En una esquina tu obtusa mirada se clavaba de nuevo en mi cuerpo arrugado, mientras los cristales quedaban esparcidos por el suelo. Tu cara quedaba impasible ante tantos ríos que desbordaban mis pestañas, las que ya, pegadas en mi piel, no volaban. Mi mente pensó en que todo era una gran mentira, que aquella tarde el cielo no tenia ese verde enmohecido que flotaba mientras cada minuto adelantaba a la oscuridad que le seguía.
La nausea que persiguió al resto de mis días fue un todo comparado con la minucia de arrojarse por una ventana, de dejar que mi cuerpo muerto se desvaneciera hacia un vacío relativo, que se escabullera de todo aquello que se interpusiera, mientras mis ojos a cámara lenta pudieran ver cada obstáculo para esquivarlo.
Al fin y al cabo la nostalgia solo fue ese camino de escasos diez minutos que nos separaban. Más que el camino, esos interminables diez minutos, que pasaban insufriblemente despacio. Más que aquellos diez minutos, fue la desesperación por la que escasas veces yo emprendiera tal camino de diez minutos para verte. Fue el espacio que se interpuso entre nosotros. Queríamos matar ese espacio que se interponía. Ya puestos mataríamos también al tiempo, que nos dejaba en mitad de aquellos sueños, de aquella esponjosa nube. Ambos murieron solos. Y nosotros con ellos.
Y aquellas tardes que desvanecían nuestras mentes, desgranaban nuestra razón y torturaban el ansia y la paciencia, de repente fueron polvo liviano que atosigó mis pulmones, que cargados quedaban del humo angustioso que últimamente respirábamos.
Reciclamos aquellos funestos corazones con la soledad que no pedían. No dudamos en que debíamos tomar aquel antídoto, sin saber que era peor que la adicción mutua que nos dejaba pegados cada uno de los días; esos días en los que nuestros ojos luminosos nos conducían por el camino recto, donde esas tardes nos leíamos los cuentos del perdón, donde tras cada una de ellas, nos pasaban los años y no quería buscar otra voz, sino tu voz, no otros pies, si no tus pies.
Si te tuviera aquí en estos días, no escribiría nada de esto, me quedaría tumbado mirando a aquel techo que me hipnotiza.
Pero yo quiero ese canto para vivir, darte tus riendas, escribir nuestra historia perdida y cambiar nuestro fracasado estado de transición. Ahora es demasiado tarde.
Ahora, ante la tabla de color caoba y llena de mugre , ante el final de una vida repleta de disgustos, me gustaría reinventarme, reencarnar el tiempo perdido de todos los años que pasé lamentándome, aquellos agostos angustiosos, aquellas tardes sin sentido. Y ahora me doy cuenta lo realmente tarde que es, del frío que se siente en las calles, del gris que dejaron tus labios rojos con el carmín que untaba cada copa rota.
Pero poco a se van llenando mis oscuros días, aunque sea lamentándome de que no estés, buscándote por cada tasca. Si tu cabeza alguna vez pensó en mi, no pensó en contestarme a los mensajes, ni en mirar atrás en su camino. Me asesino mas cada noche mientras arde la ciudad. Tu buscas encajar tus horas. No me encuentres.
Una vez con el muro en la pared, nada importa. Todo queda resumido en una posición, la que ocupo en este reducido espacio, el que será mi barco hacia la nueva vida que no volveré a desaprovechar. Lo prometo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario