Sus
grandes ojos color azabache y el sabor de aquella amarga mañana expresaban el
sentimiento más confuso en aquella despedida. Jasmine, habitante de un pequeño
pueblo de Marruecos vivía en esos momentos una profunda pena por dejar en aquel
momento su hermosa tierra temporalmente. Su lugar de residencia para aquel
tiempo sería Granada. Viajaría a España, siendo acogida por otra familia. Jasmine
era una joven entusiasmada por la
Filosofía, pues estaba estudiando apenas un año y cada día
estaba más enamorada. A pesar de sus ímpetus por descubrir un mundo nuevo, en
ella se ocultaba un cierto temor por saber que le depararía en España o en que
tipo de casa viviría aquellos días. ¿Sería una familia numerosa? ¿Viviría con
una mujer anciana? ¿O pararía en una casa de jóvenes estudiantes? Todo era
confuso en su pequeña cabecita. Llega el momento de partir y un nudo ata su
estomago y su corazón. Mientras sus ojos, cual río, desemboca un mar de
lágrimas que su madre limpia con cuidado y acaricia su tez morena.
Jasmine
no sabe si está preparada para aquella aventura, pues viene de Asilah, un
pueblo profundo, demasiado costumbrista y algo cerrado, pues ella misma lo
reconoce. Tuvo mucha suerte, pues cayó en una familia tradicional, fue hija
única, por lo que también fue el objeto de toda atención en casa. Sus padres,
atraídos por las ideas innovadoras de occidente, siempre apoyaron en todo lo
que pudieron y se cercioraron de que su futuro fuera prospero. A veces se
sentía privilegiada debido a su posición con respecto a sus amigas. Las veces
que ellas venían a su casa a tomar té le contaban en lo que empleaban el día:
hacían comidas para sus maridos o padres, se ocupaban de todas las tareas de la
casa y cuidaban de los más pequeños. A pesar de todo en su boca siempre brillaba
una sonrisa, pues se sentían poderosas. Ellas eran respaldo de su marido y el
gran pilar donde se apoyaba la casa. Sin embargo Jasmine pensaba diferente,
ella quería volar, ser libre, sentir el aire en sus mejillas color canela.
Pero
pronto volvió en sí y recuperó la visión de su madre, una bella mujer de quien
heredó aquellos hermosos ojos azabaches. Un poco más atrás estaba su padre con
aire pensativo. Era un hombre serio y de grandes dimensiones. Su cara se veía
poblada por un gran bigote. Gracias a su padre ella era una de las pocas niñas
que aprendió a leer con prematura edad. Dejó en su hija todos los conocimientos
posibles, que él había aprendido en los libros. Las tardes se las pasaban
charlando de literatura, filosofía, geografía, cultura o de cualquier
trivialidad que se les ocurría. Gracias a él conoció a Averroes, Avicena,
Platón, Cervantes, Shakespeare, Lorca, Moliére... Y una infinidad de libros y
autores que poblaron sus noches de lectura.
Ahora
solo quedaba colocar su maleta en la estantería de su compartimento de bus.
Ella seguía mirando a su familia mientras el cristal del autobús se empañaba
del calor que desprendían sus grandes ojos, humedecidos por las lágrimas. El
vehículo arrancó, y con ello arrancó un trocito de corazón de Jasmine, junto
con la tristeza, la hicieron sumirse en un profundo sueño.
Despertó
con el ajetreo de los equipajes. Cuando entreabrió los ojos pudo ver que su
maleta estaba en el lugar que la había dejado. La gente bajaba para montarse en
el barco que los llevaría a la península. Jasmine estaba algo resentida de la
espalda, pues el viaje no había sido muy como, aunque habría dormido casi todo
el trayecto.
La
llegada a la península y el cruce de la aduana se le hizo interminable, pues el
cansancio y la incomodidad del transporte aumentaban su ansiedad por llegar. El
autobús que la llevaría a Granada era más confortable y tenía un toque de
ambientador pino. Se dejó caer en su asiento y sin apenas ganas observaba el
paisaje del país vecino.
Cuando
despertó sintió que el autobús estaba totalmente parado y un ruido comenzaba a
poblar su interior. Ya habían llegado a la parada. Al fin, después de tanta
desidia, había llegado la hora de estirar las piernas y dejar definitivamente
el transporte. Bajó con los oídos taponados y contempló una estación oscura
donde se apilaban una veintena de vehículos. Pronto buscó la salida de aquél
lúgubre lugar. Tras pasar unos cuantos pasillos, algunas tiendas de libros y
escaleras mecánicas, encontró la salida. Un sinfín de coches, taxi y más
autobuses se abarrotaban en la puerta. Pronto pudo ver a una chica joven que
sujetaba un cartel con su nombre en letras mayúsculas: JASMINE.
Se acercó
temerosa y la saludó.
- Hola,
soy María. Tú debes ser Jasmine ¿No? – dijo con voz viva pero cautelosa.
- Si. –
dijo secamente, pues se ruborizó de pies a cabeza y la vergüenza se apoderó de
su cuerpo.
- Pues
vamos que el taxi nos está esperando.
Sin mucho
más que añadir ambas chicas fueron a un taxi de los que abarrotaban el lugar y
partieron rumbo a casa de María. Mientras, hablaban trivialmente, pues Jasmine
había dedicado parte de sus tardes a aprender un poco de español para que fuera
más fácil la comunicación en su viaje. María era una chica joven y esbelta, de
unos 29 años aproximadamente, según pudo deducir. Jasmine quedaba asombrada por
toda la cantidad de arte que poblaba cada una de las calles. Su padre ya se
habría encargado hace años de darle algunas nociones sobre el arte en el
periodo de Al- Andalus. Pero a pesar de ello comenzaba a emocionarse por cada
nuevo edificio.
- Eso es el
exterior de la catedral, pero tranquila que vendremos uno de estos días.
- Es
grande – acertó a pronunciar.
El taxi
se detuvo y bajaron a un paseo bastante ancho, “El paseo de la Bomba” le dijo María. Tras
subir una empinada cuesta y cargar con las pesadas maletas, llegaron al hogar.
Era una casa pequeña pero muy acogedora. Al entrar había un salón con dos sofás
y una mesa con cuatro sillas, una televisión y un mueble-bar. Atravesando el
salón se encontró con dos puertas, una llevaba a la cocina y la otra a unas
escaleras. María le indicó que debían subirlas, pues allí estaría su
habitación. Fueron catorce infernales escalones a los que sobrevivió. De nuevo
se encontró con tres puertas: dos habitaciones y un cuarto de baño. María le
indicó cual sería su estancia. Al entrar vio un bonito tapiz con un elefante
color azul, del cual quedó totalmente prendada. Depositó las maletas en el
suelo y se tiró en la cama mirando al techo. Sus ideas eran confusas y estaba
algo aterrada. Recordó a su familia. Pensó en su madre y algunas lágrimas
aparecieron en sus ojos.
- ¿Se
puede? – María asomó por la puerta pasados unos minutos y se sentó en la cama
con Jasmine. Ella no la entendió muy bien. Traía en las manos una bandeja plateada
con una tetera y dos vasitos.
María
sirvió el té y le ofreció un vaso.
-
Gracias. – respondió tímidamente.
Cuando
Jasmine probó aquel té su cara cambió totalmente y se trasladó a las
magistrales clases de su padre cuando ella aún era pequeña. En su casa nunca
faltaba el té. Aún así su sabor le trajo también un poco de decepción, pues no
era un té muy sabroso.
Ambas
mujeres disfrutaron de una conversación interesante, dentro del entendimiento y
lo que el idioma lo permitiera. Hablaron y se dieron a conocer: María era una
chica muy liberal, abierta, trabajadora, le gustaba el rock, pasear, tomar té,
y algo de lo que Jasmine se sorprendió: estaba locamente enamorada de Bécquer.
Mientras Jasmine le contó su amor por la filosofía, su estilo de vida en Asilah,
historias familiares y el profundo amor que sentía por su tierra, ahora lejana.
- Puedes
ducharte ahora si quieres. Luego iremos a dar un paseo
- Vale.
Cuando
Jasmine se había aseado y acicalado, partieron rumbo a la ciudad, pues el
hambre apretaba ya. Eran las dos del mediodía y decidieron ir a tomar algo.
María llevó a Jasmine hasta un lugar llamado la carrera del Darro, donde pasaba
el río a escasos metros de la carretera. Próximo a él, encontraron una
infinidad de tiendas de souvenir. También poblaba aquella calle la ingente
cantidad de bares. Se leía en la puerta de un local: Bar Minotauro.
-
Entraremos aquí. – Jasmine aceptó.
Habiendo
entrado al bar y acomodándose al bullicio de dentro, María pidió dos cañas, a
lo que Jasmine puso una extraña cara. Ella jamás había probado el alcohol,
aunque su padre tampoco se lo negó nunca. Ella era responsable y decidió
probar.
