayer me despertaba, hoy se convierte en tranquilo vaivén de las olas que me adormece, pero no me hace dejar de sentir cada centímetro de mi piel, esperando a que aquella sirena decida despertarme en mi laguna de pensamientos dormitados... Una gota de agua bastará para amarte eternamente.
domingo, 6 de mayo de 2012
Divagación de una desesperación
Y los versos quedaron perezosos
Ante el gran abismo desolador.
¿Dónde están sus cabellos rojos?
¿Quién se ha llevado a mi amor?
Y las lagrimas quedaron secas
que a pares, caminos surcaron.
¿Dónde esta ese camino de pecas
que mis labios tanto buscaron?
Y el cuerpo quedó quieto y cansado
No sabe moverse en esta guerra.
Ahora, solo, feo y arrugado
No habrá nadie que lo quiera.
Y silenciosos andaron sus pasos
Los que antes subian mis escaleras
Tanto la amé y por no hacerle caso
La perdí por vida entera.
Y en la cabeza madera...
Y el corazón de piedra...
Ante el gran abismo desolador.
¿Dónde están sus cabellos rojos?
¿Quién se ha llevado a mi amor?
Y las lagrimas quedaron secas
que a pares, caminos surcaron.
¿Dónde esta ese camino de pecas
que mis labios tanto buscaron?
Y el cuerpo quedó quieto y cansado
No sabe moverse en esta guerra.
Ahora, solo, feo y arrugado
No habrá nadie que lo quiera.
Y silenciosos andaron sus pasos
Los que antes subian mis escaleras
Tanto la amé y por no hacerle caso
La perdí por vida entera.
Y en la cabeza madera...
Y el corazón de piedra...
domingo, 8 de abril de 2012
Reflexion de la más amarga resaca...
Es extraño. Es totalmente extraño el vacio que uno siente al volver de la felicidad en un estado tan puro como estube en aquellos días... No se como afrotar el silencio en el que me deja mi mente cuando reflexiono desde mi cama... Como extraño aquellos amaneceres llenos de roces, caricias y amor... amaneceres borrachos de amor, pasión, ebrios del mejor licor...
Lo peor es la resaca de una ausencia, ropas sin su olor, como diria Hernández... el abrir los ojos para sentirte solo, el sentir un frio helador en la frontera de tu cuerpo, el aspero habitar de mi piel sin otra piel, el soñar con sueños compartidos...
La pena que me invade es la de saber que quedará mucho tiempo para volver al viaje de extrema felicidad, al paseo entre las flores, al camino liviano que mas placentero me es caminar...
Estas palabras son el resultado de días magnificos compartidos contigo, Eva Meroño Martínez... Te necesito cada uno de mis dias, puesto que no podre vivir sin "mi otro YO"...
Lo peor es la resaca de una ausencia, ropas sin su olor, como diria Hernández... el abrir los ojos para sentirte solo, el sentir un frio helador en la frontera de tu cuerpo, el aspero habitar de mi piel sin otra piel, el soñar con sueños compartidos...
La pena que me invade es la de saber que quedará mucho tiempo para volver al viaje de extrema felicidad, al paseo entre las flores, al camino liviano que mas placentero me es caminar...
Estas palabras son el resultado de días magnificos compartidos contigo, Eva Meroño Martínez... Te necesito cada uno de mis dias, puesto que no podre vivir sin "mi otro YO"...
sábado, 3 de marzo de 2012
Si la vida...
Si la vida me sopla, quiero revolotear contigo,
y si la vida me empuja, solo tropezaré contigo.
Si la vida me pierde de tus brazos, me encontrarás acurrucado en tu regazo.
Y si la vida te borra los coloretes, te pintare un "te amo" a trazos.
Si la vida me desvela del profundo sueño, cántame una nana en mi cuna.
Y si la vida te silencia, en tu ventana clavelitos te cantaré con la tuna.
Si la vida me mata en su batalla, moriré pues por mi princesa.
Y sin haber tirado la toalla, besare como príncipe sus labios de fresa.
y si la vida me empuja, solo tropezaré contigo.
Si la vida me pierde de tus brazos, me encontrarás acurrucado en tu regazo.
Y si la vida te borra los coloretes, te pintare un "te amo" a trazos.
Si la vida me desvela del profundo sueño, cántame una nana en mi cuna.
Y si la vida te silencia, en tu ventana clavelitos te cantaré con la tuna.
Si la vida me mata en su batalla, moriré pues por mi princesa.
Y sin haber tirado la toalla, besare como príncipe sus labios de fresa.
sábado, 25 de febrero de 2012
Te invito.
Te invito a correr las calles de noche, a hacer miles de travesuras,
a cruzar entre los coches, a vivir contigo miles de aventuras.
Te invito a contar las gotas de rocío que se posen en la ventana.
Te invito a arroparte del frío cuando amanezcas conmigo cada mañana.
Te invito a curar mi cuerpo tras la tormenta, con tus dedos suaves,
que cuando lo intentan me reinventan y vuelo mas alto que las aves.
Te invito a disfrutar del roce del viento, a conocernos el alma,
Sin tener en cuenta el tiempo, queriéndonos con mucha calma.
Te invito a estos besos que besan, para mi princesita bonita,
la de los mofletes con pequitas y los labios sabor de fresas.
Te invito a enseñarnos nuestros universos, a poder hablarnos sin el habla,
pintándote con mi dedo en tu espalda y dedicarte cada unos de mis versos.
Te invito a mirar tumbados el cielo y ver todas las estrellas,
si me pagas con el aroma de tu pelo que me ausentan las penas.
Te invito al mejor de los licores, del que yo soy adicto.
Te invito a emborracharte de amores, del que yo salgo invicto.
Te invito a rellenar ese huequecito que tengo entre espalda y pecho.
Es pequeño, cómodo y calentito, con cuatro cavidades y un techo.
Te invito a dejar de lado la tristeza, que solo sea la corteza
de nuestra atmosfera ultraespecial, hecha de amor y sal.
Te invito a que seas la razón, la fragancia y la esencia.
Te invito a que sea tu presencia la que acelere mi corazón.
Te invito a pasar juntos infinitas privameras
Te invito a mi vida para siempre, de veras...TE INVITO.
a cruzar entre los coches, a vivir contigo miles de aventuras.
Te invito a contar las gotas de rocío que se posen en la ventana.
Te invito a arroparte del frío cuando amanezcas conmigo cada mañana.
Te invito a curar mi cuerpo tras la tormenta, con tus dedos suaves,
que cuando lo intentan me reinventan y vuelo mas alto que las aves.
Te invito a disfrutar del roce del viento, a conocernos el alma,
Sin tener en cuenta el tiempo, queriéndonos con mucha calma.
Te invito a estos besos que besan, para mi princesita bonita,
la de los mofletes con pequitas y los labios sabor de fresas.
Te invito a enseñarnos nuestros universos, a poder hablarnos sin el habla,
pintándote con mi dedo en tu espalda y dedicarte cada unos de mis versos.
Te invito a mirar tumbados el cielo y ver todas las estrellas,
si me pagas con el aroma de tu pelo que me ausentan las penas.
Te invito al mejor de los licores, del que yo soy adicto.
Te invito a emborracharte de amores, del que yo salgo invicto.
Te invito a rellenar ese huequecito que tengo entre espalda y pecho.
Es pequeño, cómodo y calentito, con cuatro cavidades y un techo.
Te invito a dejar de lado la tristeza, que solo sea la corteza
de nuestra atmosfera ultraespecial, hecha de amor y sal.
Te invito a que seas la razón, la fragancia y la esencia.
Te invito a que sea tu presencia la que acelere mi corazón.
Te invito a pasar juntos infinitas privameras
Te invito a mi vida para siempre, de veras...TE INVITO.
lunes, 13 de febrero de 2012
Palabras del viento...
Y fue con el viento, aquel viento de otoño
El que me susurró al oído el nombre de Eva Meroño.
Y fue con el frío del 18 de enero,
donde mis labios demostraron su primer "te quiero".
El que me susurró al oído el nombre de Eva Meroño.
Y fue con el frío del 18 de enero,
donde mis labios demostraron su primer "te quiero".
lunes, 6 de febrero de 2012
Las mariposas con alas de papel
Y entonces me preguntastes por las mariposas
Si al rozar sus alas, dejarían de volar.
Me dijistes que no querías ser una cosa
Que al rozar, dejaran de ser, sin más.
Sueña, soñando con las mariposas y sus alas de papel
Revoloteando tu cuerpo se posan y siempre huelen a ÉL.
Vuela al viento, libre, pero conmigo, mientras yo suplico
que no te quiten las ganas de volar, ni tu polvo mágico
Imagina ser mariposa, vestida de azul o de rosa.
Imagina nacer cada día, viendo conmigo el amanecer.
