sábado, 14 de septiembre de 2013

Tú (r)

No entiendo, desde lo que somos, nuestros mecanismos. Puedo desnudarte la mente cada vez que nos encontramos, pues no juzgamos nuestros actos externos, solo nos aconsejamos y desde la lejanía nos queremos. Existe la barrera del físico que, según mi teoría platónica no cruzaremos hasta que seamos dos personas mayores dispuestos a viajar juntos lo que nos queda de vida, pues ambos estamos de acuerdo que nuestra convivencia sería apacible, como una balsa de aceite. Te veo como el duende invisible, mi mundo fuera de este mundo donde hablar, reír o discutir. Voz de sabiduría en cada palabra, consejo con el corazón escrito, carácter, humor, paradojas, eres un accidente cartesiano en cuanto a una idea, la mejor de las cosas. Desprendes la cultura que encierras, sin perder tu místico atractivo de chica intelectual de biblioteca. Me resultas, a veces, irónica, pues tan correcta y excelente y, cuando escapas en tus sábados de desmadre y desenfreno, pierdes tus lentes. Una cara de criatura tierna con sus ocultos vicios. No te culpo. Yo también los tengo y te los cuento cuando te necesito. Esto es como aquella historia de un hombre que esperó cincuenta años al amor de su vida, que vivió en lascivia mientras su alma suspiraba por saber cuando la tendría. Pasaron los años y cuando el fin de sus días estaba próximo, se encontró en un río sujetando su mano. Esta, por el contrario, no es una historia de amor en la que esperamos la pasión de la juventud, sino la calma de la vejez, de la brisa rozando nuestros cabellos encanecidos y plateados por el sol, mientras nuestros segundos se consumen entre palabras y las caricias de la convivencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario