viernes, 18 de enero de 2013

La casa de mi amigo

Hace unos meses cené en casa de un amigo. Ya no era mi amigo, sino otro. Ya no vestían los mismos cuadros aquella casa en la que tanto habíamos vivido mi amigo y yo. Al entrar, en la puerta, mi amigo me saludó, vino a mi mente, oí su voz. Mi amigo me dijo que ya no estaba entre nosotros, entonces deje de oírle. Fue extraño como aquellos sofás, desiertos de cojines lanzaderos quedaban dubitativos en mitad de un salón amorfo y reducido. Las noches de tertulia, de compartir gustos, opiniones, o de disfrutar de películas ya no eran noches para eso. Mi amigo me volvió a decir que la comida no era de esa comida que antes preparábamos con tanto esmero. Ahora era un revoltijo de cartón que masticábamos sin saborear. Que las carcajadas solo salían por educación, no por cercanía o comentarios chistosos. Fue desagradable ver mancillar aquel ritual de viernes noche al que tantas veces habíamos sido invitados, y que seguramente nunca hubiéramos saboreado tan bien como aquel día de cambios a quebranto. Temas banales poblaron nuestra mesa mientras engullíamos aquél cartón frío. Nadie se quejaba, todo parecía estar en una nube, en un lugar por encima de lo real, deseando que aquellos tabiques se derritiesen, dando paso a aquellas fotos atadas con cordones de zapatos, aquellas imágenes santurronas o aquel DVD de escaso tamaño. Todos deseábamos que los juegos tras aquella velada fueran infringidos por mi amigo, pues sus triquiñuelas y trucos de poca monta eran legendarios. Quedamos sorprendidos con la rapidez de una cena que quedaba caliente en nuestra boca, pero fría en nuestro corazón. Quedamos descolocados tras aquella noche tan rara, con esa sensación de vacío, como con cierta falsa simpatía.

Me di cuenta que esa casa seguía siendo una casa, pero no era la casa de mi amigo. También que aquel que vivía en esa casa era un amigo, pero no era mi amigo. No era amigo. Mi amigo ya no vivía en esa casa.

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