sábado, 9 de noviembre de 2013

Inocencia pérfida

No sé si la rojez de tus pezones desnudos bajo un manto de estrellas, helados de frío, beben de la misma agua que las imágenes robadas de la inocencia de las niñas que, alegremente, corretean por calles, por las plazas. La inocencia perdida. En que punto es lícito el sexo y por qué no lloramos cuando nos hemos desnudado erróneamente. Y es en la tumba donde quedará la intimidad de nuestra carne, muerta. Nacemos sin costra, nos pegan la envoltura. Luego llegan la madurez, la caída de las ropas, el punto de incidencia donde el reflexionar queda mas que fuera de lugar. Pero un día pensarás que ya es tarde y que se descubrieron temprano tus secretos. La visión platónica de tus sinuosas curvas, por las que me perdía. Eres el silencio que dejas en tus lagunas, aunque creíste que los remolinos de palabras crecían en las cabezas de los hombres. Lo que nos hace humanos. Abundantes montañas de pelo, profundos perfumes que decoran las uñas tras el acicalamiento. Y esa tos, la angustia reprimida por el morbo. El sentirte niña sucia, mancillada. El liberarte y descubrir algo nuevo. La locura, tu gesto sonriente mientras las tintas de latex y cuero adornan tu cintura.

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