martes, 23 de octubre de 2012

Mi pequeña lenteja pardina

Hoy voy a hablaros de mi pequeña lenteja pardina. Es un ser diminuto, una idea en mi mente perdida, la niña sórdida que cautiva mi mente. Es un ser muy extraño y apreciable del cual ya tenía ganas de hablar antes. No diré jamás que es lo mejor que me ha pasado en mi vida, pues también es un ente cambiante que a veces juega con la paciencia y con el paso del tiempo. Como todas las pequeñas lentejas pardinas es muy dura, pero a veces por ciertos procesos de calentamiento y aproximación puedes ver que dentro de ella existe un lugar de paz espiritual y sensibilidad que jamas había podido contemplar. Adereza su presencia con ciertos comportamientos adorables o irritantes dependiendo del estado de animo. En sus pequeñas caderas reside el dulce encanto de una niña princesa que, sin saberlo, busca a su amado príncipe. Siempre le salieron garbanzo...

Es un ser encantador, al que me animé a conocer hace ya unos años y al que tarde mas de un año en concertar una cita para saber de su voz, de su presencia, de su olor o de su risa. Puedes quedar aducido si alguna vez intentas fijarte sus ojos. Tengo la teoría de que esconden algo. Su negro cabello siempre huele bien, si no no lo mordería. Su ombligo forma espirales magnéticas por las que se forma su precioso torso tostado. Sus pies son habitados por lujuriosos ornamentos metálicos. Necesitan ser protegidos, pero no tocados. Los lugares ideales para ello son los gemelos o las espaldas, ambas totalmente ajenas a ella misma.
Cuando mi alma totalmente pasional y embriagada de su aroma consigue hablarme de ella lo hace con una extrema sensualidad que acaricia cada centímetro de piel y me hace ser uno. A veces sus gestos me cuenta que se siente un gato atrapado, que sube por los tejados, que su amanecer habita en la noche, que si se aburre admira las estrellas desde el balcón o en el coche, hasta llegar la mañana. No se alimenta de promesas e ilusiones. Nunca llueve agua para ella si no es del cielo. A pesar de que el tiempo ande revuelto jamás contemplé precipitaciones en su rostro. A veces, en limitadas ocasiones dan ganas de quedarse tan cerca de ella que corrompería su cuerpo, uniéndonos en un mismo ser. En ese momento su capa dura e inmutable vuelve hacia su mente, haciendo que todo pensamiento de ser "unos" quede como imposible.

Ella fuma. Noto los dedos acariciando el filtro y convirtiendo el tabaco intacto en un producto ennegrecido por causa del fuego. Siento que a veces me gustaría ser esa ceniza que maneja entre sus escuetas falanges.

Pienso que me gustaría hacerla feliz, pero no creo que sea posible, puesto que mis torpes movimientos a veces hacen que la dureza sea extrema, pareciendo piedra.

Alguien pensará que esto es un intento por romper esa dura capa. Nada mas lejos de la realidad. Es un arduo intento por describir esa abstracta sensación que me produce, para dejar constancia de que ella es algo bonito y no algo sexual. Ella podrá pensar "X" pero a lo mejor yo fui "Y".

Alguien me dijo una vez: "Debemos colaborar todos, por que ella es especial"
En ese momento me di cuenta de las grandes palabras que aquella persona me había dejado caer. "Ella es especial" resonaba en mi cabeza repetidas veces. La frase alimentaba mis oídos, caía lenta como una gota de agua que resonaba en el fondo de una azulada caverna acuática. Mi meta con algunas de estas palabras es delimitar, o al menos hallar esta característica que la hace ser única en el mundo, en mi vida, en mi mente.

Ella no lo sabe, pero si algún día consiguiera dejar caer mis manos sin que su mente percate que debe apartarlas, será cuando realmente haya conseguido que mi pequeña lenteja pardina traspase esa pequeña capa de dureza, abriéndola para siempre y siendo el alma libre de una niña feliz, la idea sin prejuicios, un amor eterno en una vida finita...

Si alguna vez tuve una conexión con este pequeño mundo, con esta gran idea, fue tras uno de sus enormes abrazos en los que mis fosas nasales paladeaban su esencia trascendental, su síntesis corporal, el alma desnuda de una inocente criatura... Los anhelo.

martes, 2 de octubre de 2012

Delirios de una noche otoñal

Llegó el día y la fecha acordada. En coche llegamos por los caminos otoñales de algún pueblo de interior. No había ninguna casa. El follaje creaba una cómoda y bonita alfombra de tonos marrones que hacían del bosque un lugar acogedor. Pocos minutos después apareció nuestro destino como si de la nada saliera. Una casa sola y austera donde pasaríamos los próximos días.

