jueves, 24 de enero de 2013

Epístola a los Corintios

En nuestra historia de dos siempre pensé que fui aquél hombre elegante vestido de negro sentado, tomando un whisky solo con hielo en aquel piano-bar, mientras pasaba desapercibido del resto de la gente. Observaba desde muy lejos, según mi parecer, el fuego con el que tú hacías malabares. Una cuestión de perspectivas me hizo fallar en mi disparo. Y me quemaste. Pensé que fui aquél que ojeaba tus páginas de forma objetiva y te aconsejaba lo que, desde un punto de vista apartado, aún así cuando no te amaba. Lo pensé incluso tras aquel fatídico mes de angustias, tú ya me entiendes. Seguiría pensando que yo era el agua templada y mansa que algún día me hiciste ver que necesitabas. Fallé, me volví a quemar.
¿Por que entonces ahora la extraña sensación de que soy el mueble molesto, aquella piedra en el camino que te impidió ver tu verdadera felicidad lejos de mí, lejos de todo? Tus dedos jamás piensan en mi, en mis palabras, en mi nombre. Si lo hicieran no serias una luciérnaga intermitente que intentas saber de mi a espasmos. Todos las personas, todos los recuerdos quedan en su sitio, menos yo. Sigo sin entender qué fue de aquella fe ciega que nos hacía mover montañas, que nos prometía un mañana mucho mas interesante que un hoy. Y la prisa por arrugarnos, por quedar reducidos a unas paredes decoradas con los rastrojos que hubiéramos coleccionado durante aquella vida.
Si me preguntase algo certeramente sería que: ¿Por que lo mataste antes de conocerlo? ¿Por qué mataste a ese ser que nacía en tus entrañas, que se alimentaba y jugueteaba contigo? ¿Por qué dejaste que tu cuerpo hablara? ¿Por qué mi mente te olvida y mi boca no se acostumbra? ¿Por que mi subconsciente te hace rebotar contra la pared?
¿Fue acaso una novela de algún macabro escritor en la que me deja sin título y sin final? ¿Son suyas las baladas que me mecen las noches que lloro, que mi alma, a rabiar, necesita esos empujes, esas carcajadas, esas estupideces que le hacían sentirse querido? ¿Son estos pensamientos suyos? ¿estoy preso en la mente de algún anómalo desgraciado? Siendo así, todo tendría sentido. Si no lo fuera, me estaría volviendo loco.
Sé que leerás esto alguna vez y pensaras que es para ti. Lo es. Gracias por aquella desgracia tan agraciada que me hiciste vivir, por ese infierno decorado con horteras flores celestiales, por aquel paraíso de mugrientos atardeceres. Tómate esto como tu epitafio, como la epístola que nunca recibiste, ni recibirás. Por los siglos de los siglos...

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