Trajeron
un vaso largo con un líquido amarillento y con espuma. Jasmine no estaba muy
familiarizada, pero cogió su caña y le dio el primer trago con decisión. Su
cara fue demasiado expresiva, tanto que María estalló en una sonora risotada. Junto
a las cañas, el camarero había dejado unos platos con sendos bocadillos.
- ¿Es
para mi?
- Si,
claro. Disfruta.
El
bocadillo contenía un filete de carne de cerdo, lo cual hizo a Jasmine poner
cara de asco y apartar el plato de inmediato. – Yo no puedo comer. Es cerdo.
María la
miro y entonces calló en la cuenta.
- No pasa
nada – le dijo- Ahora le pido al camarero que nos lo cambie.
Tras una
charla de algún que otro minuto, el camarero accedió y les puso una fuente de
ensalada entre alguna risa.
Apuraron
sus cervezas, aunque Jasmine le costó dios y ayuda. Pidieron otra ronda,
recordándole al camarero que mirara la carta a la hora de poner una tapa. Esta
vez las cañas venían con una tortilla española. Jasmine pinchó un trozo y se lo
llevo a la boca. Su cara se iluminó y devoró su tapa con fruición.
- ¿Te ha
gustado, verdad?
- Mucho –
dijo Jasmine entre risas.
Cuando
llegaron a casa a las seis de la tarde, y habiéndose tomado unas cuantas rondas
más, Jasmine pidió ir a su cuarto. No paraba de reír pero estaba muy mareada.
La cerveza estaba haciendo de las suyas.
Tras unas
cuantas horas en la cama y habiéndose recuperado del cansancio del viaje y del
mareo de las cervezas, bajó por las escaleras mientras María estaba planchando.
María la saludó y ella respondió. Se metió en la cocina y comenzó a trastear
una tetera que había bajado de su habitación. Buscó algunos ingredientes en la
cocina y la puso a hervir. Añadió algunas hierbas y apartó la tetera cuando
estaba en su punto. Cogió dos vasos y los sirvió. Le llevó uno a María mientras
ella probaba el suyo.
- Esto es
de mi país.
- Muchas
gracias.
Cuando
probó aquel té, se reflejó en su cara una mueca de máximo placer. El té aquél
era lo mas bueno que había probado jamás.
- Nunca
he probado nada tan rico, es el mejor te del mundo.
Jasmine
se sonreía.
- En mi
país el té es la gran especialidad.
La
plancha esperó durante un buen rato, pues ambas se sentaron en el sofá y
comenzaron a hablar de nuevo. Esta vez lo hicieron de comida: mientras que
María hablaba de carnes, pimienta, cerveza, patatas, vino y algún que otro
postre, Jasmine le contaba la inmensidad de aromas que se podían encontrar: las
calles parecían vestidas con color canela, mientras sus comidas mas típicas
desprendían aquel olor a curry, el fuerte y agradable olor a henna en los
mercados, la hierbabuena creciendo y dando aquel perfume mentolado, el jazmín
en cada boda. Ambas se emocionaron.
Aquella semana
iba a ser algo dura para Jasmine, pues debería adaptarse a los horarios de
clase y a las actividades propuestas por su compañera. Su horario de estudio
serían los siguientes:
A primera
hora tendría clase de Filosofía Clásica. A segunda y tercera Textos griegos y
latinos. Después tendría un descanso de media hora. Luego continuarían las
clases de Filosofía Contemporánea, Política, y Ética.
El
transcurso de la primera semana fue algo duro, pues traducir filosofía no era
de lo más fácil, pero era gratificante. Caía muerta a la cama cada noche y
dormía mucho, pero su ritmo se veía mas alterado por estar en aquella ciudad.
María dejó de tregua una semana para que ella se acostumbrara a sus estudios,
pero ella estaba deseosa de llevarla a ver los grandes rincones de arte que
hacían de Granada una ciudad tan bella.
Cada
mañana, antes de ir a las clases, Jasmine preparaba su té y dejaba algo más de
un vaso para que María también lo degustara. Muchas tardes cogía un libro y se
perdía por las calles estrechas mientras leía a Anaxímenes, Anaximandro o algún
autor clásico que le hubiera interesado en clase, lo que a veces le costó media
hora de vuelta a casa debido a su despiste y a su escasa orientación. También
visitaba las famosas teterías, no por el te, si no por el ambiente de paz que
encontraba en ellas, donde todo se volvía naranja y su tierra volvía a ella. Un
pedacito de su corazón se quedaba en ellas cuando las abandonaba, pues aquel
espacio era como su pequeño Marruecos. En ellas las lecturas filosóficas eran
mucho más provechosas, pues entraba en contacto con el mundo en aquel
rinconcito perdido…
- Hoy es
el día – anunció María con una sonrisa de oreja a oreja. Había despertado a
Jasmine. Era un sábado de mañana y ella quería seguir durmiendo pero la confianza
que habían adquirido aquellas dos semanas que Jasmine estaba allí le daba pleno
derecho a incitar a una pelea de almohadas.
