miércoles, 16 de enero de 2013

¿Y lo llamabas al amor?

PRIMERA PARTE

Pero que imbécil eres.


Voy a contarte tu historia. Un día de tu triste vida de albañil desdichado encontraste un precioso objeto. Era bonito, precioso a la vista. Como una cajita de música. Tu decidiste echarlo a la maleta donde tenias los demás utensilios que creías valiosos, aquella bolsita donde nadie metería la mano. Esa cajita de música, aterciopelada, de un rojo intenso, con unas delicadas terminaciones, comenzó a marchitarse. Pero tu, despistado en tu ocupada vida de poner ladrillos y espesar cemento no la oíste. ¿Para que ibas a poner oído en algo que era tuyo, que atabas con el resto de cosas? Tu seguías construyendo felizmente aquella pared que te llenaba el buche, sin darte cuenta que aquello que te llenaba el alma, que te llenaba el corazón, que te llenaba tu vida, que cubría tus heridas, se desvanecía.

Pasó rápido el tiempo para ti. Cuatro lentos años para aquella cajita que florecía, que flotaba, que metamorfoseó en una roja rosa. Sus raíces no quedaron quietas, anduvieron, anduvieron tan lejos que la pared que felizmente construías en el trabajo te impedía verla. Alzaste la mirada. viste un fugaz rayo rojo a lo lejos de una colina. Te dio igual. Pronto, cuando fuiste a mirar aquella mochila de objetos viste que solo faltaba aquella cajita roja de la que un día tus sentidos quedaron prendados. Dos cuerpos se pueden conocer en una noche, pero dos almas... Dos almas ni en una vida. Eso no se si lo pudiste entender, pero tu mente simiesca enfureció. Recordaste el fulgor colorado que dejo aquella rosa tras el muro que te tapaba todo. Fuiste tras él. Cuando encontraste aquel vergel colorido en el que la rosa roja yacía relajada y sonriente quedaste confuso. ¿Ahora eres feliz? ¿No lo eras antes? Ella te negó.

Entonces comprendiste por qué debías haber escuchado aquellos gritos de una caja de música vieja y ajada por el tiempo, que sin duda ahora anhelabas. Los anhelabas tú. Tu alma era aquella gran desconocida que ahora se sentía herida. Ahora ella te mira con mala cara y te lanza espinas. Por eso gritabas a los cuatro vientos. Es por eso por lo que sangras. Por eso rabiabas. Por eso tantas y tantas cosas que ahora te explicas.


SEGUNDA PARTE

Es posible que por ciertos influjos del destino yo conociera a esa persona en unas circunstancias y coincidencias oportunas para saber que era una alma totalmente libre, anarquista corazón que derrumbaba los bares a su paso. El paso del tiempo me hizo ver lo buena gente que pudo ser. Pero fue una situación compleja, intima y con la ayuda de dos cervezas aderezadas las que me hicieron ver mas allá de lo que era como una amiga. Rodaron tanto besos como abrazos, como mágicos hechizos que volaron nuestras mentes a un lugar inexistente. Vi sus labios rojos, su mirada delicada y su alma totalmente ensangrentada. Parecía una flor. Pasaron los días y mis ojos no querían separarse de aquella flor espinada, que solo caricias requería. Jamás encontré una rosa en la que abrazarme y no clavarme sus espinas. Desde ese momento te llamé Rosenrot. MI ROJA ROSA.











No hay comentarios:

Publicar un comentario