No te conozco, pero te quiero. No te he visto moverte por las calles caídas de la ciudad, pero cogería tu mano para no soltarme y, cual niño pequeño, disfrutaría de cada uno de los rincones, paseos y estanques. Y allá, en la desesperación por la espera en la parada de bus, te miraría a los ojos fijamente y te besaría.
No te conozco, pero ya te echo de menos. Echo de menos tu forma de mirarme bajo el manto de estrellas, la de acariciarme la espalda cuando me creías dormido, el perfume de tu cuerpo, la posición de tus manos, el tacto en tu cuello, los suaves ruidos que me despiertan cuando te tengo al lado. Hoy el día se tiñe de una dulce y extraña melancolía.
No te conozco, pero tengo miedo. Tengo mucho miedo de que, por un tropezón, partir toda la vajilla, por que es tanto y más de lo que escribo en comparación con lo que siento, que mis pulmones a veces llenan el aire, pero otras, yo me pierdo con el viento. Tengo mas miedo del que aparento, pues ahora perderte sería el peor de los agravios, que por una chispa de error cruento, yo tenga que perder la poesía que susurran tus labios.
No te conozco, no te haré daño. Tan largo tiempo viviendo en mi mente, con tus ojos acaramelados, que me sería imposible no abrirte las puertas de mi alma. Si en silencio te llamo a gritos, no es por que calor necesite, sino por que frío me que quedado. Sé que has aprendido a devolverme la calma.
Sabes que me tienes donde quieras: en la ciudad, montaña o en un dúplex con raíces en la tierra, donde el viento sopla y el cielo se despeja. Las paredes son de madera, en el salón, una gran lámpara de piedra. La cama es roja, corazón, y tiene una pata suelta.
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