Tras aparcar el vehículo próximo a la casa, empezó la tarea de adaptarla a nuestro estilo. En el maletero se hallaba una caja de plástico con una selección de vinos a poder deleitarnos cada noche con uno de ellos. Recuerdo haber tenido que ahorrar para comprarlos, pues esa sería mi gran sorpresa. Aún recuerdo la cara que se le quedó estampada al ver dicho conjunto de envases vidriados de aquel majar sacado de la vid. Dejó caer una sonrisa tímida, intentando ocultar su alegría por haber sabido que aquella ocasión requería concretamente eso. Vaciló unos pequeños segundos y siguió sacando cosas del maletero que harían falta para aquella noche. Sacos de dormir, manteles, cortinas y algunos utensilios para la cocina.
También traje oculto una pequeña bolsa de alimentos que usaría en aquella cena: paté, arándanos, uvas, cerezas, manzanas y queso de cabra. Al entrar a la casa un olor profundo a madera y a producto de limpieza me inundó las fosas nasales. El salón era la parte central de la casa. En cada lado habían dos puertas: habitaciones, aseo y cocina. En mitad del salón una mesa de madera oscura, pudiendo ser de un falso vengué o simplemente un tono oscuro cobrizo. Al fondo una chimenea construida en piedra vista de colores oscuros. Todo muy armónico. Cercanos a la chimenea, un sofá de aspecto aterciopelado y a simple vista muy mullido y dos sillones del mismo estilo. Todo sobre una alfombra grande de tonos marrones, como no podía ser de otra forma. Con ilusión y en menos tiempo del estimado la casa estuvo limpia y lista para la convivencia de aquellos días. El dueño de la casa nos había facilitado la tarea, pues en dicho precio hicimos que nos incluyera una buena compra de comida, una casa limpia y agua caliente, al menos para la ducha. Con aires de cansancio ella me dijo: Iré a darme una ducha. Y se fue. Yo mientras pensé en coger leña de la cabaña anexa a la casa y hacer un fuego, pues aquella noche sería fría. O eso creía yo. Pensé también que dada la hora no sería mala idea de empezar a preparar la cena. Esa noche usaría el horno para preparar aquella receta que tanto había pensado y medido. Cogí el solomillo de cerdo, cortesía de la casa, y en su interior lo llené cuidadosamente de paté y queso de cabra. Luego cerré dicho solomillo y lo até con hilo de cocinar, dejando el filete en forma de rollo. Realicé la misma operación tres veces mas, pues supuse que aquella noche estaría hambrienta tras el trabajo de la llegada. Entonces investigué como se encendía aquel horno viejo y obsoleto. Cuando aquel artefacto parecía que escupía fuego, entonces introduje en él los cuatro rollos de cerdo bien atados. Solo quedaba esperar. Mientras mi cabeza pensaba, el grifo de la ducha se cerraba y oía a lo lejos unos pequeños pasos que se movían descalzos por el suelo de madera. Entonces vino a mi mente: Arándanos. Rápidamente cogí la bolsa que previamente había utilizado y saqué los arándanos... Pero ¿Qué debía hacer con ellos? ¡YA LO TENGO! Cogí una olla mientras los arándanos se remojaban y le puse azúcar mientras se calentaba. Todo iba deprisa, pues odiaba que cuando yo hiciera una comida alguien la adivinara antes de que llegara la hora de comérsela. Eché dicha fruta en la olla y la mezclé cuidadosamente para no romper ninguno. Aquello empezaba a tomar color, un color marrón que pedía a gritos que fuera disuelto en agua. Añadí un vaso de agua a la receta casi improvisada. El olor que emanaba de aquella olla me podía asegurar una victoria absoluta con el plato elegido. Cuando el color de aquel mejunje fue de un tono violeta apagado y oscuro aparté la olla del fuego y fui a ver los solomillos, pero aún les quedaban unos cinco minutos. Entonces otra idea se me vino a la cabeza. Cogí una manzana y la partí en rodajas no muy finas y cuando tenía unas cuatro rodajas les vacié el corazón en forma de circulo, dejando el tamaño justo para introducir unos redondos de queso de cabra. Los dejé apartados en el horno para impedir que el jugo cárnico que fluía por la bandeja mojara esa conjunción de queso con manzana. Con una cuchara empecé a apartar con cuidado el espeso jugo que habían dejado los arándanos en la olla hasta dejar el pellejo de los arándanos en la olla y toda aquella salsa en un recipiente que condecoraría la mesa. Apagué el horno, dejando las bandejas dentro para que mantuvieran el calor.
Salí al comedor. Todo estaba en silencio, a excepción de algo. Tuve que agudizar el oído para oír aquel pequeño silbido que procedía de la habitación. Aún se podía oler su champú. Aún tenía tiempo de poner la mesa. Tenía el mantel puesto, pero faltaban utensilios y demás complementos. Dejé una barra de pan cerca de la chimenea, que por su viveza nos aseguraba no apagarse hasta que le faltase madera. Fui a por los vasos y un par de cuchillos y tenedores. Los platos los llevaría yo personalmente con la cena en cuestión. Me detuve. Falta algo... Cogí los vasos y los retire de la mesa. Saqué dos grandes copones y una de las botellas de vino que había traído. Esa noche era noche de tinto. Lo pedía la casa. En un descuido miré por la ventana y pude ver que el tiempo era lluvioso. Perfecto. Cogí el pan, ya caliente, y lo dispuse partido en la mesa. Saqué la salsa de arándanos improvisada y la dejé en la mitad de la gran mesa, que quedaba expuesta en mitad del salón.
En ese momento sonó el pomo de la puerta de una de las habitaciones. Yo fijé mi mirada. Esperé a ver la impresión de su presencia. Me dejó alucinado. Su flequillo liso y sus tirabuzones a ambos lados de la cabeza hacían de aquella chica una mujer en toda regla. Un elegantisimo jersey con botones, acorde al tiempo de frío, negro de cuello vuelto y unos pantalones negros a juego. En los pies se había puesto unas bailarinas blancas que la hacían parecer aún a esa pequeña niña que llevaba dentro. Aquellos labios tenían un rojo intenso, mas intenso que el fuego que abrasaba los troncos de madera. Ella me preguntó por la cena y yo le contesté con un amable gesto para que se sentara, apartándole la silla y ayudandole a tal cosa. En seguida fui a la cocina y cogí dos platos. Saqué del horno, aún caliente, los solomillos rellenos y las manzanas con el queso.Desaté las cuerdas que sujetaban la carne con sumo cuidado. Todo estaba en su punto. Dejé en la mitad del plato los dos solomillos y un poco mas apartados, las rodajas de manzana con el queso. Salí de la cocina y lo que vi fue a una niña curiosa mirando la salsa de arándanos con cara de duda. Si hubiera tardado unos segundos mas la habría pillado con el dedo en la tarrina. Interiormente me reí. Deje enfrente de ella su plato y luego me serví el mio. Ella lo miro extrañada y luego me miro a los ojos y dejo ver una pequeña sonrisa. Supuse que era de su agrado. Fui nuevamente a la cocina. Saqué el sacacorchos y comencé a abrir la botella de vino. Ella me miraba como si aquello fuera un espectáculo. Le pregunté: "¿Qué te parece?" Ella me contestó: "Tiene todo muy buena pinta." Me levante de la mesa y cogí el recipiente de salsa de arándanos y le pregunté si era de su agrado. Ella accedió a que le echara. Vertí un poco de aquella salsa en su plato. Posteriormente hice lo mismo con el mio. Esperé atento a que ella diera el primer bocado. Su cara fue de autentica sorpresa a la que acompañó con el comentario: "Está riquísimo. Me tendrás que dar la receta."

