Y me dio por pensar, por dejar libres aquellos pájaros que tenía encerrados en mi jaula, en mi mente. Los dejé libres, volar por muchos segundos. Un petirrojo me miró y me dijo que por muchos pensamientos volátiles tenga en mi cabeza, que sus alas serían mis alas en un mañana.
Entonces todo se volvió turbo, todo quedó en una soledad, en un silencio estremecedor. Fue el lugar de mi cerebro, aquella orquesta improvisada compuesta por músicos callejeros vestidos de traje, donde me quedé como un espectador de mi propia existencia. Allí no existían acordes, sino pasión, no existían escalas sino la dulce melodía que me cautivaba y me hacía algunas veces quedarme en babia. Y con redobles de timbales, con la frotación intensa de aquellos violines, con la suavidad del viento... Entonces de la melodía naciste tú. Hacía unos años que te perdí. No era tu renacimiento, pues naciste nueva, pura. Naciste de aquellos versos desesperados, naciste de mi mente, de mis recuerdos, de mi alma, de mi cuerpo. Naciste en un día, para quedarte conmigo toda la noche. Aún así no sentimos el frío helador del previo mes de Enero. Solo pudimos sentirnos y cuidarnos, como si no nos importara ser desconocidos recordados, como si quisiéramos ser amantes, ser sed del amor, ser, de nuestro calor, enamorados.
Y cada luna de ausencias, cada mar de estrellas, cada ola de sentimiento me hablan de ti... No es por pedirte, ni por ser un entusiasta romántico, pero muéstrate cada noche en tu balcón para poder admirarte.
O sino las lunas seguirán siendo ausentes, las estrellas vendrán a mares y las olas me ahogaran solitariamente, mientras contemplo cada noche mi cama vacía, desnuda de ti.
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