viernes, 28 de septiembre de 2012


Tras haber paladeado algunas de las paginas del libro de Soren Kierkegaard, el padre del existencialismo, me parece que era un tipo demasiado positivo ante la vida, habiendo comparado mi vida ante su filosofía. Es un extraño sentimiento de odio y anti-trascendencia el que inunda lo que imagino como alma. Todo es una sucesión de cosas con relaciones de esencia bipolar. Lo que debe ir mal, va bien. Lo que debe ir bien, va mal. Cuando bebes sin tener sed. Es una sensación similar, en la que nada tiene sentido, nada fluye, pero todo avanza. A veces todo es tan rápido. Otras solo lo ves moverse a niveles milimétricos. La aventura, la emoción, la alegría o todos los sentimientos exaltados están ausentes, muertos y enterrados. Ya no es ni la sensación sartreana de angustia, sino un estado vegetativo de la misma, como si un impresionista hubiera decidido pintar el concepto de angustia en su propio estatismo, pero que aun sigue viviendo en su propia obra, como una atmósfera que respiran todos sus retratados. Cuando algo intenta despertar a dicho adormecimiento, más que existencialista, se reacciona con tal impulso mental que no se sabe para donde disparará la fuerza del estallido. Esto es fácil de imaginar. Coges un sobre de tomate y lo colocas en la palma de tu mano, apuntas a la victima y dejas caer tu otra mano a modo de palmada. Lo que se prevé es que el objetivo quede manchado de esa salsa roja. La sensación que intento explicar es como si tras haber realizado esto el sobre de tomate decidiera explotar por su parte trasera, dejando al sujeto bromista en una situación algo embarazosa. Esta es la metáfora. Nosotros seremos ese sobre de tomate. Quedamos entre unas manos llenas de odio y furia, pero a su vez somos un sobre inerte que queda aplastado entre dos manos, sin sentir nada, solo la presión de unas manos que solo nos intentan hacer daño. Esas manos, esa presión, es la vida. El conjunto de seres que ríen ante el patetismo de no saber explotar un sobre de tomate solo afirman y resquebrajan un poco más la integridad de ese sobre casi invisible dentro de unas manos opresoras. Esos seres que ríen malévolamente son la sociedad.

El pasar del tiempo en este estado de pesadez continuo es el mayor suplicio. No se siente el paso del tiempo como un concepto particular, en el cual te lamentes eternamente de tu desgracia, sino es una vista general, donde ves como el tiempo vivido anteriormente y el que aún está por llegar son tan sumamente extensos que desconoces el origen y el fin de ambos. A veces este estado intrascendente del alma se ve afectado por los espejismos vitales, que nos hacen pensar en la vida como algo útil, algo que nos alegra sobremanera. No debemos confundirnos. Solo son espejismos.

El punto de vista frente a algo que creías conocido ahora se trasviste. Todo lo que creías real, lo que creías que era lo más estable pasa a ser lo más efímero. Por tanto en dicho estado solo apostaras por aquello que antes te parecía efímero, dado que será mas posible que se acerque a lo real. Lo que antes fue real y ahora es efímero nunca mas volverá a ser real, eso queda claro. El árbol que ahora es una mesa, ya nunca mas será un árbol, o al menos como lo era. Ya no es cuestión de perspectivas. Hasta el mismo Foucault lo decía: esto no es una pipa. La verdad es absoluta, solo que se va modificando según su propio contexto. Es un absolutismo falso en si mismo. El propio pesimismo pasivo se adueña de tu forma de mirar y te absorbe las categorías Kantianas por las que pasaban antes las formas a priori del conocimiento.

Es en cierto modo un estado de anti-racionalismo. Comos si vivieras en un mundo donde los cajones se abrieran del revés… Es algo tan sumamente raro de explicar. Que un cajón se abra del revés hace que muchas veces tengamos que estar dentro del propio cajón para poder abrirlo, lo que nos resulta imposible. Ya buscaremos otro día la explicación a lo que esté sucediendo.

Somos un instrumento, de eso no quepa duda. Mientras tú quedas estático en el hueco existencialista avanzado de tu vida, los demás ríen y se mofan de su vida trascendental con futuro proyectado a lagos y mares mucho más grandes que tu fangoso charco. Contemplas la realidad y te contemplas a ti. Tú estás en otro estrato. Ves que cada cosa que se posa en ti es solamente para frenarte, para acelerar su propio avance. Eres el instrumento que todos usan. Eso te hunde, pero no te importa. Solo el ascensor estrecho en el que habitas baja una planta más.

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