La cena transcurrió sin muchas palabra. Los gestos fueron el único medio de comunicación. Eran más que suficientes. Su mirada penetrante y traviesa hacían combinación perfecta con su sonrisa profusa, lo que me hacía pensar que pasaba algo de lo que yo no era consciente y podía ser gracioso. En algún momento llegué a pensar que tendría un poco de salsa de arándanos por la cara o el mentón, pero prefería no cometer ninguna torpeza delante de ella. Sus gestos competían con los míos: por otro lado estaba mi mirada fija, observadora y penetrante. Mis labios estaban apretados y estoicos. En ese momento una dulce música sensual comenzó a sonar. Entonces me di cuenta de que su copa no tenía vino. Cogí la botella y le serví lo que consideré estimado. "Muy observador" me dijo tras haberle servido el vino. Empecé a sudar. El efecto del vino y la estufa estaba haciendo mella en mi frente, llena de gotas de sudor. Cuando me fui a dar cuenta ambos habíamos acabado de cenar. "Todo estaba exquisito. ¿El chef prevé alguna especialidad más?" Intenté contestar lo antes posible, pero una ola de calor abrasador me traspasó por todo el cuerpo, lo que me dejó algo descolocado y confuso. "Ahora toca el postre. He traído algunas frutas que creí que te gustarían." Sonrió de nuevo y me miró, esperando de mi la intención de traerla. Con sumo cuidado recogí los platos y me retiré a la cocina. Deposité en una bandeja las uvas y las cerezas colocadas estratégicamente. Atusé mis cabellos, por si alguno había quedado descolocado y con la bandeja en la mano salí de la cocina. Ella continuaba expectante en la mesa, esperando con un cierto aire de impaciencia que yo trajera el postre. Coloqué en mitad de la mesa el recipiente de las uvas y las cerezas, apartando previamente el bol que contenía los dulces arándanos. Me senté en mi sitio y me dispuse a observarla. Miraba con cierta timidez al bol. No sé si había acertado, pero al menos había llamado su atención.
Tímidamente asomó su mano y cogió una de las cerezas que estaba mas alejada del grupo. La miró y, con mucha calma, se la comió. Creó que pude analizar en su cara como intentaba escrutar el sabor de aquella cereza, como si de un intenso manjar se hubiera tratado. Esto me causo cierta gracia, pero mis gestos continuaban sin dar la cara, inexpresivo. Yo me animé y cogí una uva. Me la introduje en la boca sin muchas contemplaciones. Observe que mi copa estaba vacía y la suya estaba a camino de estarlo. Cogí la botella y le rellene generosamente su copa. Ella me dijo: "¿Acaso quieres emborracharme?" Yo, ágilmente, le contesté: "Si lo quisiera hacer ¿Sería algo malo? y si realmente lo quisiera hacer ¿No crees que yo también estoy bebiendo excesivamente?" De sus labios salió una sonrisa, pero demasiado corta. ¿Habré sido demasiado borde? No lo creo, pero tampoco he hecho un comentario con una sonrisa en la boca ni la he agregado al final. ¿Se habrá cabreado? Bueno, espero no haber sido muy cruel... No lo he sido... pero... ¿Seguro?

Tras habernos saciado de cerezas y uvas me dispuse a recoger la mesa. Apuré el vino que quedaba en la botella y lo vertí sobre su copa. Ella me miró con cara de "¿Y tú no te echas? Me quieres emborrachar" Yo sabía que ella era lo suficientemente consciente como para saber cuando debía beber o cuando no. Si seguía bebiendo era cosa suya.
Regresé a la cocina y deje en el fregadero una pila de platos, que contenían los cubiertos. Fui donde había dejado el vino y cogí otra botella de tinto al azar y le quité el envoltorio, pero sin descorcharla. Volví al salón. Ella estaba ligeramente recostada en el sillón, habiendo dejado su sitio en la mesa como ausente. En ella quedaban las uvas, las cerezas y una botella de vino vacía. Decidí que sería buena idea acompañarla en la observación del proceso de combustión que allí mismo se producía. Ocupé el otro sillón de plaza única. Mientras, ella me observaba con una mirada que volvía a ser traviesa. Tenía una rara sensación. Por un lado la sentía como a un ser cercano que me producía buenas vibraciones, energía positiva y todos esos rollos que se sueltan ahora por la televisión. Televisión... No había televisión. Creo que ese sería el menor de los problemas con ella, tan grandilocuente... pero que aún no había despegado el pico. Siguiendo por lo que iba diciendo, ella también me producía una sensación de respeto, frialdad y cierta distancia. Esas dos posiciones iban moviéndose y negándose unas a otras, como el agua y el aceite niegan a mezclarse para dar una misma solución. No tenía nada claro, estaba confuso. Mientras todo esto pasaba por mi cabeza ella tenía una mirada fija, pero no sería. Tenía un cierto estatismo combinado con un deje travieso. "¿No piensas abrirla?" "Esperaba que tú me lo dijeras, no quería emborracharte" Esta vez si reí, pero ella no me contestó. Fui a por el abridor y le pregunté "¿Quieres abrirla tú?" "No, te dejo los honores" dijo secamente. Cogí la botella y la comencé a abrir. Notaba su mirada posada en mi hombro, como si fuera a soplarme muy lentamente cerca del cuello con ese aire de sensualidad que me arrasó cuando la vi salir de su habitación. Cuando abrí la botella la miré fijamente y de repente volví a sentir ese calor que antes me abrasaba, con la pequeña diferencia de que ahora me seducía. La miré intensamente, como si intentara sacar una síntesis de su cuerpo. En ese momento vi en ella una sensualidad abrumadora mezclados con matices puramente intelectuales. Me acerqué a ella y le serví más vino. Ella alzó la copa cuando le serví la cantidad correcta. Cogí mi copa y realicé la misma operación. Me senté en el sillón y contemplé el fuego. Su sonrisa penetrante y calidad, ausente de toda frialdad anterior, amenizaba nuestra cita, mientras las chispas producidas por la leña que se consumía por el fuego alimentaba mis oídos ansiosos por sus palabras. Quería que me enseñara, que me dijera, que me mostrara todo lo que había ocupado su mente. "Enséñame" decía mentalmente. "Quiero que esta noche me enseñes todo lo que sabes... aunque sea a matar" El deseo de conocer todo de ella me invadía, como el calor que profundizaba por mi cuerpo hasta llegar a mis huesos. "¿Estás preparado?" Me dijo. "¿Para qué?" "Pues para la esperada charla filosófica." "Estaba deseando que lo dijeras" En ese momento me levanté. No sé que me impulsó a hacerlo, pero una vez de pie me sentí inútil. Tan disimuladamente como pude me aproximé al sofá de aspecto aterciopelado y me deje caer.
En ese momento la miré. La atmósfera había cambiado. Ahora me sentía como en el interior de un gran violín. Era absurdo, todo lo era en ese momento. El vino hacía su efecto y mis parpados se volvían mas pesados y casi llorosos de mi sudor interno que se estaba viendo calmado. Me encontraba dentro de aquel violín que tocaba un vals lento y triste. Estaba relajado, pero todo seguía silencioso. Volví a fijarme en su cara, la cual esperaba alguna respuesta por parte mía. "Piensa, piensa, piensa" Me repetía mentalmente en un intento de decir algo acorde a la situación. Noté una presencia a mi lado. Cuando fui a mirar al sillón, ella no estaba allí... Estaba a mi lado. Mi corazón dio un vuelco. No sabía que decir.. estaba asustado. "Di algo, vamos, rápido ¡PIENSA!" seguía mi debate mental por que yo reaccionara. "Me encanta cocinar" dije en voz alta mientras que en mi mente sonaba en voz alta "Eres realmente inútil... No tienes solución." ella sonrió exageradamente, con cierto aire de telepatía, como si hubiera concordado con alguno de sus pensamientos. Bruscamente me agarró de la mano y se acercó a mi oído y dijo en un suave susurró: "Dijiste que me cocinarías... ¡Cociname!
Arrebatadamente la agarré entre mis brazos y me levanté con gran fuerza. Fui como pude hasta la mesa donde habíamos cenado y aparté las cosas con una mano. La deje en la mesa lentamente, tumbada. Ella se quedó perpleja, pero con una media sonrisa, esperando ver mi respuesta. Desabroché con calma y naturalidad los botones de su jersey negro, dejando todo su torso al descubierto. Cogí su copa de vino, que aún tenía en la mano y la apoyé en uno de los huecos que había libre en la mesa. Me coloqué de rodillas entre sus piernas y cogiendo la copa de vino derramé una gota en la mitad de su vientre. Dejé la copa de vino en un lugar seguro y me aproximé a la gota. La olí. Tenía un olor tan intenso, mezcla de diferentes olores: canela, chocolate, menta... Inspiré de nuevo el olor que dejaba aquella gota de vino en su cuerpo... Cerré los ojos. Deje que en mis fosas nasales entrara todo el aroma posible, que mis pulmones se llenaran de todo lo que rodeaba a aquella gota de vino. Si saber el motivo acerqué mis labios a aquella gota de vino y pase lentamente la lengua, notando como los músculos del vientre se le contraían al notar el tacto de mi lengua. Al terminar de pasar la lengua, dejé plantado un beso, a unos centímetros no muy exactos mas arriba de aquel vientre. Me bajé de la mesa y me senté a uno de sus lados, habiendo cogido el recipiente de la fruta. Cogí una uva y la deje en su mano, que quedaba apoyada en la mesa. Su cara estaba estática a la par que calmada. Tras contemplarla unos segundos continué con aquella receta. Me acerqué a su mano y seguí el mismo procedimiento. Olí cautelosamente su muñeca. Esta vez la sensación era diferente, pues había echado en sus muñecas algunas gotas de perfume. A pesar de que el olor fuera artificial, que no fuera de su propio cuerpo, era un olor elegante y que le daba, a pesar de una rigidez innecesaria, una pasión comedida. El descubrir el rincón donde ella vertía su perfume fue morboso, como si al descubrir aquello pudiera mirar por un pequeño hueco al cajón oculto de tus detalles secretos, tus pasiones desconocidas o tus manías extrañas. Continué con la tarea de inhalar todo rastro inhalable de tu mano. En ella encontré algún decorativo: un anillo y una pulsera. Con una precisión milimétrica desaté la pulsera y descoloqué el anillo de su dedo. Jugueteé con la uva, moviéndola por toda la extensión de su palma. Observé en dicha palma las arrugas que se formaban bajo sus dedos. Acerqué su palma a mi cara e hice que la yema de sus dedos palpara lentamente mi mejilla. Noté como se estremecía, como buscaba el tacto de mi piel contra sus dedos. Lentamente fui acercando mi boca a la uva. Cuando mis labios la rozaron la mordí, empapando su mano con unas pequeñas gotas de zumo de uva. Tragué con la mayor calma que pude y observé las gotitas que habían caído sobre su mano. Introduje mi lengua en el cuenco de su mano, lo que provocó una reacción de susto, pero que se fue calmando y haciendo del roce de sus dedos un tacto erótico. Mientras yo quitaba todo resto de zumo de uva, ella, con mucho disimulo rozaba mi cara con sus finos dedos, lo que me hizo saber que iba por buen camino. Cuando pasó un tiempo y noté que su mano empezaba a casarse de masajear mi cara, cogí de nuevo el bol de frutas y elegí una cereza, la del rojo mas intenso. Fui donde estaba colocada su cabeza y le quité sus gafas, lo que despertó en ella una gran expectación. Rocé su barbilla con el propósito de que sus labios sujetaran la cereza, lo que pareció entender. Con la cereza sujeta con la punta de los dedos la deje posada suavemente entre sus labios. Lo que no esperaba es que ella la aferrara entre sus dientes, como símbolo de conformidad ante este juego erótico de cocina improvisado. Me coloqué sobre ella, poniéndome de rodillas entre su cintura. Acerqué mi cara a su cuello y, con un simulacro de infarto que me estaba proporcionando el corazón, me dispuse a oler su cuello, aquel con el que había fantaseado tantas y tantas veces. Esta vez el olor a perfume estaba también presente, pero su fragancia corporal luchaba notoriamente por derrotar a la esencia artificial. Estuve un buen rato paseando a mi olfato por las colinas de sus hombros. Me dí cuenta que llevaba un collar, en cual tardé escasos segundos en desatar y apartar. Todos los aparatos y ornamentaciones eran sobrantes en este juego culinario. Pronto mis ojos se fijaron en los suyos, como la mariposa que se deja posar. Con una suavidad extrema rocé la cereza con mis labios, lo que dejo en ella una sonrisa algo nerviosa. Estaba poniéndose nerviosa. No se si aquello era bueno o malo, pero al menos me seguía el juego. Poco a poco fu acercando mi boca a la fruta que la suya sostenía, intentando que al menos mis dientes llegara. Mordí con suma cautela la cereza, dejando caer un pequeño río color pasión hasta sus labios, pintados con una precisión perfecta. En ese momento mi cabeza dio un vuelco y el calor se apoderó de todo mi cuerpo. Estaba ardiendo en un sentido literal, pero también metafórico. La deseaba. No deseaba a otra mujer, la quería a ella. El juego que corría por mis venas se transformó en un beso, dejando la cereza espachurrada entre nuestros labios, dejándola de testigo de aquel acto de pasión exaltada. Ella no se quedó quieta. pues acarició la parte trasera de mi cabeza, haciéndome estremecer en un estado casi absoluto. Su roce me causaba una sensación de frío intenso que me unía a ella, lo que contrarrestaba con el calor que sentía por ella. Divina fusión de temperatura que me hacia subir hasta lo mas alto del cielo imaginando una eternidad en sus brazos. Cada movimiento suyo, cada giro, cada pliegue de su piel me transportaba a un universo paralelo a base de sucesivos flash-backs. Mas que un beso pasional parecía la separación de dos mundos creados en una casa en un remoto lugar vete tú a saber donde. Por un lado el calor frío, el helado calor de sus besos y las sensaciones de suma pasión que me traspasaba por aquellos labios dulces y carnosos aderezados con el zumo de una cereza. En segundo lugar una sucesión de pensamientos trascendentales que me indicaban que agarrara a esa mujer, que ella era la mujer de mi vida, con la que podría compartir muchos de los sueños que había esbozado en mi mente: Tener una sala dedicada solo a los libros, tener un huerto propio, tener pasiones culinarias compartidas, una vida. Mi vida con ella. La cabeza no paraba de darme vueltas en torno a esos dos mundos. Pero en un momento todo se paró. Ella separó sus labios de los míos y con una mirada seria me dijo: "Que hemos llegado al hueso" y rompió a reír. En ese momento enfurecí, pero de pasión. Le terminé de desabrochar su elegante jersey con pose sería pero deseosa de que su cuerpo desnudo me iluminara. Desaté los botones que correspondían al pecho y deje que la suave tela de seda se deslizara hasta mostrarme una preciosa lencería de encaje negra que quedaba en total armonía con su cuerpo. En su cara también quedaba reflejada el ansia de rebozarnos juntos en el mismo espacio, de regalarnos caricias que nos tocaran el alma, ansiosa de ser. Fuera de todo acto pasional y deseo carnal, la deseaba, la quería. Ella me miraba y yo, en respuesta a sus miradas acaricié su cuello. Ella soltó un ligero gemido, lo que me hizo recrearme en esa caricia, arrastrando su piel y sintiendo cada centímetro que mi mano avanzaba por su cuello y sus hombros. Mi mano topó con el tirante de aquella obra de arte que ocultaba su pecho, lo cual hizo que lo apartara para seguir con aquella caricia. Baje los dos tirantes y con ambas manos masajee desde su cuello hasta sus hombros, dejando cubierta con mis manos toda extensión de su piel. Mis manos empezaron a acariciar su costado y una nueva oleada de calor intenso me hizo besarla de nuevo con una pasión desbordante. Mientras nuestros labios se juntaban y recorrían los labios ajenos, mis manos traviesas se dirigieron a su espalda, terminando de desabrochar aquel adorno que me impedía ver su desnudez. Salió con naturalidad, dejándola desnuda ante mis ojos. Sus pechos eran de belleza exclusiva, coronados por dos círculos rosados. Me quedé mirando fijamente a ambos senos, pero con una mirada lisonjera. Mi parte pasional deseaba rozar toda piel cuanto aquellos bellos montículos tuvieran. Mi parte mas trascendental veía en aquellos senos una fuente de vida, aquello que alimentara a los seres engendrados del mismo vientre. En ese momento mi lado trascendental se apoderó de mi cuerpo, haciendo que el lado pasional quedara ligeramente apartado. En ese instante la abracé. Intenté trasmitirle