Piensa en morir cada noche, en la escapada a un parque,
entre los reboloteos de un vientre, de un recién enamorado.
Eres la luz que enciende, el amor que abrasa,
El corarón que trasciende, el alma que no cansa.
Seras el amor de hoy, el hambre de amor para mañana,
Seras mi solete que me haga despertar cada mañana.
Si al rozar sus alas, dejarían de volar.
Me dijistes que no querías ser una cosa
Que al rozar, dejaran de ser, sin más.
Sueña, soñando con las mariposas y sus alas de papel
Revoloteando tu cuerpo se posan y siempre huelen a ÉL.
Vuela al viento, libre, pero conmigo, mientras yo suplico
que no te quiten las ganas de volar, ni tu polvo mágico
Imagina ser mariposa, vestida de azul o de rosa.
Imagina nacer cada día, viendo conmigo el amanecer.
Piensa en morir cada noche, en la escapada a un parque,
entre los reboloteos de un vientre, de un recién enamorado.
Eres la luz que enciende, el amor que abrasa,
El corarón que trasciende, el alma que no cansa.
Seras el amor de hoy, el hambre de amor para mañana,
Seras mi solete que me haga despertar cada mañana.
domingo, 29 de enero de 2012
Poema a media noche
Me he quedado a dormir en el espacio de entre tu corazón y tu pecho,
Sabiendo que mi amor contigo se demuestra con palabras y hechos.
Y si el vacío frío te crea un mundo de espacios de paranoia,
ataca con un incendio de besos salvajes que nos darán victoria.
Pero escápate deprisa, deslízate como si fueras el viento
el tiempo los talones pisa y necesito tocarte con mis dedos
Apaga la luz de todos los rincones, vamos a hacer travesuras
saltar en todos los sillones y a inventarnos miles de aventuras.
Déjame llenarte de besos enterita,
Sin dejar de comernos con los ojos,
Sin importar lo que nos rodea.
Sin que el tiempo nos derrita,
sin exigirnos los antojos,
Sin saber el tiempo que nos queda.
Sabiendo que mi amor contigo se demuestra con palabras y hechos.
Y si el vacío frío te crea un mundo de espacios de paranoia,
ataca con un incendio de besos salvajes que nos darán victoria.
Pero escápate deprisa, deslízate como si fueras el viento
el tiempo los talones pisa y necesito tocarte con mis dedos
Apaga la luz de todos los rincones, vamos a hacer travesuras
saltar en todos los sillones y a inventarnos miles de aventuras.
Déjame llenarte de besos enterita,
Sin dejar de comernos con los ojos,
Sin importar lo que nos rodea.
Sin que el tiempo nos derrita,
sin exigirnos los antojos,
Sin saber el tiempo que nos queda.
viernes, 27 de enero de 2012
Vaiven de tus caderas
Esta noche maldigo al espacio,
También maldigo al tiempo
por no dejarme contigo
entre dulces soplos de viento
Y no sentir el vaivén de tu caderas,
lenta rumba con la que subes mis escaleras,
precedente con el que trasciende nuestra alma
Hasta que suena la mal nacida alarma.
Y no poder entre mis brazos acunarte
y cada noche bajo las estrellas acariciarte.
Y no dejar de pensar: un lugar para soñarte
Donde bajo el manto de nuestra cama poder amarte.
También maldigo al tiempo
por no dejarme contigo
entre dulces soplos de viento
Y no sentir el vaivén de tu caderas,
lenta rumba con la que subes mis escaleras,
precedente con el que trasciende nuestra alma
Hasta que suena la mal nacida alarma.
Y no poder entre mis brazos acunarte
y cada noche bajo las estrellas acariciarte.
Y no dejar de pensar: un lugar para soñarte
Donde bajo el manto de nuestra cama poder amarte.
jueves, 12 de enero de 2012
Tengo un lugar en la mente donde quisiera llevarte...
Tengo un lugar en la mente donde quisiera llevarte:
Donde nuestra utopía tenga rinconcitos para amarte.
Tengo un lugar en la mente donde quisiera llevarte:
Donde la luna es diferente y mi cuerpo podré darte.
Vísteme, entre tu dulce piel y el tintineo de tus dedos.
Ámame princesa, con labios de miel, y hazme a tu cuerpo preso.
Llámame si el barco se hunde e inventamos la isla para naufragar
Mírame siempre que el corazón te diga que no nos dejaremos de amar.
Viaje fantástico, al interior de nuestras entrañas,
en él serás feliz sin tener que soplar las pestañas.
