domingo, 31 de mayo de 2015

Mi caballo muere de pena

Acabo de encender una de las dos velitas rojas que te robé. La verdad es que le da un toque acogedor a la habitación. Son como pequeños detalles que me hacen recordarte, por ejemplo, que mis pies andan descalzos y me hacen recordar esa faceta tuya, de hippie baladera, de las de "no es tan solo amor" y algunas otras canciones sueltas. Supongo que el hecho de tocar la guitarra se hace mas duro si no tienes una voz melódica a tu lado, o una lentorra teclista de temas Indie. Fuimos juntos, maestros y alumnos, compañeros de películas a medias con patas rotas, vecinos de piso, a veces vecinos de arcén, y siempre, corazones solitarios de almas llorosas. La pizarra de mi piso, a veces contenía alguna de mis célebres frases, de la que tu mano era autora. ¿Cuántas veces puede perder una persona normal las llaves en un sólo día? No lo sé, la verdad. Contigo perdí la cuenta. Por aquellos días en los que fuimos músicos que cantaban canciones que querían "hacer el amor" (Lori Meyers). Por los días que nos quedan por vivir, haciendo conciertos improvisados por las playas nocturnas. Para personas que no dejan huella, sino hueco (entendiendo que hueco es más importante que huella), que me hicieron conocer otros puntos de vista, y fueron simpáticas con mi caballo, merecen una amistad incondicional. Has sido una de las mejores experiencias que he podido vivir, y como dijo un genio: "Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros", tú me has hecho ser una mejor persona. Nos veremos, si no este verano, a los cuarenta.





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