Hoy tu desnudez fue la gota que calma al vaso.
Culpa de las secas bocas que anteanoche no dejaron de tragar.
Fueron nuestros cuerpos los que, yacidos, contemplaron el ocaso,
y recuerdo que aun en tus ojos veíamos el mar.
Tus manos libertinas y pendencieras, traviesas en todos los sentidos,
vinieron a la puerta de mi cuerpo, acariciaron mis oídos,
prometieron una noche larga, me gritaban: hazme lo que tú quieras.
Vuelvo a tu fe, vuelvo a tus brazos. Átame con ese hilo transparente,
con el solo tú puedes sostenerme. Bendame los ojos para que no pueda verte
mientras arañas mi espalda a trazos, mientras que por tu bosque deseo perderme.
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