Tengo un lugar en la mente donde quisiera llevarte:
Donde la Alhambra será el sitio y nuestro cuerpo será el arte.
Donde nuestra utopía tenga rinconcitos para amarte.
Tengo un lugar en la mente donde quisiera llevarte:
Donde la luna es diferente y mi cuerpo podré darte.
Vísteme, entre tu dulce piel y el tintineo de tus dedos.
Ámame princesa, con labios de miel, y hazme a tu cuerpo preso.
Llámame si el barco se hunde e inventamos la isla para naufragar
Mírame siempre que el corazón te diga que no nos dejaremos de amar.
Viaje fantástico, al interior de nuestras entrañas,
en él serás feliz sin tener que soplar las pestañas.
Tengo un lugar en la mente donde quisiera llevarte:
Donde la Alhambra será el sitio y nuestro cuerpo será el arte.
domingo, 8 de enero de 2012
Caballero vagabundo
Males de amores y faldas ocupan el pensamiento
mi corazón vuela libre, allá donde vaya el viento
Fiel es mi corazón, y demás órganos de dentro
a la mujer que me da razón y por la que pierdo el aliento.
Y aunque acabe embriagado, entre refrescos y licores
Solo un amor es pensado, el amor de mis amores.
En mi lucidez y en mi locura, no dejare de amarte,
no perderé la cordura, ni mis ojos las ganas de mirarte.
Y el valor para quererte perseguiré, cual presa
con mis ganas de verte para besar tu boca de fresa.
Y sin miedo a la muerte, pediré a dios o al sino
que sean tus labios en mi piel inerte el último destino.
Volverán los versos para mi princesa
que con sus besos cura cuando besa.
Volveré, amor mío, en mi bello corcel alado
para que quedes conmigo, para que estés a mi lado.
mi corazón vuela libre, allá donde vaya el viento
Fiel es mi corazón, y demás órganos de dentro
a la mujer que me da razón y por la que pierdo el aliento.
Y aunque acabe embriagado, entre refrescos y licores
Solo un amor es pensado, el amor de mis amores.
En mi lucidez y en mi locura, no dejare de amarte,
no perderé la cordura, ni mis ojos las ganas de mirarte.
Y el valor para quererte perseguiré, cual presa
con mis ganas de verte para besar tu boca de fresa.
Y sin miedo a la muerte, pediré a dios o al sino
que sean tus labios en mi piel inerte el último destino.
Volverán los versos para mi princesa
que con sus besos cura cuando besa.
Volveré, amor mío, en mi bello corcel alado
para que quedes conmigo, para que estés a mi lado.
jueves, 5 de enero de 2012
Reina, un lugar llamado utopía...
Dulces movimientos entre las sabanas de mi cama
Son los mejores momentos que me dedica la mañana,
El despertar de mi piel con besos en mi cuello,
El presente más bello y más dulce que la miel.
Fina melodía de piano es tu voz cuando llega a mis oidos.
Exquisito tacto el de tu mano cuando mi cuerpo ha recorrido.
Solo en pensar pienso, en tenerte cerca y solo a mi lado
Solo en querer quiero, quererte y sin tapujos condenados.
Mariposas y estrellas fugaces destellan,
Allá donde las caricias hablan solas,
Donde nuestros corazones juntos quedan,
Donde juntos recogemos amapolas.
Si marchas, dejame tu recuerdo. Si me abandonas me volvere loco
Y poco a poco sabré que tu amor, mi amor, es lo que me hace cuerdo.
Inventemos del amor una ley que para nadie sea vista.
En mi palacio seré tu rey, y tu la reina mía.
Son los mejores momentos que me dedica la mañana,
El despertar de mi piel con besos en mi cuello,
El presente más bello y más dulce que la miel.
Fina melodía de piano es tu voz cuando llega a mis oidos.
Exquisito tacto el de tu mano cuando mi cuerpo ha recorrido.
Solo en pensar pienso, en tenerte cerca y solo a mi lado
Solo en querer quiero, quererte y sin tapujos condenados.
Mariposas y estrellas fugaces destellan,
Allá donde las caricias hablan solas,
Donde nuestros corazones juntos quedan,
Donde juntos recogemos amapolas.
Si marchas, dejame tu recuerdo. Si me abandonas me volvere loco
Y poco a poco sabré que tu amor, mi amor, es lo que me hace cuerdo.
Inventemos del amor una ley que para nadie sea vista.
En mi palacio seré tu rey, y tu la reina mía.
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