los sentimientos positivos que me había aportado ver el seno de una mujer de una forma tan natural, sin ninguna connotación lasciva. Con la misma mirada que un hombre puede emocionarse al ver a una madre darle el pecho a su hijo en un parque, con la misma mirada enternecedora que merece un niño que duerme tras haber sido alimentado. Tras un shock, mi cabeza volvió al mundo donde estaba, con ella, despojada de todo lo que protegía su torso y con unos labios que, a pesar de su frialdad anterior, ahora buscaban a los míos. Y eso me gustaba. Mi parte pasional volvía a base de bien. Enredé mis dedos entre sus cabellos rubios y acerqué a mis labios su cara, todo con pasión y cuidado. Volví a besarla. Pero esta vez fue diferente, fue un beso de aviso, para que supiera que mi obra maestra de confitería había sido cocinada, que al pastel le tocaba salir del horno. Era la hora perfecta para devorarla. Agarré sus corvas y las pegué a mi cintura. Ella anudó sus brazos automáticamente alrededor de mi cuello. Me levanté con un poco de dificultad, pero conseguí mantener el equilibrio, que cada vez empeoraba debido al vino. Cogí la botella de dicho manjar y me introduje en una de las dos habitaciones.
Cuando entré estaba totalmente helada, lo que me cercioró que era buena idea haber traído el vino. La dejé en la cama de sabanas blancas a juego con las cortinas con cuidado de no volcar la botella. Crucé la habitación y me acosté al otro lado de la cama, junto a ella. Le posé la boca de la botella en sus labios y ella abrió la boca. Deje pasara un fino hilo de vino, pues no quería causar allí un holocausto de la vid. Ella comenzó a beber. Debía estar sedienta, pues dejó la  botella con tres dedos de altura. Yo terminé de rematar la botella de un trago. La dejé en la mesilla y me acurruqué junto a ella. Estaba totalmente helada. Su piel estaba erizada y ella me miraba de nuevo con cara traviesa. Comencé a besarla. pero muy dulcemente, como si estuviera degustando un pastel de nata, pues al fin y al cabo eso es lo que había creado. Ella era mi pastel de intensos olores afrutados y de dulce paladar. Mi mano, traviesa nuevamente, se deslizó mas abajo de su ombligo, tropezando con el botón que sujetaba sus pantalones negros. Ella gimió levemente, por lo que bajé mi mirada y con ambas manos desabroché el botón de dicho pantalón. Deslicé suavemente la tela del elegante vaquero negro hasta sus tobillos, lo que mi hizo tener que incorporarme para desatar sus bailarinas. Cuando me fijé en sus piernas recordé que la lencería era a juego, pero eso ahora era un detalle muy puntual para una mente llena de pasión y vino. Desaté las dos bailarinas y las dejé en el suelo a los pies de la cama. Quité los pantalones tirando desde los talones y los doblé como pude. Ella permanecía inmóvil con las manos en sus senos y con una media sonrisa. Seguía contemplando lo que yo hacía. Apoyé mi codo en la cama y me quedé de medio lado mientras la seguía observando. Mi mano avanzó hasta sus caderas e hizo que nos acercáramos ambos para un nuevo beso, esta vez sin excusa de ningún tipo. Ni frutas de por medio, ni ataques de pasión... Era por el ligero cariño que yo, al menos, le había cogido a sus labios, por la comodidad que sentía cuando aquellos rojos pasionales me dedicaban una cita en la soledad de los míos. Mis labios cogieron de nuevo la tangente de su cuello, pero esta vez todo fue a mas, pues ella estaba completamente desnuda, y yo no me había quitado nada. Bajé hasta la mitad de su pecho entre besos y mordiscos. Con mi lengua empecé a recorrer sus senos desnudos y erizados. Y allí estaba aquel círculo rosado que coronaba su pecho. Lo introduje entre mis dientes y con delicadeza comencé a morderlo. Ella agarró mi cabeza con decisión y me tiró del pelo con un alto grado de excitación, lo que provoco una respuesta inmediata en mi. El calor volvió. Era sofocante. Me desaté mi camisa negra en un momento y me quité el cinturón. Ella tenía un dedo entres sus dientes, que mordía de forma erótica. Desabroché mis pantalones sin llegar a bajármelos. Baje mi cabeza y comencé a rozar mi cuerpo contra el suyo mientras la besaba. Mi beso fue cortante, pues tras unos breves segundos arranqué mis labios de los suyos y bajé de nuevo por su cuello hasta llegar a su otro pecho, el que comencé a tocar y a apretar, lo que hizo que volvieran sus gemidos. Mi otra mano se ocupó del otro pecho, lo que hizo mella en sus gemidos; mas constantes y mas potentes. Mientras mi lengua jugueteaba por su vientre con la compañía de mis dientes que mordían de imprevisto. Mi cabeza fue bajando hasta toparse con el último obstáculo de su desnudez, el cual fui suavemente deslizando hacia abajo. Notaba cierta oposición, no sé si por la postura, si por su decisión o por la torpeza del vino, pero nada me impidió dejarla como vino al mundo... Estaba desnuda. Totalmente desnuda en mi cama. El calor se apoderó de mi con mas furia y coraje que antes... Esta vez me pedía cosas. Me pedía pasión, me pedía amor... Me pedía sexo. Abrí sus rodillas, dejándola sin ningún tapujo ante mis ojos. Pude contemplar la enorme belleza que albergaba su cuerpo.
Pude observar como sus ojos me abrazaban y me hacían sentir arropado. También sentía un intenso calor fuego que me hacia derretirme en forma de sudor.
Me acerqué a sus labios y suavemente la besé. La besé por todo el cuerpo, mientras mis manos se apoyaban en sus muñecas ligeramente. Ella me rozaba con sus delicadas piernas y me atraía hacia su interior, lo que no pude rechazar en un acto de total fogosidad y pasión. Fuimos dos y uno al mismo tiempo mientras nuestros sentidos y sensibilidad se exacerbaban hasta niveles infinitos. Nuestros cuerpos se movían al mismo compás, al unísono que nuestros ojos se devoraban recíprocamente. Nuestras bocas también se unían para corroborar que ese lazo no se rompía, haciendo que los besos fueran aliciente el incendio de tal magnitud que se estaba produciendo. Nuestros cuerpos se contorneaban al son que el cuerpo del otro se separaba. Notaba que un breve hilo de voz agudo e intermitente acompasaba mi ritmo. Eran sus gritos. Pronto aceleré mi movimiento, haciendo que ese grito dejara de ser intermitente, para ser casi continuo. Yo comencé a sentir algo muy extraño que jamás había sentido, pues mi cuerpo comenzaba a ser una pieza sensible que se adhería a otro cuerpo con las mismas sensibilidades. Poco a poco esa sensibilidad iba en aumento, al son del calor corporal que la situación daba. Teníamos algo nuestro. Nuestra temperatura. Teníamos la temperatura igualada, siendo cuerpos empapados en placer y sensibles al movimiento. Esa situación me hizo sentir insignificante, contrapuesta por la gran excitación. Ella me agarró del cuello rodeándome con sus brazos y giró su torso, con lo que yo me acosté y ella se dejó caer encima de mi. Por lo visto iba algo afectada por el alcohol. Ella maniobró para quedar colocada en una posición correcta. Comenzó a bailar, haciendo mover su cadera, mientras yo rozaba su espalda y daba caricias apretando con la yema de los dedos. Nuestros cuerpos volvían a fusionarse, a ser uno, a bailar con el canto delirante que ella pronunciaba. Era casi hipnótico.
Fueron momentos de autentica fogosidad, de puro vitalismo, un viaje intimo al mundo mas hedonista: su piel contra mi piel. En un momento todo se movía muy deprisa, nuestros cuerpos, aquella habitación, la ventana, hasta la cama parecía dar vueltas acompasadas. Entonces todo fue blanco, dejando mi mente y la suya extasiada en un paisaje totalmente blanco. Ella desnuda frente a mi, desnudo también. Sus labios, aún rojos, me besaron. Ella me miro fijamente y ambos comenzamos a gritar. El paisaje blanco desapareció de nuestras mentes y volvimos a esa cama donde terminaron mudos nuestros gritos, en una explosión de sudor, besos y caricias corporales.

Ella quedó tumbada sobre mi, en lo que parecía en un estado de nirvana absoluto. Yo quede mirando al techo fijamente, mientras ella se acomodaba a mi cuerpo, quedando totalmente rendida. Coloqué mis manos en su espalda empapada y comencé a sentir su respiración, la cual se acoplaba a la mía. Nuestros latidos ahora eran lentos y profusos, como si el exceso de velocidad se contrarrestara con ese periodo de calma excesiva que nos había proporcionado aquella desmesurada situación.
Quedamos expandidos y expuestos a nuestra propia desnudez.
Ella tenía los ojos cerrados y parecía estar durmiendo debido a su profunda respiración. Ella se apartó de mi torso y ocupó el lugar contiguo al mío. Yo, disimuladamente, salté de la cama y recogí todo el jolgorio de ropa que habíamos dejado esturreada por la casa. Cuando ordené la habitación abrí la puerta que daba al comedor e intenté cerrarla suavemente. Antes de que la puerta se cerrara oí un "No tardes, ¿vale?" como último susurro antes de cerrar.