- Tengo
mucho sueño, déjame dormir más.
- En
cinco minutos te quiero arriba.
Con mucho
trabajo se levantó, fue al aseo y salió totalmente nueva tras una ducha de agua
fría. Podía sentir el aire secando las gotas que aún quedaban en su cuerpo
desnudo. Pero María no tendría mucha mas paciencia, por lo que decidió secarse
y vestirse.
- Ponte
ropa cómoda, vamos a andar.
Pronto se
encaminaron por el paseo de la
Bomba hasta el final de la calle. Pararon en una confitería
artesanal y tomaron algunas delicias de dulces, aconsejados por María. Pronto
fueron a una parada de autobús cercana y esperaron mientras terminaban de
desayunar. El autobús de la línea trece hizo su aparición y se subieron a el.
Jasmine iba intrigada, pues no sabían a que se enfrentaría ahora. Cuando
bajaron, se enfrentaron a una cuesta y comenzaron a ver una larga cola de gente
que esperaba en una entrada.
- Vamos a
ver la Alhambra.
Los ojos
se le iluminaron, pues su padre le había contado maravillas de aquel lugar.
Sería como estar de nuevo en su casa, como volver a su Marruecos original, a
ese sentimiento de unión.
Tras
comprar las entradas, pasaron al jardín de la entrada. Un camino de piedra le
marcaba el rumbo que debían seguir sus pies aquella maravillosa mañana de
sábado.
La mañana
en la Alhambra
fue de lo mas bonito que Jasmine pudo vivir. Descubrió lo que era tener el arte
de cerca. El sonido del agua que estaba presente en cada uno de los rincones.
Las fuentes, el patio de los leones o incluso el palacio de Carlos V fueron
sitios con una fuerza mística de la que no pudo ni retener las lágrimas en
algunas ocasiones. Quedó entusiasmada cuando en una sala, estando cada una en
una punta podían hablar en voz baja y sus palabras eran conducidas a través del
techo y llegaban a sus oídos sin que nadie más pudiera oírlas. Quedó fascinada
con las columnas, con cada uno de los mocárabes que colgaban del techo. También
conoció a un hombre: Irving Washington, autor del libro: Tale´s of Alhambra.
- María
este es un regalo para ti. – María se emocionó cuando Jasmine el entregó el
libro de cuentos de la
Alhambra – Es un regalo por haberme regalado este día tan
bonito. – se abrazaron emotivamente mientras en el cielo se empezaban a formar
algunas nubes.
- Creo
que sería buena idea ir a algún sitio a resguardarnos de la lluvia.
Decidieron
visitar el palacio de Carlos Quinto, donde había una exposición de arte
religioso, donde también pudieron disfrutar.
La visita
a la Alhambra
llegaba a su fin, y con ella la tristeza de Jasmine por tener que abandonar
aquel paisaje, que jamás olvidaría. En la salida ella se hizo una promesa: No
descansaría hasta volver a este lugar de nuevo, pero lo haría con sus padres,
pues no podía permitir que algo que ella sentía tan dentro, sus padres no
tuviera la oportunidad de contemplarlo al menos una vez en su vida.
Pero
María aún tenía mas cosas pensadas. Después de comer en el Borsalino, pasaron
por el Monasterio Cartujo, donde los trampantojos le hicieron creer a Jasmine
que había un altar, donde solo era una pintura plana. También visitaron la
inmensa catedral, conde quedaron absorbidas por la monumentalidad de aquella
construcción. Jasmine pudo abrazar las
columnas que sustentaban el techo.
La noche
fue tranquila, pues durmió placidamente desde tempranas horas de la tarde, sin
haber cenado.
Los días
se sucedían con una rapidez abismal. Las clases ocupaban casi toda la semana,
mientras que el fin de semana María le daba alguna sorpresa que otra. Visitaban
el mirador de San Nicolás, quedaban mirando el cielo en el Jardín del príncipe,
mientras los tunos ensayaban los clavelitos amorosos a sus oídos.
Los días
sucesivos Jasmine se estaba haciendo a la idea: Era hora de volver. Tendría que
volver a la tierra en la que había nacido, no era una tristeza, pero había
aprendido a vivir como mujer libre, a ser independiente. Pero entonces una idea
le sobrevino a la cabeza: Quería transmitir el mensaje a las mujeres de
Marruecos, quería ser participe del proceso de enseñaza, pues la sensación de
volar libre en aquellos terrenos Granadinos no se pagaba con nada. Sabía que
sería una ardua tarea, pues el ambiente que se respiraba en su país no era el
mismo, ni por asomo. Pero en su pequeña cabeza estaba esa meta, al menos ser
portadora de una vida llena de lujos y grandes bellezas.
Poco a
poco, Jasmine iba recogiendo sus cosas para que a la hora de hacer su maleta no
fuera muy difícil. María también intuía que quedaba ya poco para la marcha de
Jasmine y estuvo algo mas triste de lo habitual, aunque también le sirvió para
acercarse mas en aquellos últimos días, pues la acompañaba en sus paseos por la
ciudad, en sus tardes en las teterías, o a cualquier lado que ella fuera.
Esa
noche, la ultima de sus noches, Jasmine no pudo dormir. Fue a la habitación de
María, que también estaba despierta, y hablaron hasta altas horas. Entre ellas
se había formado un vínculo de complicidad y respeto mutuo, pues ninguna alzaba
la voz, ni discutían, pues su saber estar las superaba. Eran más que amigas,
pues no tenían ningún tipo de tapujo. Esa noche, la más larga y la más corta,
se abrazaron y lloraron desconsoladas. Se prometieron una pronta visita, que
cada una sería bien recibida en la casa de la otra por siempre.
Amaneció.
El sol sentenció la despedida de las inseparables amigas, pero antes de
abandonar la casa, María entró y descolgó aquel tapiz del cuarto temporal de
Jasmine, lo dobló y lo metió en la bolsa de Jasmine sin que ella supiera nada.
Mientras, simultáneamente, Jasmine colocaba el té de su país en el segundo
cajón de la cocina, dejándole así a María desayuno para más de un mes. Ambas se
reunieron con cara de tristeza en el salón dispuestas a partir para la estación
de autobús. Un taxi pitó un par de veces y salieron cargadas con maletas. Las
cargaron en el coche y se subieron. El silencio era mortal y los nudos en
sendas gargantas les apretaba lo suficiente como para que no pudieran hablar
sin derrochar lágrimas. Se miraban de refilón, más nerviosas que el primer día,
pero para tranquilizar a María, le cogió de la mano, y permanecieron así todo
el trayecto.
Una vez
abajo, y con las maletas descargadas fueron en riguroso silencio al andén que
conduciría a Jasmine a la tierra de los turbantes. De paso se encontraron un
puesto de libros y ambas se quedaron mirando. Decidieron de mutuo acuerdo
comprarse un libro para la otra, pero nadie habló, lo entendieron con la
mirada. Jasmine eligió una obra de Kafka, mientras que María eligió una de
Dumas. Se dedicaron ambos libros y se los entregaron con lágrimas en los ojos.
- Que
sepas que ha sido el mejor viaje que he hecho nunca, y todo gracias a ti. –
Dijo casi rompiendo a llorar.
- No ha
sido nada, seguro que harás muchos más viajes y conocerás mundo, eres una chica
lista. Con eso de la filosofía llegarás lejos.
Se
fundieron en un último abrazo, pues el autobús ya estaba listo para el viaje y
Jasmine debía meter sus maletas. Un sonoro beso en la mejilla las dejó llorando
a mares en aquella estación, que ahora estaba iluminada, pero no con la luz que
Jasmine deseaba. Aquella era la despedida. Arrancó el autobús y con ello volvió
a arrancar otro trocito de corazón de Jasmine, dejándolo en Granada, pues desde
entonces en esa ciudad con encanto residía parte de su cultura, parte de su
corazón, de su hogar; en esa ciudad residía María.
El viaje
fue angustioso, pues no consiguió dormir ni una hora, solo cabezadas sueltas.
Lo que si tenía claro era que en su cabeza seguía ese plan revolucionario de
llevar a la tierra de los dátiles la belleza que pudo ver en Granada, su
pequeño rincón de Marruecos, su hogar por un escaso tiempo. También debía
seguir su rutina, seguir con sus estudios en la misma universidad, volver a la
monotonía, pero eso no le preocupaba porque sabía que cualquier día, dando
gracias a la experiencia Granadina, podría salir de su Maruecos natal,
recorrerse el mundo entero, visitar cara rincón, cada esquina y descubrir uno a
uno los secretos ocultos de cada país. Pero tenía clara una cosa, para ello sus
esfuerzos no debían diezmarse, pues sabía tan solo tenía que volver a empezar.