Y fue un 21 de enero cuando nuestras miradas se cruzaron después de tanto tiempo. Llevaba veinticinco años, ocho meses y veintiún días sin saber de ti. Y por fin apareces.
Nos quedamos callados, mirándonos fijamente hasta que tu risa explotó debido a que una de mis cejas se quedó mas elevada que la otra. Desde entonces el tiempo se ha detenido, y el espacio se ha quedado reducido a unos ojos, una sonrisa y un viaje que ansío con toda mi alma.
Y vuelve a renacer la llama del amor, y lo hace a fuego lento, mientras los dos nos derretimos bajo el mismo ungüento. He de decirte que entre lo contingente, me resultas necesaria, tanto como el suspiro que sopla mis emociones varias. Vamos construyendo nuestra casita en situación precaria, haciendo reparaciones donde sean necesarias.
Aquí ya pueden estar en mi futura tumba esperándome mil epitafios, que yo quedaré clavado, esperando el verso de tus labios.
Me encantas, por todos los ápices y vértices que forman las arrugas de tus ojos cuando sonríes.
Me muero cuando abres la boca y desgarras el silencio, pues tu melodiosa voz lo hace perfecto.
Ahora solo espero a que tu aliento despeine mi pelo, a que tus manos se hagan sentir en mi espalda, a que tu voz me despierte por las mañanas...
No hay comentarios:
Publicar un comentario